Parecería absurdo pero no lo es: entre más crecen los saberes médicos surgen más interrogantes y preguntas, tanto por las cuestiones éticas propias de la tecnología como por la desconfianza y el enojo de los enfermos. Hace más de tres décadas, Franz J. Ingelfinger, médico brillante, por su sabiduría clínica, científica y ética, avizoró el cambio o el fin de la “buena medicina”. La “buena medicina” se basa en el más preciado instrumento médico, la relación entre enfermos y doctores. La irrupción de abogados, rompiendo los vínculos entre ambos, sostenía Ingelfinger, editor en jefe del New England Journal of Medicine, una de las mejores publicaciones médicas a nivel mundial, acabaría con la relación —cariño, respeto, empatía, amistad— entre doctores y pacientes. Ingelfinger tuvo y tiene razón.

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Además de los abogados, cuya presencia ha ahondado el desencuentro entre enfermo y médico, otras vicisitudes profundizan la ruptura. Mientras que los abogados suelen ofrecer sus servicios, tanto a médicos como a pacientes —grosera dicotomía—, para proteger a los hunos y a los hotros, o más bien, a los hunos de los hotros,  como sentenciase con razón el gran Miguel de Unamuno, las compañías de seguros, las compañías farmacéuticas y la pobreza incrementan los sinsabores.

Las aseguradoras médicas, en muchos casos, intentan, a toda costa, no pagar o pagarle lo menos posible al paciente que reclama el pago al médico y a él mismo a partir de su seguro médico. Con demasiada frecuencia las aseguradoras buscan pretextos para deslindarse del caso y con notoria facilidad encuentran enfermedades preexistentes para no remunerar; valiéndose de todo tipo de artilugios, los doctores contratados por las compañías aseguradoras cuestionan los diagnósticos y aptitudes del galeno del enfermo, es decir, de la persona en quien se confía, con tal de reembolsar al afectado lo menos posible. Esos tropiezos entorpecen la relación entre enfermos y doctores.

Aunque las compañías farmacéuticas han disminuido mucho, y algunas incluso han eliminado “la compra” de médicos vía congresos pagados, pláticas bien remuneradas a favor de un medicamento que quizás nunca han utilizado cuartos en hoteles de lujo, boletos de avión en primera clase, siguen, sotto voce, granjeándose la confianza de galenos para que prescriban sus fármacos, aunque sean caros y nuevos, lo que implica, muchas veces, que no se conozcan bien sus efectos adversos. Los médicos atrapados en las redes de las farmacéuticas faltan a la ética al socavar uno de los bienes más preciados de la relación con sus pacientes: la lealtad.

No es mucho, por obvio, lo que debe decirse acerca de la pobreza, la enfermedad y el ejercicio médico. Incontables ocasiones he repetido que ser enfermo y pobre representa uno de los peores binomios humanos. Estar enfermo, y no poder acceder a servicios médicos adecuados, dignos, eficaces, con personal solvente es una tragedia. México como ejemplo: nuestros políticos han depauperado a más de la mitad de la población y han empobrecido a las instituciones médicas gubernamentales de manera grosera. Ejercer medicina sin recursos es imposible. Esa imposibilidad atenta contra la relación médico paciente.

La nueva medicina sorprende. Por eficaz, por sus nuevos descubrimientos, por prolongar la vida. Y también sorprende por fea: los ejes de la “buena medicina”, relación, compasión, lealtad y escucha se han perdido, y se han perdido para siempre.

 

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