Siempre me ha sido difícil, si no imposible, hablar con fundamentalistas religiosos. Judíos, católicos, musulmanes, da igual. Parte por mi testarudez, parte por su cerrazón. Tras leer algunos artículos empiezo a comprender —un poco— su contumacia. Es una pena que Christopher Hitchens, quien se definía como ateo profesional, no haya leído al respecto. Quizás hubiera matizado su enojo contra las hordas fundamentalistas.

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Una investigación reciente, encabezada por Jordan Grafman de la Universidad de Northewestern encontró que la presencia de lesiones en la corteza prefrontal dorsolateral disminuía la capacidad de modificar las opiniones en las personas afectadas a pesar de evidencias que demostraban datos diferentes de los que ellos disponían. La corteza prefrontal dorsolateral se relaciona con experiencias espirituales.

El estudio realizado por Grafman y su grupo,1 consistió en revisar y comparar los expedientes de 119 veteranos de la guerra de Vietnam que habían sufrido lesiones cerebrales con los datos de 30 veteranos que no experimentaron daños anatómicos. Aunque se necesitan más estudios y más casos, por ahora, las conclusiones son contundentes: existe una relación entre las lesiones de ésas áreas, la fuerza de las convicciones religiosas y una baja flexibilidad cognitiva.

Los autores afirman, “nuestros resultados indican que la flexibilidad cognitiva y la apertura son necesarias para el compromiso religioso flexible y adaptable, y que esa diversidad de pensamiento religioso es dependiente de la funcionalidad de la corteza prefrontal dorsolateral”.

Aunque, como dije, el estudio necesita ampliarse y reproducirse en otros laboratorios, por ahora, aporta datos interesantes que deberán considerarse: el fundamentalismo religioso, al menos en algunos casos, tiene bases anatómicas que explican la testarudez y la inflexibilidad de algunos fanáticos.

¿Qué hacer en caso de que esos datos se reproduzcan? Comparto una idea que además es deseo (no es sorna): en caso de que se compruebe la hipótesis del grupo de Grafman, la ciencia debería, después de estudiar a miles de fanáticos religiosos con el fin de convertir la idea en un hecho científico irrefutable, encontrar los mecanismos para sanar las lesiones de la corteza prefrontal dorsolateral. Así, si la ciencia lograse reparar la corteza prefrontal de los fundamentalistas religiosos (aunque parezca, sigue sin ser sorna), habría menos muertes y menos destrucción.


1 Zhong W, Cristofori I, Bulbulia J, Krueger F, Grafman J. Biological and cognitive underpinnings or religious fundamentalism. Neuropsychologia 2017; 100:18-25.

 

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