Albert Camus conocía bien las entrañas del ser humano. Las conocía por incontables razones. Una fue la pobreza. La pobreza es maestra, cruda, pero maestra. Hay quienes se vuelven agresivos debido a las carencias y hay quienes aprenden de ella y se convierten en ejemplos, en seres resilientes. Camus fue resiliente y alumno destacado de la escuela de la pobreza. Su padre murió a los pocos meses de su nacimiento. Su madre era analfabeta y sorda; para mantener a sus dos hijos trabajaba como empleada doméstica. La pobreza fue maestra del Nobel.

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Repito: Albert Camus conocía bien las entrañas del ser humano. Quizás por eso figuran médicos en algunas de sus novelas. Los médicos de antaño, pocos hoy, conocían los vericuetos, las alegrías y las penas del ser humano. En La peste, hacia el final, el buen doctor Rieux, mientras la ciudad de Orán celebra haber sobrevivido al azote de la peste, reflexiona,

Para no ser de los que se callan, para dar testimonio a favor de aquellos apestados, para dejar al menos un recuerdo de la injusticia y la violencia que se les había infligido, y para decir sencillamente  lo que se aprende de las calamidades: que hay en los hombres más cosas que admirar que despreciar.

Las calamidades son diferentes de las catástrofes. Las primeras son producidas por el ser humano, como el socavón de Gerardo Ruiz Esparza y todos los políticos y empresarios ladrones que resulten responsables, mientras que las catástrofes provienen de la Naturaleza, i.e., temblores, erupciones volcánicas.

Renglones después Camus convertido en Rieux reflexiona,

Oyendo los gritos de alegría que subían desde la ciudad, Rieux se acordó de que aquella alegría siempre estaba amenazada. Él sabía lo que ignoraba aquella jubilosa multitud y que puede leerse en los libros: que el bacilo de la peste nunca muere ni desaparece, que puede quedarse dormido durante décadas en los muebles y la ropa de la cama, que espera pacientemente en las habitaciones, sótanos, maletas, pañuelos, y papeles, y que tal vez llegaría el día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despertaría a sus ratas y las enviaría a morir en una ciudad feliz.

La peste, como buena parte del tejido camusiano, encierra lecciones éticas. Extrapolar la ética a la política es fácil. El diagnóstico del doctor Rieux es, además de correcto, un diagnóstico mexicano, actual y ad hoc: la política bubónica de nuestros jerarcas infesta todo —con lo único que no concuerdo con mi colega es en “que hay en los hombres más cosas que admirar que despreciar”—.

Las ratas no han dejado de minarnos. La diferencia entre las de Camus y las que dirigen la política en México, así como con la peste de Oran y las nuestras, es que la Yersinia pestis de la obra murió cuando el autor escribió punto final. Las nuestras, aunque no han logrado acabar con la tercera parte de la población como sucedió con la peste negra, tiene sumida en la desesperanza y en la miseria a más de la mitad.

Camus: ¿Podrías regresar?

 

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