En junio de 2016, el periódico El País publicó una pequeña y sustanciosa entrevista a J. M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura en relación a su última novela, The Schooldays of Jesus, la cual se publicará en español en 2017. Comparto unas líneas:

Pregunta. ¿Cuándo tuvo conciencia de la necesidad de defender los derechos de los animales? ¿Vio algo? ¿Leyó algo?

Respuesta. Tengo mis dudas respecto al concepto de “derechos de los animales”. El derecho más importante es el derecho a la vida. Dado que es extremadamente improbable que alguna vez se conceda a los animales ese derecho, prefiero defender la idea de que los seres humanos deberían sentir que tienen ciertos deberes hacia los animales.

Pregunta. ¿Qué deberes?

Respuesta. Los derechos pertenecen a la esfera de la ley; los deberes a la esfera de la ética. Cuando no cumples con tus deberes te sientes avergonzado. O sea, que el sentimiento de vergüenza es un buen indicativo de que uno no ha cumplido… (la respuesta continúa: El País, 26 de junio de 2015).

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Me recargo en la contundente respuesta de Coetzee sobre los derechos de los animales para compartir algunas breves reflexiones sobre los derechos de los seres humanos (en otra ocasión ocuparé este espacio para reflexionar acerca de las obligaciones de nuestra especie hacia los animales no humanos).

Al leer la Declaración de los Derechos Humanos (1948) surgen dos ideas: la voluntad (positiva) de quienes la emitieron y la realidad, a 78 años de distancia de los principios ahí enunciados (negativa). El documento bien intencionado de la ONU se elaboró tres años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Sobraban motivos para hacerlo. Razones suficientes existían para buscar los caminos dirigidos a restañar la esencia humana. La Declaración aviva la mentada, siempre bienvenida y algunas veces tergiversada, idea de Antonio Gramsci: “Pesimismo de la inteligencia, voluntad de la razón”. La especie humana ha creado incontables declaraciones, todas ellas bañadas de “voluntades sanas”; el mismo homo sapiens ha destruido demasiado debido a su inteligencia (bombas atómicas, armamento, plantas nucleares).

La aplicabilidad de los treinta principios enlistados en la Declaración Universal de Derechos Humanos me remite a la realidad. Comparto las primeras líneas del preámbulo: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de las familia humana”… “La Asamblea General proclama la presente DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS como ideal común para que todos los pueblos y naciones deban esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los territorios colocados bajo su jurisdicción”.

La Declaración Universal de Derechos Humanos es un dechado de “principios humanos para seres humanos”. Suman ley y ética: inmejorable binomio. Inmejorable binomio en el papel. Inexistente suma en la realidad. Ignoro la cifra de seres humanos cuyos derechos o son conculcados o no existen y cuyas vidas no van más allá de la supervivencia diaria debido a la nula ética de quienes ostentan el poder. De ahí Coetzee: Hablar de derechos de los animales cuando incontables seres humanos carecen de ellos plantea problemas y preguntas acuciantes. Los derechos corresponden al ámbito jurídico; los deberes al mundo de la ética. Cierto. ¿Y? Con Gramsci (perdón): “Fracaso de la voluntad, realidad de la sinrazón”.

Corolario: La destartalada ONU —mejor coja y tartamuda que nada— debería reescribir ésta y otras declaraciones. Finalmente, Dios, me dicen, fue cambiando mientras creaba al ser humano y a la Tierra.

Adenda. En julio, por vacaciones en la UNAM, no habrá Seminario de bioética. Adjunto invitación para agosto.

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