En el blog anterior preguntaba, “desde la ética, ¿es lo mismo retirar tratamientos médicos que no iniciarlos?”. Ese inmenso brete tiene múltiples respuestas, respuestas que generan nuevas preguntas. La dificultad para responder “sí”, o “no”, es uno de los grandes atractivos de la ética médica. Esa complejidad se entiende si se asume que frente a la enfermedad los seres humanos responden de manera distinta, de acuerdo a su bagaje, al momento que viven y a sus expectativas futuras.

A las diferencias normales entre una y otra persona, hay que agregar las percepciones y conductas también distintas entre  galenos. Ejemplos frecuentes son aborto y eutanasia. Unos lo rechazan sin importar las razones de los implicados, otros colaboran cuando los motivos lo justifican. El reto, complejo, radica en individualizar cada caso. Repasar los significados de futilidad ayuda a entender cuestiones complejas como la pregunta expuesta en el primer párrafo y en el blog previo, “desde la ética, ¿es lo mismo retirar tratamientos médicos que no iniciarlos?”.

enfermedad

Futilidad proviene del griego futilis, que significa agrietado, permeable, agujerado.  Los médicos griegos, dotados de filosofía y cobijados por la idea de la futilidad, consideraban que cada paciente debía ser abordado de forma diferente. El galeno griego detectaba síntomas y signos que permitían distinguir las enfermedades curables de las incurables. Las curables se atribuían al azar (tuche) y se pensaba que la intervención de los doctores podría modificar su curso.  Las incurables se relacionaban con los “males absolutos”, con la suerte o el destino (ananke);  a diferencia de las previas, la evolución de éstas  no podría modificarse a pesar de la participación de los facultativos. Parte de la sabiduría griega radicaba, y radica, en que el médico prudente no tenía la obligación de tratar patologías incurables.

En la medicina contemporánea, las ofertas de la tecnología médica hacen indispensable entender la “filosofía de la futilidad”. Diferenciar cuando vale la pena llevar a cabo un tratamiento y cuando no conduce a nada, reconocer cuando la terapéutica modificará el estado del enfermo y cuando será inútil es la esencia de la futilidad. Pensar en los límites de la medicina y de la vida, arropados por la futilidad, impide prolongar sufrimientos innecesarios.

El tratamiento médico fútil, esto es, la imposibilidad  para alcanzar las metas terapéuticas, puede entenderse de varias formas. Destaco tres tipos de tratamientos fútiles: 1) Incapacidad para prolongar  “vidas dignas”. 2) Imposibilidad de restaurar la autonomía del enfermo. 3) Prolongar la vida a costa de sufrimientos innecesarios (físicos, morales e incluso económicos).

La medicina no es una ciencia exacta. Los doctores  a menudo no coinciden entre sí o con sus pacientes en cuanto a los objetivos del tratamiento. Iniciar o no tratamientos, y cuándo retirarlos, es una decisión compleja. Es más fácil decidir cuando el paciente y sus familiares saben lo que quieren, y cuando el médico acompaña al enfermo y lo invita a resolver en conjunto qué es lo más prudente.

Responder en medicina “sí”, o “no”, exige saber los deseos del enfermo, lo que se puede lograr y lo que más conviene. La futilidad ayuda a dilucidar esas interrogantes.


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Adenda: A los lectores que no tengan nada mejor que hacer, los invito, el uno de septiembre, a las 19:30, a la presentación de mi libro, Recordar a los difuntos (Sexto Piso). Participarán Ofelia Medina, Guillermo Fadanelli y Luigi Amara. La cita es en la librería Rosario Castellanos (Tamaulipas 202, esquina Benjamin Hill, Condesa).

 

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