La justicia siempre ha sido un tema vigente. Vigente y enorme. Se escucha y se lee acerca de ella en diversos medios. Los periódicos siempre me han acompañado. Los leo a diario y con frecuencia los comento con amigos. En la prensa, justicia e injusticia son temas cotidianos. No importa el contexto: ahí está.

No comprendo el placer, la necesidad o la pasión de los cazadores. Me es imposible, por ejemplo, explicar a un niño o a un joven la infame foto del penúltimo rey de España al lado del elefante recién cazado. Orgulloso, el reyecito, posa hincado frente a su víctima. La foto debería colgar, pero no cuelga, arriba de las camas de las infantas, sus nietas.

Ilustración: Estelí Meza

Aclaro, para evitar cualquier sesgo, mi absoluta desafección por quienes matan animales inocentes, en su hábitat, en ocasiones con crías.

Hace tiempo la prensa informó que un cazador, en Estados Unidos, al acercarse al ciervo a quien había disparado minutos antes para verificar si lo había asesinado, murió mientras era trasladado al hospital debido a las heridas que éste le causó. Días después del suceso se ignora el paradero y el estado de salud del ciervo.

El cazador murió. Del ciervo nada se sabe. La justicia tiene demasiadas caras, unas claras —sabemos el nombre del cazador, su edad, y su sitio de residencia— y otras oscuras y turbias, ¿no hubiese sido “justo” disponer de todos los medios posibles para atender al ciervo?

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

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