Amable lector:

En esta ocasión, comparto con ustedes un cuento, Experimentos, publicado este año en la revista de la UNAM.

Me permito hacerlo porque esta semana tuvo, para mí, menos horas que las de costumbre. Me permito también invitarlos a la presentación de mi libro, y, finalmente, si no los aburro, el domingo 13 de noviembre escribí en El Universal sobre una nueva enfermedad con visos de epidemia; por ahora la denomino Trump. Pronto los salubristas y el mundo encontrarán el nombre preciso del nuevo Mal.


Experimentos

I

Cuando Susana cursaba el tercer año de la Facultad de Medicina, entusiasta, como siempre había sido, le solicitó al profesor Uribe, jefe del Departamento de Fisiología, trabajar con él por las tardes. Uribe, inminente investigador, platicó con ella. “Sí, acepto que vengas tres tardes por semana”, “Gracias maestro”, respondió Susana.

El primer mes, como suele ser, le explicaron el funcionamiento del laboratorio y le encargaron la limpieza de matraces, tubos de ensayo, bisturís, gradillas. El mes siguiente fue asignada al equipo del doctor Pérez, quien pocos días atrás había diseñado un experimento sencillo sobre los patrones del sueño en ranas. “Te podrás incorporar a la investigación con Pérez. Es una fortuna observar como se inicia un trabajo”, le dijo Uribe.

Pérez contaba con sesenta ranas, todas verdes, todas de Xochimilco y todas recién capturadas. No habían sido utilizadas en otros laboratorios ni tenido, como lo exige la buena praxis, contactos previos con seres humanos. Las ranas fueron valoradas, antes de ser enviadas al laboratorio por los Defensores de los Derechos de los Animales de Laboratorio, una Organización No Gubernamental, laica y apolítica: ninguna estaba embarazada y no habían dejado ranitas en los canales de Xochimilco. Además, de acuerdo con requisitos ad hoc, los investigadores firmaron un convenio donde se comprometían a tratarlas con calidez, procurando evitar cualquier tipo de sufrimiento.

El doctor Pérez dividió a las ranas en tres grupos conformados por veinte ranas. A las ranas del primer grupo les permitió dormir tanto como necesitasen; las del segundo sólo podrían dormir ocho horas continuas —las primeras pernoctaban entre catorce y dieciséis horas—, y las del tercero dormirían también ocho horas con la salvedad de que serían despertadas cada dos horas. Después de un mes, Pérez llamó a Susana. Deseaba comentarle los hallazgos preliminares.

—Del primer grupo, el de las ranas dormilonas, como sabes, sólo falleció una.

—¿Eso es normal?, preguntó la joven aprendiz.

—Sí, es normal, esa es la tasa de mortalidad en este tipo de ranas, replicó Pérez.

Del segundo grupo habían fallecido cuatro ranas. Las autopsias revelaron fatiga cardiaca e infartos cerebrales.

—¿Eso es normal?, preguntó Susana.

—Así lo han reportado otras investigaciones. Recientemente se publicó un artículo de un grupo sueco. El experimento del Instituto K está bien diseñado, sin embargo, los editores de la revista sugirieron que el artículo debería leerse con cuidado pues las ranas utilizadas eran africanas.

—¿Y eso qué significa?, preguntó sorprendida Susana.

—Que Suecia no era el hábitat natural de las ranas africanas.

—Pero, perdón, no entiendo, los laboratorios no son el hábitat natural ni de las ranas de Xochimilco ni de las ranas africanas…

—Tienes razón, pero, quizás, no estoy seguro, pienso en voz alta, las nuestras, las mexicanas, sufren menos pues los investigadores hablan en español y los suecos en sueco. ¡Pobres ranas africanas!, además de ser utilizadas en el laboratorio tienen que adaptarse al idioma de Bergman.

—La verdad no entiendo su explicación. Seguro es por mi falta de experiencia.

—No te preocupes, así es al principio, con el tiempo entenderás. Mientras que los ombdusmanes de los animales no den lata, todo es sencillo. Te cuento del tercer grupo. Como seguro te percataste, fallecieron dieciséis ranas, lo cual permite asegurar que la falta de sueño conlleva un índice alto de mortalidad.

—¿Por qué puede asegurarlo doctor Pérez?

—Es sencillo. Como también sabes, a los tres grupos se les alimentó igual, se les cambió el pasto todos los días, se les colocó frente a la ventana dos horas por la mañana y dos por la tarde, el ayudante no permitió que otros seres humanos se acercasen a ellas y cuando los jardineros nos ayudaban, les distribuíamos los mismos gramos de insectos cada día, por cierto, provenientes de los canales de Xochimilco. Es decir, controlamos todas las variables posibles: insectos para merendar, luz, visitas humanas y calor. La única diferencia fue las horas de sueño. Por eso concluimos que entre menos horas de sueño más probabilidades de morir.

ranas

II

Después del doctor Pérez, Susana, por indicaciones del doctor Uribe, fue transferida al laboratorio del doctor Gabilondo.

—Con Gabilondo conocerás otros aspectos de la investigación. Trabajaras en un nuevo experimento. Estamos probando un nuevo analgésico.

Un tanto atribulada —tenía miedo— Susana se presentó el día siguiente con el doctor Gabilondo.

—Al igual que Pérez, a nosotros también nos dieron una partida de sesenta ranas, todas de Xochimilco. Ninguna de las nuestras es familiar de las de Pérez. Vivían en canales diferentes.

—¿Eso es importante?, preguntó Susana.

—Sí, si lo es. Son dos razones fundamentales. Por un lado es un principio ético no hacer experimentos sólo con una camada. Podría desaparecer el linaje. Además, si escuchasen el croar de las ranas de las cajas vecinas, existe el peligro de que en caso de que hubiesen hermanos o hermanas, se reconozcan e intercambien información.

—¿Cómo?, no entiendo…

—Sí, mira, nos han rechazado algunos artículos por esa razón. Según ellos, las cajas donde albergamos a nuestras ranas están demasiado cercanas y eso podría sesgar el estudio.

—¿Sesgar?

—¡Claro! Una de las ranas del Experimento sueño le podría decir a una de las del Experimento dolor, “aguas, ten cuidado, trata de saltar y pasarte al mío. En el tuyo tardarás en morir y lo harás con dolor; en cambio, en el mío, lo peor que te puede suceder es fallecer por falta de sueño”.

—¿Entonces?

—Es lógico doctorcita. Lo mismo sucede con los seres humanos. Es peor morir por torturas que fallecer por insomnio crónico. Los primeros sufren mucho y se lo merecen, son terroristas; los segundos no son tan malos, son disidentes políticos: mueren debido a alucinaciones y agotamiento; algunos, eso si, los que alucinan varios días, se arrojan por la ventana.

En el laboratorio de Gabilondo la situación era diferente. Cada día se sacaban unas ranas de sus cajas y se colocaban en bases de madera —como las utilizadas para partir verduras o quesos. Se les ponía boca arriba y les amarraban las cuatro extremidades. A las más rezongonas, las que croaban demasiado, o no querían colaborar, les amarraban también la cabeza. Después, con cuidado, las canalizaban para suministrarles los analgésicos del experimento vía intravenosa, y, siguiendo los cánones de los Defensores de los Derechos de los Animales de Laboratorio, se les instalaba una sonda nasogástrica para que no se deshidratasen y así evitar sufrimientos innecesarios.

Susana se sintió incomoda y desconcertada desde el principio. Le dolía ver sufrir a las ranas. No entendía algunos de los argumentos del doctor Gabilondo; le molestaba en particular el de sufrimientos innecesarios. La idea le traía a la mente el término daños colaterales utilizado por los estadounidenses cuando defendían la labor de sus drones. Le molestaba ver a las ranas amarradas, le dolía el croar desafinado y la indiferencia de Gabilondo y sus colaboradores. Decidió acercarse al doctor Uribe. Tocó a su puerta.

—Perdón por interrumpirlo. ¿Puedo robarle cinco minutos?

—Sí, por supuesto.

—Me da pena decirle, pero… ya no acudiré al laboratorio.

—¿Por qué?, sucede algo malo. ¿Te molestó Gabilondo o alguno de los jóvenes investigadores? Pérez se quedó con una impresión excelente de ti.

—No, no es eso. No me he sentido a gusto viendo como maltratan a las ranas. Hace dos días soñé que una de ellas se comía mis dedos y ayer, aunque confieso que me dio gusto, amanecí empapada.

—¿Ppppoooorrrr?

—Tuve una pesadilla. Soñé que las ranas se reproducían y crecían. En el sueño, Panchito, el ayudante de Gabilondo, en lugar de suministrarles vía intravenosa el analgésico, les daba grandes cantidades de proteínas provenientes de ancas de ranas, de esas que se comen en los restaurantes de lujo. Cuando el doctor Gabilondo entró al laboratorio las ranas había triplicado su tamaño, lo rodearon, y poco a poco, fueron devorándolo. Mientras lo hacían, la rana jefe, la más grande, miembro del Experimento sueño y que a la postre fue la que alertó a las del Experimento dolor, leía en voz alta el nombre de todas las ranas sacrificadas en los dos últimos años en el laboratorio de Gabilondo. El pobre intentó explicarse. Les decía, entre sollozos, “Yo sólo cumplía órdenes. No actué motu proprio. Era imprescindible publicar artículos en revistas internacionales y seguir las indicaciones de mi jefe, el doctor Uribe. Por favor, entiéndanme. Yo, al igual que tantos y tantos genocidas, sólo seguí órdenes. De no haber cumplido habría quedado mal con el sistema y con la ciencia. ¿Cómo investigar y desarrollarnos como humanos si no es por medio de animales de laboratorio? Por favor, lean historia. No en balde los inocentes recurren en su defensa al texto de Arendt donde se habla de la banalidad del mal.

—¿Banalidad del mal?, interrumpió Uribe. No entiendo; no conozco ese concepto.

El novio de Susana era profesor de filosofía. Se dedicaba, sobre todo, a filosofía alemana. Incapaz de responder con exactitud le preguntó al doctor Uribe si podía comunicarlo con su novio, “Misael es experto en filosofía alemana. Ha escrito sobre la banalidad del mal, ¿lo puedo comunicar con él?”, “Sí, por favor”. replicó Uribe.

—Buenas tardes doctor Uribe, me pide Susana que le explique acerca del significado banalidad del mal. ¿Tiene un par de minutos?

—Sí, por supuesto.

—Banalidad del mal significa cumplir órdenes sin reflexionar sobre la consecuencia de los actos, actuar como burócrata y seguir las reglas del sistema sin cuestionarlas.

—Gracias Misael, replicó Uribe. Gracias Susana, añadió. Dime, ¿salvaste a Gabilondo?


quizas-en-otro-lugar

 

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