Amables lectores:

Me auto adjudico un pequeño respiro. Comparto dos microrrelatos —lo he hecho en dos ocasiones—, un tanto chuscos, otro tanto reales. Un poco de ficción para atemperar la realidad es saludable.

diverimento


Enredo

Fernández amaneció nuevamente con dolor de boca. Tomó las dos aspirinas que le recetó el doctor. Una hora después le ardía el estómago. Bebió antiácidos. Dos horas después tuvo diarrea, “deben ser los antiácidos”, se dijo. Tomó fármacos para cortar la diarrea. Una hora más tarde le salieron ronchas en el tórax. Debe ser alergia a los anti diarreicos. Tomó medicamentos contra alergia (antihistamínicos en lenguaje médico). Un minuto después sintió que se ahogaba: el antihistamínico se atoró entre la faringe y la tráquea. A los dos minutos vomitó. Notó unas gotas de sangre en el vómito. Decidió, tal y como le enseñó su madre cuando pequeño, hacer gárgaras con agua oxigenada. El remedio le produjo ardor en labios y lengua.

Todo empezó cuando el día previo sintió las mismas molestias en la boca. Le habló a su médico de confianza, “Miguel, me duele la boca, ¿qué puedo hacer?”, “Mira, no sé, lo ideal sería que vinieses a consulta”, “Hoy no puedo, ¿me puedes recetar mientras tanto algo?”, “Bueno, no es lo adecuado, sería mejor ver lo que tienes: toma dos aspirinas cada ocho horas y te reviso mañana”.

Dos días después Fernández se sintió peor. Acudió al servicio de urgencias.

—¿Qué le sucede?, preguntó el médico de guardia.

—Llevo doce horas con muchas molestias: dolor de boca, ardor de estómago, diarreas, alergia, sensación de asfixia, vomité con sangre y de nuevo ardor de boca.

—¿Por qué tantos eventos?, ¿ha visto a algún médico?, ¿ha tomado medicamentos?

—Hablé por teléfono con mi doctor de cabecera. Me recetó aspirinas. Todo es su culpa. Lo voy a demandar.


Enfermedad

Sánchez enfermó en medio de la vida. Su pasado luminoso avizoraba un futuro espléndido. Día y noche sus ideas fluían. Ni le dejaban en paz ni las dejaba en paz. Palabras y tiempo eran compañeros y rivales. Hambre por hacer, retos por cumplir. Palabras y tiempo. Los alumnos lo seguían. Su compromiso con los otros era ejemplar. En su oficina colgaba un letrero: Terencio: Hombre soy; nada humano me es ajeno.

Dos enfermedades lo demolieron. Células cancerosas invadían sus órganos; humanos malignos acabaron con la Tierra. Sanó del cáncer. Murió por sus congéneres. Sin oxígeno ni árboles, la Tierra enfermó y claudicó.

Aunque los muertos no escriben, en los microrrelatos sí lo hacen. En la tumba, con Terencio a su lado, Sánchez redactó su epitafio:

“Dios y/o Darwin: ¿Por qué castigaron a la Tierra?”.

 

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