Me fascina la ciencia médica. Me asusta la ciencia médica. Fascina por lo que ofrece. Asusta por lo que puede suceder si se aplica inadecuadamente o si los experimentos rebasan linderos éticos. La línea divisoria entre una y otra no siempre es nítida. Después de los tristemente célebres experimentos en humanos practicados por los alemanes nazis, se instalaron, en hospitales, comités de ética médica. Los comités son instancias ad hoc, cuya función, entre otras, consiste en supervisar la marcha de los experimentos, sancionar los no permitidos e impedir maltrato a los sujetos de estudio, sean animales u hombres.

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Los comités hospitalarios o universitarios encargados de ética médica no siempre funcionan: innumerables ejemplos, algunos viejos, otros recientes, de violaciones a los derechos humanos han sido documentados a pesar de los comités. Admiro a algunos científicos y no desprecio a la ciencia, aunque siempre me gusta leer entre líneas. La aplico, vivo con ella y en algunas facetas, gracias a ella. No la desprecio pero no confío en el ser humano. Se necesita ser ingenuo para confiar en nuestra especie. Basta mirar el mundo. Los científicos no son mejores personas que el resto de la población: son humanos y tropiezan, y, en ocasiones, actúan sin ética.

En enero de 2016, la Autoridad en Embriología y Fertilidad Humana del Reino Unido aprobó usar la técnica denominada CRISPR para llevar a cabo la modificación genética de embriones humanos. Inmenso salto cobijado por el prestigioso Instituto Francis Crick de Londres. La técnica CRISPR (acrónimo de Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats) permite cortar y pegar fragmentos del Ácido Desoxirribonucleico. Editar el ADN permite realizar cambios precisos y reescribir el código genético. Por medio de la edición es posible sustituir, extraer e identificar material genético defectuoso. La sustitución de aminoácidos enfermos podría prevenir o curar enfermedades. Inmenso logro de la ingeniería genética.

En la primera fase, los investigadores pretenden identificar cuales son los genes determinantes para que el óvulo fecundado se desarrolle adecuadamente. Esa técnica podría evitar abortos espontáneos y mejorar las técnicas de fecundación. La suma de esos y otros factores permitiría entender y modificar el desarrollo embrionario. A partir de esos experimentos surgen otras posibilidades. Es ahí donde las preguntas y donde la ética deben prevalecer sobre la ciencia.

“Editar” el material genético –suplir genes defectuosos con fines terapéuticos- no conlleva dilemas éticos: la finalidad es beneficiar a los embriones enfermos y por extensión, a los padres. Sin embargo, y aquí radica el problema, al alterar el material genético del embrión, la herencia genética podría también modificarse. El temor de los eticistas es comprensible: la distancia entre alterar el ADN con fines terapéuticos y el hambre científica para aplicar la técnica con el fin de cambiar parámetros físicos puede ser pequeña. Tan pequeña o tan grande como los científicos y los eticistas lo permitan.

A nadie le gustaría revivir la idea, no muerta, de la eugenesia.

 

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