Ni optimismo ni escepticismo son figuras relevantes en ética. Relevante, y eso si se vincula con ética, son las actitudes de la gente, en este caso de políticos, cuando se venden o incluyen dentro de su discurso recetas optimistas para granjearse apoyos. Rechazar eslóganes optimistas cuando la realidad o las realidades muestran lo contrario es ético: mentir es inmoral; bregar por la verdad es ético.

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De acuerdo a las reflexiones previas, quien vende ideas optimistas y miente para triunfar es amoral. Los políticos en (casi)todo el mundo, incluyendo en primera fila a los  nuestros, mienten, no son éticos. Grosso modo, ser escéptico requiere información, cultura, discusión, academia. Ser optimista, grosso modo, requiere saberse vender, contar con elementos para hablar, inventar posverdades y distorsionar la realidad. Unas muy breves reflexiones acerca del optimismo/pesimismo para cavilar sobre la situación actual del mundo y de nuestro país.

Nicola Chiaromonte (1905-1972), activista italiano, antifascista nato (lucho contra Mussolini, Franco y Stalin) es contundente: “… yo creo que, hoy por hoy, el peor enemigo de la humanidad es el optimismo, sea cual sea la forma en que se manifieste. En efecto, equivale pura y simplemente a la negativa a pensar, por miedo a las conclusiones a las que podríamos llegar”.

Pensar en el mundo, en el otro, en ser humano, suma varios elementos: introspección, capacidad para dialogar, comparar, acumular saberes, humildad, escuchar, aceptar errores y cuando sea prudente, renunciar al cargo por no haber cumplido —creo que en México nunca nadie ha renunciado motu proprio. No me detendré, ni es el caso ni soy experto, en las (nulas) habilidades para reflexionar (pensar, discutir) de nuestros últimos presidentes. Basta recordar la máxima de Don Ernesto Zedillo, quien palabras menos, palabras más, aseguraba, “En este país no hay lugar para los escépticos” (excepto para él: vive fuera de México, creo, desde que terminó su presidencia).

La cita de Chiaromonte, la tomé prestada del gran Norberto Bobbio. En De senectute (Editorial Taurus, 1997), reproduce otra reflexión imperdible. Gaetano Salvemini (1873-1957), escritor y político antifascista, al igual que Chiaromonte, ahonda en el tema: “El arte del profeta es peligroso y conviene mantenerse apartado de él. De todos modos, cuando se requiere profetizar es más prudente ser pesimista que optimista, pues las cosas de este mundo van siempre de mal en peor”.

Hoy el mundo de los políticos está inundado de profetas. Trump, Wilders, Le Pen, Putin, Netanyahu, Macri, Maduro y aunque ya sin voz de profeta, achicado y desgastado, nuestro Peña Nieto. Y sí, son tristemente veraces las palabras de Salvemini, “…las cosas en este mundo van siempre de mal en peor”. Sugiero leer y dudar sin dejar de dudar de los datos del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial acerca de la situación del mundo, y cuestionar sin dejar de cuestionar las peroratas de los políticos optimistas: mejor leer el mundo y juzgar desde la sierra de Oaxaca, desde la pobre Chiapas, desde Ciudad Nezahualcóyotl, desde la montañas de Puebla o de los pueblos vacíos de Zacatecas, y casi casi desde toda la geografía de nuestro Estado Fallido.

Repito lo que escribí al inicio. Ni escepticismo ni optimismo son figuras éticas. Mentir sí atañe a la ética. Mentir desde los púlpitos de la política —¿de verdad Peña Nieto y asociados no saben dónde está Javier Duarte?— no es ético. Los vínculos entre escepticismo y optimismo con verdad y mentira, con inteligencia y sapiencia son múltiples. No sugiero ni por asomo incluir al escepticismo y/o al optimismo dentro de los quehaceres de la ética. Si sugiero defenestrar, encarcelar —¿por qué en Guatemala y en Brasil sí se puede?— y castigar  a los políticos que pregonan mentiras basadas en optimismos infundados. Hacerlo sería ético.

 


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