En México hay un abismo inmenso entre la epidemia viral por el Covid-19 y la percepción del presidente Andrés Manuel López Obrador. La devastadora capacidad mortífera del virus, su imparable diseminación, la cruda experiencia acumulada en China, España e Italia aunada a la falta de medicamentos para curar y de vacunas para prevenir la infección son pilares fundamentales para entender, actuar y con suerte disminuir su letalidad. Entre las actitudes de los países afectados y la postura del Presidente de México y sus consejeros, las distancias son abismales. Mientras que China, Europa, Australia, Israel, Colombia, Argentina y un largo etcétera han optado por medidas cuasidesesperadas, en México, al menos hasta hoy, AMLO y los responsables de la salud han confrontado el problema desde una perspectiva distinta. Si al Presidente no lo corrigen sus asesores es dable concluir que concuerdan con él.

La altísima popularidad del mandatario y la fe incondicional de sus seguidores los convierten, a él y a su equipo, en responsables, no de la fatalidad de la viremia, pero sí de la posibilidad de disminuirla. Independientemente de las horas acumuladas en las mañaneras, nunca en México un presidente había sido tan escuchado con tanta atención y con tanta esperanza. Esos atributos multiplican la obligación del mandatario y sus asociados. Las palabras pesan.

Ilustración: Víctor Solís

Las palabras siempre significan. Cuando proceden de un líder amado pesan más y adquieren dimensiones inalcanzables —e inexplicables— cuando encuentran apoyo en la voz de Hugo López-Gatell, Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, quien afirmó que “sería bueno que el presidente Andrés Manuel López Obrador padeciera coronavirus Covid-19”, pues, aseguró, “se recuperaría y quedaría inmune a la enfermedad”. Agregó “…aunque pase los 60 años no es un caso de ‘especial riesgo´, pues la fuerza del Presidente es moral, no es una fuerza de contagio”.

A lo largo de la epidemia AMLO ha pronunciado varias ideas sobre ella en presencia de las máximas autoridades expertas en salud. Sus argumentos son una suerte de oráculo y guía para las decenas de millones que aprueban sus acciones. Dichas ideas, ante el silencio de sus asesores, ya sea por omisión o comisión, forman parte de la historia de nuestras pandemias, la viral y la de desinformación. 

El 29 de febrero, dos meses después del inicio de la pandemia, días después del primer caso confirmado en México, AMLO afirmó que no había motivo de alarma porque el coronavirus “ni siquiera es equivalente a la influenza”.

Entre el 13 y el 15 de marzo, en la Costa Chica del estado de Guerrero, AMLO, a pesar del incremento en el número de casos continuó repartiendo besos y abrazos. “Lo del coronavirus y eso de que uno no se puede abrazar… hay que abrazarse, no pasa nada”.

El 19 de marzo AMLO aseveró que su escudo protector contra el coronavirus es la honestidad y el no permitir la corrupción, así como sus amuletos y ciertas oraciones, “Detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo…”; añadió, “tengo otras cosas porque no solo es catolicismo, es la legión evangélica y libres pensadores que me dan de todo”.

Las palabras pesan. Trascienden. Orientan y desorientan. Guían y confunden. Ofuscan y alumbran. El lenguaje nunca es gratuito. Menos en situaciones críticas. Menos cuando provienen de jefes de Estado y asociados. En el Arco y la lira, Octavio Paz apostilla: “La palabra es el hombre mismo. Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad, o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad… lo primero que hace el hombre frente a una realidad desconocida es nombrarla, bautizarla”.

Las palabras del Presidente mexicano son cruciales. Ante las ideas lopezobradoristas la complicidad de los expertos en salud es inentendible. Mal informar, no informar y desinformar sobre la epidemia presagia malos tiempos. No se trata de “otros datos”, se trata de la realidad.

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

Compartir