Unas notas acerca de ética y libertad y unas preguntas sobre el mismo binomio. Releí —por eso este pequeño blog— unas páginas del inmenso ensayo Sobre la libertad de John Stuart Mill. Inmenso por lo que dice, por sus premoniciones y porque se adelantó a su tiempo: Mill nació en 1806 y murió en 1873. Aunque el libro no se refiere al libre albedrío, algunas, o muchas ideas —el número depende de los ojos y los intereses del lector— se refieren a la libertad individual. Las primeras líneas de la introducción explican el motto del libro:

El objeto de este ensayo no es el llamado libre albedrío, que con tanto desconcierto se suele oponer a la denominada —inapropiadamente— doctrina de la necesidad filosófica, sino la libertad social o civil, es decir, la naturaleza y los límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo.

Ética y libertad conforman un binomio inseparable. Sin libertad es imposible hablar de ética. Estados totalitarios, vetustos, de “izquierda o derecha” lo mismo da —las comillas no son mías, son de la realidad—, al imponer sus leyes y reglas sobre los individuos, violan principios éticos fundamentales, entre ellos, el de la libertad. Si, además, como suele ser, la falta de libertad se asocia a pobreza, el impasse puede ser infranqueable; la pobreza, per se, limita el movimiento, el libre albedrío.

libertad

Comparto cuatro ideas:

1. Ni el Estado ni la sociedad ni los patrones tienen derecho a coartar la libertad de las personas. Hay una relación directamente proporcional entre la falta de libertad y el respeto de principios éticos.

2. Cada ser humano, pensamos los librepensadores, tiene un espacio único, privado, construido poco a poco, individual, el cual debería ser invulnerable. Ninguna instancia tiene derecho a violentarlo.

3. Al coartar la libertad se atenta contra la expresión libre, sin cortapisas de la Palabra (con mayúscula, como le gustaba a T. S. Eliot) como vía para expresar ideas propias, como medio para ejercer el libre albedrío.

4. Benedetto Croce hablaba de “La religión de la libertad”. Tiene razón. La falta de libertad priva a las personas de sus credos —no hablo de religiones en el sentido tradicional— y atenta, de nuevo, contra la ética.

La afrenta, (casi) imposible de conseguirla para mí, quizás sí de menguarla un poco, consiste en disminuir el Poder (con mayúscula, como lo decía Passolini) de quienes atentan contra la libertad. Apelo a la fuerza de los valores éticos como vía para contrarrestar el Poder. Aunque Mill aclara que su ensayo no versa sobre el libre albedrío, su texto ofrece varias ideas sobre esa virtud.

 

 

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