En mi último blog esbocé algunas ideas sobre el suicidio en pareja. El tema es amplio y complicado. No existe el punto final. Ir y regresar sobre tópico tan enrevesado ofrece algunas razones acera del tema. En éste, y en muchos asuntos de ética médica, no hay una respuesta. Abrir el abanico permite adentrarse en dilemas intrincados, en este caso, el suicidio de parejas. Alabo la apertura. Detesto el maniqueísmo. En ética médica, me auto plagio, sí, no es siempre sí, y no, no siempre es no.

pareja

La ética médica se nutre de muchas fuentes. Casos aislados, como el de Ernie y Kay Sievewright, pareja canadiense, quien tras 55 años de matrimonio, solicitó ayuda para morir juntos, motiva discusiones.  Resumo la historia publicada en The Globe and Mail, periódico canadiense (enero 17, 2017).

La nota de Kelly Grant, autora del texto, abre con una fotografía de la pareja: Kay y Ernie con las cabezas recargadas, la de Ernie sobre la de ella, con los ojos cerrados, acompañados de una cama eléctrica y de una pequeña silla eléctrica que le servía a él para transportarse.

La historia comienza como debe comenzar: “Tras 55 años de matrimonio, Ernie y Kay decidieron compartir juntos su muerte por medio de suicidio médicamente asistido. La historia finaliza de manera sorprendente: los doctores aceptaron que debido a la gravedad de sus enfermedades la pareja cumplía los requisitos para finalizar su vida por medio de ayuda médica; sin embargo, debido a problemas legales, el procedimiento se aplicó con cuatro días de diferencia: primero falleció Kay y después Ernie; ambos tenían 76 años. El matrimonio buscaba una muerte “amable”, juntos.

En Canadá el suicidio medicamente asistido se aprobó en junio de 2016; por ser instancia nueva, médicos y abogados proceden con cautela ante el temor de no seguir adecuadamente los códigos que permiten ayudar al paciente a morir con dignidad. De acuerdo a la información, la asistencia se llevó a cabo con cuatro días de diferencia “para asegurar que uno de los miembros de la pareja no haya presionado al otro”.

A Kay se le diagnosticó esclerosis múltiple en 2003. Dada la gravedad de la enfermedad los últimos años requería ayuda para vestirse, bañarse y entrar y salir de la cama. Dos años antes de su muerte fue trasladada a un hospicio. Ernie padecía enfermedad renal y cardiaca y no podía deambular debido a problemas en la columna lumbar (estenosis espinal); el daño mecánico secundario a la estenosis produjo insensibilidad en las piernas y alteraciones en los esfínteres por lo que tenía que utilizar un catéter para orinar, “Cada mañana me toma una hora asearme”, comentó Ernie.

La pareja no tuvo hijos. Ambos eran ingenieros. Un amigo explicó que hacían todo juntos. Por lo mismo querían morir juntos: “No entiendo por qué los forzaron a morir con cuatro días de diferencia”.

Ernie estuvo presente durante la muerte de su mujer. “Fue una experiencia absolutamente increíble. Estaba lista para partir. Bromeaba. Me dijo que me esperaría dos días hasta que yo llegara”. Kay no lloró durante el procedimiento.

Tras la muerte de Kay, bebieron, contaron historias, comieron sándwiches. Lo anterior me recuerda la estupenda película, Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand (2003); aunque en la película se asiste a morir a una persona, no a una pareja, poco antes de sedar al enfermo, sus amigos y familiares lo despiden con amor (recomiendo ver la película). En la película, hicieron de la muerte un homenaje a la vida.

Ernie, a pesar del dolor por no haber partido junto a ella, al final consideró que fue bueno vivir unos días más para celebrar la vida de su esposa, disfrutar la compañía de sus amigos y hablar con la familia lejana y con los amigos y asegurarles que la muerte de Kay fue buena. “Me siento encantado de seguir aquí y así poder llenar las últimas piezas del rompecabezas”.

Él recibió ayuda para morir cuatro días después. Partió en paz. Muchos amigos estaban a su alrededor. Pocos días antes del deceso, en entrevista vía Skype, Kay dijo: “La vida ya no es bella”; Ernie remató, “Había sido fantástica”.

El affaire Sievewright ofrece muchas lecciones:

1. En Canadá recién se aprobó el suicidio médicamente asistido. Aproximadamente 700 personas han accedido a morir con dignidad.

2. La vía “más humana” de morir, de acuerdo a la solicitud de la pareja, era terminar al unísono. A pesar de la disposición médica, privó la vía legal. Sugiero revisar la historia de Arthur Koestler y su esposa: aparentemente él, enfermo, presionó a su esposa, no enferma, para morir juntos.

3. El culmen de una vida amorosa, como la de Filemón y Baucis (ver blog previo), cuando el final llega al mismo tiempo, puede ser morir abrazados, por medio de ayuda médica, sin dolor, quizás sin miedo.

4. Aunque la muerte de los Sievewright no fue al mismo tiempo, Ernie nos legó una lección: acompañó a morir a su amada y le hizo saber al mundo y a sus seres cercanos: el suicidio médicamente asistido duele menos que el dolor de la vida, que la depauperación por la pérdida de la dignidad.

—Kay: “La vida ya no es bella”.
—Ernie: “Había sido fantástica”.
—Arnoldo: “Gracias Kay, gracias Ernie”.

 

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