Desconozco cuándo se empezaron a escribir diarios. Debe ser una práctica vieja. Tomaron forma, pienso,  cuando lápiz y papel estuvieron disponibles. Antes, los diarios se trazaban en la mente.

La necesidad de auto radiografiarse es innata al ser humano. Las notas guardadas en la memoria o escritas en el papel son una especie de diván. Un diván sui generis: quien se acuesta es el mismo que escribe. No hay otro, no hay dobles. Quien habla se escucha. El alter ego es el mismo yo.

El blog-diván es un espacio donde dialogan el mundo interno y el externo. En esa simbiosis la persona encuentra, se encuentra, habla, escucha.  Diario y diván retratan y disecan. Retratan el alma, disecan la vida, propia y ajena. El mundo de uno se nutre del mundo de todos.

La bitácora digital es un diario moderno. Sus páginas, virtuales para algunos, indispensables para otros, son un reto. Compartir  miradas, inquietudes, opiniones e ideas, siembra. En ese espacio,  certezas y dudas se aparean. En sus páginas se construye, se borra; se aprecia  el conocimiento y se alaba la duda. Compartir y disentir es la apuesta.

 

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