La globalización globaliza muchas cosas. Globaliza, sobre todo, los intereses de los poderosos. No globaliza ni la pobreza ni la riqueza. No globaliza ni la corrupción ni la honestidad. No globaliza la decencia política ni acaba con la indecencia política (paréntesis: ¿cómo sería un mundo sin políticos?). No globaliza salud ni enfermedad. En un mundo súper poblado, acercarse a las diversas ideas, médicas, sociales y económicas, sobre salud y enfermedad es fundamental. Escribí, a riesgo de equivocarme, “mundo súper poblado”: nos dicen que hay suficiente alimento en la Tierra para toda la población pero cada día mueren incontables seres humanos por hambre; nos dicen que hay recursos suficientes en la Tierra para albergar a la humanidad pero cada año la Tierra pierde árboles y aguas limpias y los deshielos prosiguen y el nivel del mar sube y miles de africanos mueren cada día por falta de medicamentos, aunque nos dicen que los hay, y… y, etcétera, y: la globalización es una palabra de la cual se habla y se habla y de nada sirve a quienes no entran en los intereses de los globalizadores (aunque si entran: mueren a destiempo como consecuencia de la falta de recursos en sus medios).

salud

Salud y enfermedad son temas ingentes, son rubros que pertenecen a los discursos globalizadores. Definir ambos conceptos es tarea compleja. Basta acercarse al Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española para comprobar mi idea. Salud: “Estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones”. Enfermedad: “Alteración más o menos grave de la salud”. Las definiciones previas forman parte de los conceptos ofrecidos en el diccionario; son pobres, no explican. No es culpa de quienes hacen y rehacen el lenguaje. El panorama salud/enfermedad es inabarcable. Los acercamientos, médico, político y social, también lo son. Así lo demuestra una noticia reciente proveniente del Reino Unido.

La entidad encargada de gestionar la sanidad pública en York, Reino Unido, desató una polémica al anunciar que debido a problemas de liquidez económica, los hospitales podrán denegar cirugías no urgentes a pacientes obesos o fumadores; a los primeros se les sugiere disminuir su índice de masa corporal por debajo de 30 —el índice de masa corporal es una medida de asociación entre la masa y la talla de un individuo que valora el estado nutricional; valores mayores a 25 significan sobrepeso—, antes de ser operados, y a los segundos, se les exige suprimir el tabaco.

El listado brexitiano no incluye drogadictos, octogenarios o nonagenarios, enfermos con demencia senil o Alzheimer. Tampoco figuran enfermos de sida, cuya estigmatización y rechazo retrasó tratamientos y seguramente favoreció la diseminación de la viremia. Lo mismo podrá suceder con obesos y fumadores: no intervenir a tiempo, aunque nadie cuestiona la necesidad de bajar de peso y dejar de fumar, podría agravar la enfermedad, y, en vez de ahorrar dinero, los costos aumentarían.

Salud y longevidad califican el éxito o el fracaso de los gobiernos. No hay político que no hable de esos tópicos. No hay quien desaproveche la oportunidad para ensalzar su gestión a partir de mejoras en la salud. La falta de solvencia económica etiqueta, y, al hacerlo, excluye y genera problemas nuevos. El affaire británico es universal. También lo es la obligación de los Estados de proteger la salud de sus connacionales. Pensemos en el caso México. Pronto ocuparé este espacio para reflexionar al respecto.

 

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