Empezar es más fácil que terminar. Idea casi siempre veraz. Relaciones amistosas o amorosas, estudios universitarios, artículos periodísticos, novelas, maratones, edificios y un sinfín de quehaceres dan cuenta de esa idea. El caso del amor y su contraparte es sui géneris. No hay estudios dedicados a evaluar si quienes se enamoran y desenamoran más en comparación con sus congéneres viven mejor o peor y más o menos tiempo. Me decanto por la primera opción: sufrir construye y perder edifica. Ambas experiencias sensibilizan y a la larga fortalecen. El dolor suele ser maestro. Se le teme con razón. Cuando desaparece o se controla la mirada observa rescoldos otrora escondidos.

Ilustración: Sergio Bordón

En 2010 se inauguró en Zagreb, Croacia, el Museo de las Relaciones Rotas. En él se pueden observar no sólo objetos de amistades o idilios fracasados, sino cosas pertenecientes a la vida de alguien que marcha lejos o pasa a otra etapa de su vida o incluso, fallece. Los fundadores del Museo son dos artistas que tuvieron una relación amorosa de cuatro años. Al terminar el vínculo se acercaron a amigos y familiares para solicitar les   donasen  algunos  objetos de sus relaciones amorosas. Los artículos exhibidos provienen de donaciones. Los fundadores sostienen que donar alivia. Deben tener razón: donar es un acto empático, solidario, amistoso. Primo lejano del altruismo y de la filantropía, donar, enaltece.

Hacer del desamor un acto menos doloroso es posible. Quizás por eso el Museo ha contagiado otras ciudades. En Los Ángeles y en Ciudad de México se han fundado museos similares. Tenis viejos, portarretratos vacíos, ropa interior, un ramo de rosas hecho con papel periódico, galletas de jengibre, un hacha, libros viejos, diarios maltratados…, y así, infinidad de enseres… así la vida, así la nostalgia.

Las paredes del museo destilan melancolía. La nostalgia duele y cura. La raíz etimológica de nostalgia conlleva dolor y regreso. Los objetos del Museo resumen fragmentos de la vida, evocan dolor y abren puertas: regresar es posible.  Mirar el dolor propio a través del ajeno es una propuesta no escrita del Museo. Recorrerlo no cura, pero acompaña y aminora la tristeza.  

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

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