Ignoro, tampoco es indispensable saberlo, cuándo empieza a ejercerse la autocrítica, ¿en la infancia?, ¿durante la juventud? En el mismo sentido —el de ignorar—, tampoco sé, y no es crucial para este breve texto saber, si ese ejercicio se lleva a cabo con la misma frecuencia y tenacidad entre los grupos adinerados y pobres. Inquietud similar sería conocer si los animales la llevan a cabo y cómo lo hacen. Supongo, tampoco he leído estudios al respecto, si existe una relación paralela entre quienes poseen “estudios superiores” y los que no tuvieron la oportunidad de acceder a la Universidad.

Ahora no supongo, afirmo: la autocrítica debería ser materia personal. Saber quién es uno, conocer las fortalezas y las debilidades propias, comprender aciertos y reconocer pifias, entender los significados de los límites personales y no ejercer acciones cuando no se cuente con los elementos suficientes para cumplirlas son algunas de las bases de la autocrítica. Si se llevasen a cabo, individuo y sociedad se fortalecen.

Ilustración: Ros

Escribí: “la autocrítica debería ser materia personal”. Si dicha actividad se cumpliese la comunidad mejoraría: habría menos yerros individuales y quienes la ejerciesen tendrían autoridad —ética para recriminar a quienes, por contumacia, ignorancia o comodidad los repitiesen.

Óptimo sería que existiese una materia familiar, escolar, social y amistosa dedicada a fomentar la autocrítica. La sociedad no curaría, absurdo pensarlo, pero, quizás, habría menos atropellos, menos arbitrariedades, menos estupideces, menos desaciertos y muchos otros menos, todos negativos. Soñar, dicen, es gratuito.

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

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