Comparto un capítulo de un libro de próxima aparición, intitulado Bien Morir. El difícil camino.

Dignidad. Unas notas.

Dignidad es un término complejo. Eutanasia es una de las acciones que más se  asocian y motivan la reflexión sobre el concepto dignidad. Las definiciones de los diccionarios no ayudan. Las de la Real Academia Española, cuando se trata de valores y seres humanos, poco sirven. En el Diccionario de la lengua española enumeran ocho conceptos. Copio tres: 1. Calidad de digno. 2. Excelencia, realce. 3. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Las restantes poco o nada ilustran. En La Fundamentación de la metafísica de las costumbres, II, Kant escribe, “En el reino de los fines, todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, tiene dignidad”. Renglones adelante, continúa Kant, “…la humanidad misma es una dignidad: el hombre no puede ser utilizado por ningún hombre simplemente como medio, sino que debe ser tratado siempre, al mismo tiempo, como fin, y es en eso lo que consiste su dignidad”. En síntesis, la dignidad carece de precio, los humanos no pueden ser utilizados por sus pares y los marcos de la propia dignidad las define cada ser humano de acuerdo a sus principios y valores.

Dignidad, en medicina, y sobre todo hacia el final de la vida, es tema complejo. Son varios los motivos. El fundamental es la mirada que cada ser humano tiene acerca de su vida, de su amor propio, y de los medios y formas gracias a los cuales “vive su existencia” y confronta sus problemas. Otros factores provienen de las modificaciones asociadas al envejecimiento. La dignidad de un joven no corresponde a la de un viejo; el primero, cuando la situación social lo permite, finca sus esfuerzos en conseguir los medios para instalarse y mejorar su vida, su entorno. Los ancianos buscan acomodar las pérdidas propias de la edad a la realidad y se esmeran en contar con suficiente dinero para sortear sus problemas de salud y manutención para no depender de otros.

Economía y dignidad se entrecruzan. Para los pobres subsistir es el reto; resolver los avatares cotidianos —comer, medicamentos, agua en casa—, es lucha sin fin, amarga, cruda. En esa lid, la dignidad tiene otras lecturas, todas supeditadas a la supervivencia. Tristemente Brecht tiene razón, “Primero comer, después la moral”. Las personas adineradas tienen más oportunidades de construir su dignidad y de ocuparse, o no, de la dignidad de los otros; su situación económica les permite reflexionar en eutanasia; en cambio, los pobres, ni remotamente cavilan en bien morir: carecen de dinero para atenderse por largo tiempo o permanecer en unidades de terapia intensiva ad libitum, y, de hecho, lo escribo sin ambages, son víctimas de “eutanasia social”: morir en la calle, dejar recién nacidos en la vía pública, morir por inanición, morir por auto producirse un aborto son ejemplos prístinos de “eutanasia social”. Incluir la palabra eutanasia en el lenguaje debería ser uno de los indicadores, amén de los conceptos clásicos, para dividir a la población en ricos y pobres. En el lenguaje de las clases pobres, eutanasia no tiene cabida: no hay ni tiempo ni dinero para considerar el acto.

Es cierto, pero no vigente —nunca lo ha sido—, el siguiente precepto del artículo 1 del Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948): “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…”. La idea, sobre todo en países expoliados, México como ejemplo, es inadecuada e incluso grosera: derechos y dignidad  están determinados por las condiciones socioeconómicas de los progenitores y por las garantías y protección por parte del Estado.  Cuando pienso en eutanasia, regreso, siempre, a los principios de  dignidad y derechos humanos.

Eutanasia y dignidad constituyen un binomio inseparable. Solicitarla, y llevarla a cabo, es la decisión más compleja para cualquier ser humano. Quien pide morir enaltece dos valores fundamentales: autonomía y libertad. La autonomía es uno de los principios  de la ética médica laica. La dignidad humana, como lo expresa Kant, es una cuestión ética cuyas fuentes, se concatenan con la autonomía.

Reescribo mis ideas con otras palabras. Cuando la vida se agota y la muerte se prolonga, es necesario repasar la vida, hacer un alto, sumar y restar. Si la irreversibilidad de la enfermedad sepulta dignidad y autonomía,  morir, cobijado por seres queridos y por médicos amigos, es una opción válida y necesaria cuando las inclinaciones religiosas no son las que predominan. Aquel que ejerce su autonomía y precipita su final, acompañado y asesorado, enaltece su dignidad y sus valores. Quienes interrumpen el largo proceso de algunas muertes contemporáneas debido al poder de la biotecnología, y/o por la tozudez médica —encarnizamiento terapéutico—, se despiden mejor, como seres humanos íntegros, cobijados por principios como dignidad, libertad y autonomía.

La vida es un derecho, no una obligación. Decidir la propia muerte es el culmen de una existencia digna: “

  • No paro de morir…”.
  • Sólo soy pedazos…”.
  • La muerte es mía, de nadie más. Me pertenece…”.
  • Soy una viuda de la vida…”.
  • No hay cómo suturar mis heridas. La muerte me aguarda…”,

son palabras de enfermos cuya vida no era vida y cuya dignidad, cobijada por su autonomía, los condujo, acompañados, al final.


El tercer jueves de cada mes, a las 16:00 horas, en la Facultad de Medicina de la UNAM, sesiona el Seminario Permanente de Bioética. Quedan cordialmente invitados. Entrada libre.

 

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