En agosto de 2017, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lanzó una alerta: el suicidio fue, en 2015, la segunda causa de defunción en jóvenes y adultos jóvenes de 15 a 29 años. Y agrega: en el mismo año, el 78% de los suicidios —800,000 personas cada año— se llevaron a cabo en países de ingresos bajos o medianos. A más de un siglo de distancia, la idea de Rudolf Virchow (1821-1902), escritor, médico, politólogo, “Si la enfermedad es una expresión de la vida del individuo bajo condiciones no favorables, las epidemias son indicadores de alteraciones en los grupos humanos y en la vida de las personas”, es vigente. Aunque el suicidio en jóvenes no se considera epidemia, sí es para la OMS un problema de salud pública; los problemas de salud pública conciernen a toda la sociedad. Los suicidios en jóvenes son el resultado de anomalías profundas en el tejido social, familiar y nacional. ¿Quién ha fallado?

Las tasas de suicidio global han aumentado 60% en los últimos 45 años, y con ellas, la de jóvenes. Si bien, fenómenos harto conocidos como depresión y consumo de drogas y alcohol son causas frecuentes que inducen al suicidio, la dinámica actual, social y familiar, al perder buena parte de la cohesión y protección que antaño ofrecía, incrementa la depresión y coadyuva al suicidio. Los marcos protectores, amigos, familiares, escuela, centros religiosos, son cada vez más frágiles, más líquidos, Zigmunt Bauman, dixit.

La mala dinámica familiar, la competitividad cada vez más desalmada, la ausencia de una casa/Estado en países pobres, los problemas financieros, violencia doméstica, abuso sexual, el acceso al consumo de drogas, cada vez más asequibles y más baratas, la falta de oportunidades, la estigmatización y el consumismo como exigencia para ser y estar, son cara de los tiempos modernos y algunas de las razones por las cuales los jóvenes optan por el suicidio.

Con frecuencia he repetido que el suicidio de un hijo es un dolor insoportable, el mayor de los dolores. Con el tiempo comprendo que “vivir” con un desaparecido, conlleva el dolor de la incertidumbre y el martirio de la esperanza. Ambos escenarios son terribles, para muchos, insuperables.

Prevenir el suicidio es uno de los retos de la OMS. El reto es inmenso: si no se cuenta con un entramado social, familiar y estatal protector, poco puede hacerse. Como apunté, en los últimos 45 años la tasa de suicidio ha aumentado un 60% a nivel mundial. Hace años la frecuencia de suicidios era mayor en adultos de edad avanzada, ahora, de acuerdo a la OMS, la tasa entre los jóvenes ha ido en aumento hasta el punto de que ahora estos son el grupo de mayor riesgo en un tercio de los países, tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en desarrollo.

¿Qué ha sucedido? El saber, la ciencia y la tecnología crecen día a día. Esos logros, inmensos, se contraponen con la soledad y la desesperanza de la sociedad.

En La Roca (1934), T.S. Eliot escribió,

Invenciones sin fin, experimentos sin fin, nos hacen conocer el movimiento pero no la quietud de la palabra, pero no el silencio, de las palabras, de la Palabra.

Y añadía:

¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Y dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?

Virchow y Eliot han muerto. Sus saberes viven.

 

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