En agosto 2015 la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), aprobó la primera píldora diseñada para tratar la disminución de la libido femenina. A la alteración se le denomina Trastorno del deseo sexual hipoactivo (TDSH). El TDSH se manifiesta antes de la menopausia. Con sorna se la ha llamado el Viagra femenino y la píldora rosa (el Viagra es azul). Sin sorna, muchos médicos discuten si existe o no el TDSH, y otros, conocedores de la fibanserina,  critican la decisión de la agencia estadounidense y aseguran que cedió a la presión de la farmacéutica Sprout, dueña de Addyl, nombre comercial de la fibanserina.

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En agosto 30 escribí sobre el tema en El Universal. Regreso, no para calificar el valor de la fibanserina, lo hago para compartir una de tantas obsesiones: “la invención de enfermedades”, “la promoción de enfermedades”, o “la venta de enfermedades” (del inglés Disease Mongering).

Estudiosas del tema como Lynn Payer, periodista especializada en temas médicos y Leonore Tiefer doctora en psicología y estudiosa de tópicos vinculados con sexología,  se han ocupado del asunto: la primera de “la promoción  enfermedades”, y la segunda de las controversias respecto a la disfunción sexual femenina. Payer fue quien utilizó por primera vez el término Disease Mongering (1992). Concepto  afín es Malicia sanitaria: “Actividades preventivas, diagnósticas, terapéuticas o de rehabilitación de dudosa utilidad para el individuo o la sociedad, pero que benefician a quienes las promueven o promocionan”.

En más de una ocasión he escrito acerca del lucrativo negocio de la salud. Al promover enfermedades, consciente, o inconscientemente,  médicos, laboratorios, hospitales y compañías farmacéuticas urden un tejido apropiado donde el único que pierde es el enfermo. Promover enfermedades requiere primero ampliar el campo de ellas. Basta sentarse frente a la televisión, la estadounidense a la cabeza, para asumirse enfermo. Menopausia, calvicie,  timidez e incluso embarazo, dejan de ser procesos normales. Medicalizar esos procesos es el primer paso. Medicalizar, “dar carácter médico  a algo -medicalización del parto-, es una palabra recién aceptada por la Real Academia Española.

Una vez que se identifican procesos medicalizables los interesados siguen estrategias, como si fuese una guerra, para captar el mayor número de candidatos. La trama es clara. Promover enfermedades requiere campañas publicitarias onerosas e inteligentes. El precio final de las medicinas es elevado no sólo por el inmenso esfuerzo que conlleva descubrir y aprobar una molécula, sino por el elevado costo de la propaganda; el costo  del medicamento incluye el treinta por ciento erogado en su promoción. De ahí la necesidad de vender más y ampliar la brecha de enfermedades. El manual no escrito de la promoción de enfermedades incluye enfermar a la persona sana por medio de estrategias bien diseñadas.

Los postulados sobre la promoción de enfermedades de Lynn Payer siguen vigentes:

1. Redefinir y aumentar la prevalencia de las enfermedades. Se afirma que el 30% de la población sufre de eyaculación precoz y que 43% de la población femenina padece disfunción sexual.

2. Convertir problemas sencillos en enfermedades. Ejemplo: trasformar el dolor abdominal en síndrome de colon irritable.

3. Hacer de riesgos, enfermedades. Osteoporosis como ejemplo.

4. Incrementar la atención de la población sobre problemas comunes —déficit de atención “no complicado”— y convertirlo en enfermedad.

5. Transformar problemas sociales y personales en enfermedades que requieren tratamiento. Buen ejemplo es hacer de la timidez fobia social.

El tiempo y las usuarias dirán qué sucede con la fibanserina. Quienes consideran que es ineficaz, yo entre ellos, sugieren hurgar más a fondo en el origen de la falta de deseo. Pienso que el destino del Addyl será similar al de Priligy, medicamento diseñado para tratar la eyaculación precoz: no sirve. Mientras tanto, no pienso, estoy seguro, a partir de octubre, fecha en la cual se pondrá a la venta el Addyl, la farmacéutica, y los médicos que la prescriban, obtendrán beneficios.

Dependiendo de lo que suceda en la cama de la pareja,  en los divanes de los psicoanalistas, y en las tasas de divorcio, sabremos si Addyl sirve o no.

 

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