Mientras leo La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich, último Premio Nobel de Literatura, repaso, distraídamente, sin razones claras, el panorama actual de la eutanasia; así me sucede con frecuencia: trabajo en “algo” y pienso en “otro algo”. El libro conjunta la voz femenina de la autora con las de las mujeres entrevistadas. Leo sus opiniones y salto del papel de las mujeres en las guerras a la situación actual de la eutanasia. A partir de la lectura de la Nobel aventuro una hipótesis sobre la eutanasia. Dudé en hacerlo. Conforme me empapé de las voces femeninas incrustadas en La guerra no tiene rostro de mujer, la autora me convenció; al contar sus peripecias con las mujeres que entrevistaba para el libro, escribe, “Las tengo delante, y a muchas de ellas las veo escuchando su alma. Escuchan el sonido de su alma”. Quien escucha su alma, cuida, es empática y compasiva.

eutanasia

La ética del cuidado —hablé del tema en otro blog—, es primordialmente femenina. Las mujeres se decantan por la ética del cuidado, mientras que en los hombres prevalece la ética de los derechos y de las obligaciones. La psicóloga Carol Gilligan habla de “la voz del cuidado” y concluye que esa voz fortalece la empatía y el sentido de responsabilidad. La ética del cuidado se centra en la responsabilidad hacia otras personas y procura prevenir cualquier tipo de daño. El sexo femenino, más que el masculino, sabe cuidar y ocuparse de otros. La compasión, a su vez, se asocia con la ética del cuidado. Las personas compasivas, virtud femenina, tienden a ser más sensibles, se preocupan por la beneficencia, buscan aliviar las desgracias de otros, son misericordiosas, y procuran atenuar el sufrimiento.

Los hombres privilegian la ética de los derechos y de la justicia y se interesan por resolver conflictos. Son menos dados a cuidar, menos compasivos y poco se ocupan y comparten el sufrimiento de otros.

El libro de Alexiévich rezuma cuidado y compasión. Dentro de una miríada, entresaco tres ideas: “La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras”. Renglones adelante, cuando habla de las mujeres, escribe, “Sabemos sufrir y contar nuestros sufrimientos… Para nosotras, el dolor es un arte. He de reconocer que las mujeres se enfrentan a este camino con valor”. En otro apartado sustenta, “…la visión del ser humano es imposible sin la noción de la muerte. Que el misterio de la muerte está por encima de todo”.

En La guerra no tiene rostro de mujer, Alexiévich les da la palabra a mujeres que pelearon en alguna contienda. Las hace presentes y nos ofrece una mirada de la guerra a partir de la Voz femenina. La mayoría de los textos sobre los conflictos armados están escritos por hombres; las conflagraciones se narran y se explican a partir de la experiencia masculina. Lo mismo sucede con la eutanasia y el suicidio asistido: prevalece la voz y la experiencia masculina.

¿Podría ser diferente la situación actual de la eutanasia en el mundo si fuesen mujeres quienes tomasen las riendas del asunto? No huelga recordar que sólo cuatro países permiten eutanasia activa —Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Colombia— y que sólo en Estados Unidos y Suiza se permite el suicidio asistido; este año se autorizará la eutanasia activa en Canadá.

Mi lectura emocionada de Alexiévich, y mis distracciones no intencionales, pero también emocionadas sobre el binomio eutanasia y voces femeninas, motivaron la siguiente hipótesis: ya que la muerte, la infancia, la vejez y la tumba, al igual que la eutanasia son femeninas, ¿cambiaría la situación mundial de la eutanasia si fuesen mujeres las que tomasen las riendas? Seguramente sí. Las mujeres, a diferencia de los hombres, se ocupan mejor de los otros, son más compasivas, son más empáticas, comprenden mejor el dolor y el sufrimiento y ejercen con maestría la ética del cuidado.

Refuerzo mi hipótesis apoyándome en Svetlana Alexiévich y en Muhammad Yunus, Premio Nobel de la Paz (2006), quien incentivó el desarrollo económico y social gracias a microcréditos. Yunus, con razón, sólo otorgaba préstamos a mujeres.   

 

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