Dos amigos han tenido la fortuna de pasar buena parte de los últimos años en sus casas. Uno se dedica a escribir, otro a pintar. Sus estudios son prolongaciones de su cuerpo, de su vida, de sus días. Ceniceros, figuras de cerámica, lápices, pergaminos, reproducciones de cuadros, abrecartas, conchas, pisapapeles, portalápices, telares, libretas y un sinfín de objetos, todos dotados del amor propio del tiempo viejo tapizan las paredes y el escritorio de sus estudios.

Ilustración: Izak Peón

Los objetos son parte del esqueleto de mis amigos. Platicar con ellos sobre sus cosas es un placer. Reconstruir fragmentos y momentos de la existencia a través de cosas y artefactos, como le sucede a mis conocidos, humaniza. Podría parecer exagerado decir humaniza. Para mí no lo es. Traduce sensibilidad y sencillez. Pensar la vida a partir de lo simple, transformar lo efímero en permanente y lo trivial en trascendente es un don. Quien lo posee y contagia, explica, desde otro lugar, algunos párrafos de la vida.

Poco a poco mis amigos se parecen cada vez más a sus cosas, o será que debido a otro poco a poco distinto, yo los observo a partir de mis propios objetos. ¿Mimetismo?, ¿coincidencia?, ¿fortuna? De todo un poco.

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

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