En esta ocasión, utilizo una noticia médica veraz que plantea diversas preguntas éticas, y construyo, a partir de ella, un cuento.


Hace poco la prensa anunció un suceso increíble. Digo increíble porque no encuentro otra palabra. Un equipo de cirujanos franceses logró trasplantarle a una mujer llamada Pía el rostro de otra mujer. La cara provenía de María, una mujer muy bella, joven, aparentemente rica, quien había muerto en un accidente automovilístico. La faz de Pía había sido destrozada por su perro. Pía, dice un amigo mío, no era bonita, trabajaba en una oficina de cosméticos, vivía sola, rondaba los cuarenta años, y tenía lo que se llama “un carácter difícil”. Acudía a psicoanálisis cuatro años atrás.

Los periódicos mostraban algunas fotos. Pía antes de las mordidas del perro, El Manchas, El Manchas husmeando en basureros, Pía comida por el perro, Pía de niña, Pía-María treinta días después de la cirugía, y varias del equipo quirúrgico —por ética profesional, ningún periódico mostró el carro después del choque. Pía-María, como es obvio, no se parecía a Pía. Pía era una nueva persona. “Qué difícil, pensé, si uno no se soporta a sí mismo, ¿cómo aguantar al nuevo uno? Eso de perder la cara debe ser horrible. Perder partes el cuerpo, desde la perspectiva moral, es menos complejo. Por suerte, yo mido 1.85 centímetros y mi perro, ya viejo, es un pequinés que antes medía dieciocho centímetros, y ahora, por la edad y la osteoporosis, debe medir uno o dos centímetros menos. Se llena con dos o tres coquetas. Cada una cuesta veinte centavos de dólar y mide de largo 6.2 centímetros y de ancho 1.5 centímetros. Si se enoja conmigo y me muerde, habrá que amputarme un dedo del pie, no más (quizás el quinto dedo —lo que no sería malo, pues, tengo onicomisis, precisamente en ese ortejo, desde hace seis años)”.

Sólo una foto publicó el periódico de El Manchas. Me hubiese gustado saber cómo era, si estaba flaco, si lo habían bañado, si tenía pulgas, si se mordía la cola, si aullaba y vomitaba cuando pensaba que la persona con la cual se cruzaba era un político, si miraba a la cara, y, por supuesto, aunque me declaro librepensador, cuál era su raza. La noticia no explicaba el destino de El Manchas ni las razones por las cuales atacó a su patrona. Imagino que lo sacrificaron. Eso hacen los humanos con los animales agresivos: los sacrifican sin miramientos, no preguntan por qué hizo lo que hizo. Ni siquiera les ofrecen confesarse o pasar un tiempo encarcelado. ¡Cuántas personas enderezan sus vidas después de confesarse en la Iglesia o después de haber aprendido cómo comportarse en la escuela de la prisión! El Manchas, en cambio, no tuvo la oportunidad de redimirse. La noticia sólo especificaba que ni el veterinario que atendió a El Manchas durante doce años, ni otro veterinario con maestría en Psicología perruna entendían el motivo del ataque. Aunque la patrona lo había perdonado, los jueces de la Ciudad de México decidieron aplicarle la pena máxima. En México, todo mundo sabe, no hay dobles morales; en Estados Unidos lo hubiesen mandado a un reclusorio al lado de mexicanos y negros por uno o dos años.

En el periódico, en un pequeño recuadro, al lado del encabezado, se incluían los nombres de las razas de perros proclives a atacar a sus dueños. El rotativo destacaba los siguientes motivos: la llegada a casa de un bebé, la falta de alimentación, la falta de apareamiento, la pérdida del hueso predilecto, los ladridos constantes de canes vecinos, la infidelidad de alguno de los patrones (no especificaba si de él o de ella ni el sitio donde se llevaba a cabo el acto) y la ausencia prolongada de los dueños. El rotativo explicaba otro punto interesante y establecía un parangón digno de reflexión. Cito: “los perros que atacan con más frecuencia a sus patrones son los que han convivido por más tiempo con ellos, es decir, emulan conductas humanas”. Jorge Sánchez, veterinario afincado en Canadá, y experto en esquizofrenia perruna abundó: “No son celos ni baja autoestima, es la vida. Si en mi familia suceden casos similares, ¿por qué no en los perros?”.

La noticia del trasplante había generado movimiento y muchas opiniones. Los médicos se vanagloriaban, con razón, del éxito; el hospital se enorgullecía por haber sido pionero en el procedimiento, ensalzaba la destreza quirúrgica de los médicos y subrayaba las dificultades de la cirugía: diez cirujanos y una cirujana, dieciséis enfermeras y un enfermero, doce horas, cinco minutos y tres segundos de operación, catorce paquetes de sangre transfundidos —trece de humanos y uno de perros, “por si las moscas”—, incontables pijamas quirúrgicas anegadas de sangre, treinta litros de suero y uno de whisky, incontables guantes, setenta y dos sándwiches —el del cirujano jefe, de caviar—, veinte litros de agua de chía, dos tafiles (alprazolam de 0.25 mgs, los más chiquitos, los moraditos), sesenta y dos llamadas telefónicas, una película porno y otra, muy bella, Nicky el perro salvaje.

El dueño y director del nosocomio se infartó como consecuencia del impacto mediático: cientos de camarógrafos en las afueras del hospital lo aguardaban para conocer los detalles de la técnica. Debido al infarto, agregaba el jefe de Tweets del hospital, los abogados del hospital planeaban demandar a la prensa por el colapso sufrido por el director. No será una demanda penal, sólo legal y económica: pretenden que los periodistas que más preguntas hicieron se hagan cargo de los costos de la hospitalización del director del, quien, para colmo de males, al perder el equilibrio por el infarto se cayó y se abrió la frente; en cuanto se recupere el equipo que operó a Pía y descaró a María lo suturará —en el affaire María, no me refiero a desvergüenza, insolencia o atrevimiento, sino a quitar la cara.

El caso de Pía y María fue el primero en el rubro. Siete días después de la operación, el equipo médico había concluido la preparación del reporte médico. Estaban seguros que el artículo, De Pía a María. Consecuencias de una mordida inesperada. Reporte del primer trasplante de cara, sería aceptado sin dilación en cualquier revista médica internacional de prestigio, o bien, si la ciencia médica objetaba la eticidad del procedimiento, optarían por Caras Después de muchas discusiones, agrias y complicadas, los autores del artículo decidieron mandarlo a ¡Hola! Las razones son lógicas; explicarlas es innecesario —el lector me entiende.

El éxito quirúrgico fue notable. Apenas habían transcurrido dos meses desde el trasplante cuando Pía-María se encontraba en condiciones de reanudar su vida. Afortunadamente, sólo fue menester ocuparse de la reconstrucción del rostro. Las mordeduras en otros sitios —brazos, pechos, axilas— no mermarían su posibilidad para reincorporarse a la vida. Aunque la cara de Pía era estándar, ni grande ni chica, ni bonita ni fea, ni chueca ni derecha, ni inteligente ni tonta, tenía algunas arrugas, lo cual, permite suponer, según estudios médicos, que pesaba un poco más y quizás incluso tenía otro sabor —el sudor acumulado bajo las arrugas es salado. Sánchez, el veterinario, especuló en una segunda entrevista sobre el peso y la trascendencia de las arrugas: “las arrugas pesan tanto como el peso de los años, seguramente por eso se sació el can; de no haber sido así, hubiese comido más Pía”.

Dos meses después de la cirugía Pía-María reanudó su vida. Faltaba salir a la calle, ver a familiares y amigos, regresar al trabajo y mirarse en el espejo. El doctor Jorge Alcocer, psiquiatra experto en mordeduras y en sus consecuencias, fue también consultado sobre los efectos emocionales del cambio de rostro; él mismo sufría todo tipo de mutaciones, lo cual, sumado a sus estudios, garantizaba una opinión docta. Alcocer propuso que Pía-María debía acercarse a la vida poco a poco: salir a la calle con un velo que cubriese toda la cara, lentes oscuros, gorro de beisbol, y bloqueador del 1016 por siete días. Después, durante dos semanas, sin gorro, días más tarde, sin lentes oscuros (durante dos días) y con bloqueador del 234 (para que se supiese que era blanca y no apache), y, pasado un mes, sólo con sombrero y bloqueador del menos 16; finalmente, al cabo de dos o tres semanas más, podría deambular descubierta, sin tapujos, con la cara de María. Esa rutina, pausada, sería menos cruda para Pía, aseguró Alcocer.

rostro

El caso, por supuesto, no era sencillo. Si bien las expectativas quirúrgicas se habían cumplido y, aparentemente el procedimiento evolucionaba bien, muchas dudas en cuanto a la cuestión psicológica cuestionaban el éxito quirúrgico. Ser dos personas, representar dos historias y dos conductas en el mismo cuerpo es un reto complicado. Nadie está preparado para ese tipo de avatares. No en balde, en incontables ocasiones, tanto la literatura como la política se han ocupado, con éxito, las humanidades, sin éxito, las truanidades, del tema del doble.

“¡Pobre Pía!”, pensé mientras reflexionaba en el suceso; “¡pobre Pía-María!”, corregí de inmediato. Aunque el caso lindaba con la ficción lo único que no había era ficción. El problema era real y muy complejo. No era necesario filosofar acerca del brete que tanto persigue a escritores y filósofos acerca del trillado e inmortal tema: ¿la ficción supera a la realidad o la realidad supera a la ficción?

Los alcances y los límites de la ciencia, y las preguntas que ésta genera cuando avanza constituían el centro del embrollo. Los dilemas y las preguntas afloraban. La mayoría eran cuestiones éticas.  Cogí una pluma y enumeré algunas preguntas. El impacto de la noticia era enorme, mi avidez por la duda, mayor. Cobijado por signos de interrogación hice una lista: ¿La nueva cara determinará afectos diferentes?, ¿prevalecerá la memoria sobre la nueva imagen?, ¿los amigos de María se convertirán en amigos de Pía?, ¿Pía será María?, ¿hará el amor como lo hacía María?, ¿qué sucederá con María, cuando llegue al infierno o al Paraíso? —ignoro dónde le toque pasar el resto de su muerte—, ¿el corazón de Pía latirá diferente cuando se tope con los hombres de María?, ¿el alma de Pía se moldeará de acuerdo a los guiños de María?, ¿cuál tipo de psicoterapia requerirá Pía para aceptar que no es ella pero sí es ella?, ¿qué sucederá cuando algún familiar o conocido le grité en la calle a Pía-María, María?, ¿deberá contestar? No menos ríspida es la cuestión siguiente: en el futuro, ¿las personas que deseen donar su cara y su cuerpo, deberán patentar con tiempo su alma y sus ideas? Finalmente, en caso de que se recrudezcan los viejos conflictos existenciales de Pía, ¿tendría que reiniciar nuevamente la terapia psicoanalítica?, y, de ser afirmativa la respuesta, ¿deberá acudir con el analista de María, con el suyo, o quizás, una semana acostarse en el diván de uno y la semana siguiente en la cama del otro? Hubiese sido estupendo contar con las opiniones de George Orwell, Woody Allen, Franz Kafka, o, incluso, aunque hubiese sido la más cara, con la versión de Sigmund Freud. Seguramente, entre unos y otros, podrían responder a la mayoría de las preguntas.

*

Avasallado por las interrogantes y ante la imposibilidad de responder a muchas de ellas releí la noticia. Casi no había información acerca del perro, no había datos sobre el funeral de María, no se sabía nada sobre el impacto mundial que había tenido la publicación en ¡Hola! en relación al éxito del trasplante, no había testimonios sobre la relación íntima que Pía había desarrollado con la familia de la primera donadora de cara en la historia de la medicina, y lo que es peor, nadie había conseguido localizar al doctor Alcocer.

“El alma no migra con la cara”, pensé. “El alma de Pía tendrá que compaginar sus impulsos con las expresiones de la cara de María”, agregué. “Pobre Pía, los medios no la dejarán en paz. Recorrer el mundo con otra cara a cuestas debe ser muy crudo. ¡Pobre Pía!”, dije de nuevo, “tiene que lidiar con demasiadas emociones y no creo que ni Alcocer, si acaso aparece, ni Sánchez le ayuden”.

“La ciencia corre demasiado rápido, avanza sin cesar, no se pregunta si todo lo que se hace tiene sentido o si es válido llevar a cabo todo lo que se puede hacer. Conforme crece la ciencia deja muchas preguntas y quehaceres sin resolver”, le comenté a mi esposa una mañana.

*****

Sin rostro no somos, no somos nadie. La ciencia cumplió con creces pero el equipo médico omitió responsabilizarse de las cuestiones éticas del caso. Ignoro si fue por descuido, por voluntad, por incapacidad, por desinterés o por la suma de todas. Esos bretes se aclararán con el tiempo. Me gustaría saber qué sucede con Pía-María. Sin duda debe estar pasando momentos difíciles. Reanudar la vida siendo otra persona debe ser complicado, acudir al diván donde habló durante muchos años su alter ego y hablar ahora con María a cuestas debe ser casi imposible; lo mismo sucede con la libido: mantener el deseo de María y acostarse con las parejas de ella no es asunto sencillo. Todas las mujeres y todos los hombres del mundo besan diferente —yo me incluyo. ¡Compadezco al nuevo psicoanalista!

Si Pía-María se acercase a mí le sugeriría que comprase, si su tristeza es poca, un perro pequeño o uno de peluche, pero, si su dolor pesase más que la realidad, debería agenciarse uno grande, muy grande de una raza europea, el cual, por supuesto deberá estar castrado. Por fortuna, Pía puede escoger ser en ocasiones Pía-María, otras veces María-Pía y cuando sea urgente comprar de nuevo un gorro de beisbol, un velo y protector solar color negro.

 

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