Nadie puede asegurar que tras la muerte todo ha finalizado. Los religiosos tienen suerte: hablan acerca del más allá como si hubiesen recibido información verbal por medio de un médium, una aparición, un sueño o algún  tipo de revelación. Para los ateos, tras el final todo acaba. Menudo brete: ¿Y si en serio acaba todo?, ¿y si no todo termina? Da miedo…

Ilustración: Patricio Betteo

Mientras manejaba por Ciudad de México leí en la pared de una funeraria: “La mejor funeraria de México está aquí”. Intenté estacionarme. Fue imposible. Marqué por teléfono, nadie contestó. Me interesaba hablar con los responsables de la exhortación.

Al día siguiente quise regresar. No pude llegar. Una manifestación de estudiantes cerró la circulación. Marqué desde mi celular. Una grabadora repetía un eslogan similar: “La mejor funeraria de México es la nuestra”.

Me quedé con ganas de saber más. Tenía intenciones, llegado el momento, de volverme su cliente. Pensé: los dueños de la funeraria saben “algo más”. Amén de sus servicios, pensé de nuevo, quizás cuenten con otro tipo de datos sobre lo que sucede tras la muerte.

No he ido de nuevo por falta de tiempo, y, no lo niego, por temor. Siguen sin contestar y yo continúo desglosando la aseveración de los enterradores. A los ateos nos urge saber los significados íntimos de su invitación. Hoy en día, cuando  los muertos del mundo por violencia casi igualan a quienes fenecen por edad o enfermedad  bien valdría la pena acercarse con los dueños de la funeraria, adelantarse a un posible asesinato y reservar un lugar. “Por si las moscas”, recomienda la sabiduría popular. “Por si las moscas”, hablaré tras el punto final.

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

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