Supongo, no lo he leído, que Dios debe acoger con afecto a todas sus criaturas, sobre todo a las que no matan ni hacen daño. No supongo, lo observo todos los días, que los asesinos se reproducen sin cesar y que no hay deidad que los limite. Me conmueve y emociona la declaración del prelado Krzysztof Charamsa acerca de su homosexualidad y de la presentación pública de su novio. Me molesta la decisión de la Santa Sede de destituirlo. Poco importa que haya publicitado su apertura unos días antes de la víspera de Sínodo de la Familia. Apoyo las palabras del prelado polaco, “Quiero que la Iglesia y mi comunidad sepan quién soy, un sacerdote homosexual, feliz y orgulloso de la propia identidad. Estoy dispuesto a pagar las consecuencias, pero es el momento de que la Iglesia abra los ojos frente a los gais creyentes y entienda que la solución que propone para ellos, la abstinencia total de la vida de amor, es deshumana”.

Rechazo el comentario del portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, No podrá seguir desempeñando las tareas precedentes en la Congregación para la Doctrina de la Fe ni en las universidades pontificias”. Apertura frente a cerrazón. Amor a la religión y a Dios desde la convicción, frente a exclusión y estigmatización desde la sinrazón, desde el oscuro Medioevo. Tarea compleja la de Jorge Mario Bergoglio: antes de él, la cerrazón de la Iglesia ha sido más infinita que el infinito.

sacerdote

Todos los feligreses, desde los ultras hasta los liberales, deberían agradecerle al prelado polaco su valentía, su franqueza y su rectitud. Imposible oficiar y ejercer como profesor, tal y como lo ha hecho desde hace 17 años, en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, escondiéndose y ocultando su homosexualidad por temor a ser excluido. El difícil oficio de enseñar es mejor y más eficiente cuando no es indispensable mentir para pertenecer, es decir, cuando, no es necesario esconderse para ser. Ignoro si Charamsa era buen profesor, pero, de serlo, ejercer su homosexualidad y cohabitar con su novio, sin duda lo proveía de felicidad y de pasión, espacios, ambos, imprescindibles para ejercer con calidad cualquier tarea.

El prelado polaco acusó a la Santa Sede de homofobia. La acusación, lo comprueba la historia, lo ratifican los incontables y nauseabundos casos de pederastia, es correcta. La actitud de Lombardi, portavoz de Papa, ante la apertura de Begoglio, y frente a la situación actual de la Iglesia, es peligrosa y equivocada. Suficientes religiosos han dejado de acudir a los servicios dominicales y numerosos escándalos han dañado la imagen de la Santa Sede. Estigmatizar y despedir a un religioso convencido, como se auto define Krzysztof, por declarar su homosexualidad, debilita a la Iglesia. Antes de expulsarlo, Lombardi debería haber entrevistado a los alumnos que han pasado por las aulas donde el prelado enseña. Esa actitud hubiese sido ética, correcta, e incluso, quizás Dios concuerde conmigo, religiosa. ¿Cuál debería ser la actitud Lombardi si los alumnos de Krzysztof calificasen sus enseñanzas, y su devoción hacia Dios y la religión, como sobresalientes? ¿Y qué deberá hacer ahora Bergoglio ante las acusaciones del cura?

Días después de ser expulsado, el cura y teólogo denunció que la Iglesia es “una heterodictadura anclada en el pasado”, y, agregó, “el Papa Francisco es una esperanza pero se enfrenta a una oposición fóbica e irracional”. La expulsión del prelado, en medio de las crisis por las cuales atraviesan todas las religiones, profundizará el embrollo. La fe, los preceptos de Dios, y el acercamiento a los fieles no dependen ni del sexo ni de las inclinaciones sexuales de quienes los enseñan. Dependen de la coherencia ética y personal. Dependen del historial moral. Tras su decisión, Lombardi tiene la obligación de escrutar quiénes cumplen sus funciones dentro de la Iglesia y quiénes no, sin olvidar que la gran mayoría de los sacerdotes pederastas siguen ejerciendo y siguen libres.

Dios es enemigo del sufrimiento. El prelado polaco dejará de sufrir y cumplirá mejor su misión, lamentablemente, fuera de la Iglesia. La conclusión es cruda: La disparidad ética entre Lombardi, funcionario de la fe, y Charamsa, apóstol de la fe, es infinita.

 

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