Debido al período vacacional, mío, de estudiantes y de Dios, y en atención al blog de la semana pasada, Ética laica y religión, me tomé la libertad de escribir un microrrelato sobre el mismo tema. Espero que no todos los lectores estén de vacaciones.


¿Dónde anda Dios?

A la pequeña nieta, recién iniciada en el mundo —tenía seis años—, le intrigaban muchas cosas, no más y no menos que a sus pares. La figura de Dios, quizás en eso difería con sus compañeros, suscitaba preguntas y dudas sinfín. No era para menos: en la biblioteca del abuelo había algunos libros acerca de Dios y en la boca de su madre incontables inquietudes sobre el tema. Cuando la pequeña niña empezó a leer, su intranquilidad respecto a la figura de Dios aumentó.

iglesia

Parteaguas en esta historia, que no es historia, fue su madre, “Sabes hijita, nunca he entendido las razones por las cuales las religiones obligan a sus fieles a ir cada semana, o incluso a diario a los templos, mezquitas o iglesias a rezar y rendir tributo a Dios si se supone que él está en todas partes”.

La historia de la madre fue contundente: la pequeña hija y nieta empezó a preguntar más acerca de Dios cuando veía a las madres de quince años cargando un bebé en sus espaldas mientras pedían algo de comer. Después, con los años y con las lecciones de la vida, en vez de preguntar, invitó a los feligreses a descargar su fe en otros lugares. 

 

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