He dedicado los dos blogs previos a la edición genética. He señalado la maravilla de diagnosticar y corregir en el embrión enfermedades genéticas, muchas mortales, otras asociadas a inmensos sufrimientos físicos y mentales, tanto del afectado como de sus familiares. A la vez, he reflexionado sobre el uso inadecuado de la edición genética del ácido desoxirribonucleico por compañías privadas o científicos carentes de ética. La eticista Francoise Baylis, profesora en la Universidad de Dalhousie, Canadá, considera que la eugenesia será inevitable por lo que sugiere que los científicos deberán considerar cómo regular las clínicas dedicadas a modificar la genética embrionaria. Y agrego: vigilar las acciones de las clínicas privadas será imperativo.

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“Yo pienso”, señala Baylis, “que el problema radica en el uso de la tecnología… El martillo puede ser el arma asesina, o puede ser el mallete que utilizan los jueces”. Y añade, “Las personas hablan de una nueva eugenesia, un tipo diferente de eugenesia. Los padres buscan mejorar a sus hijos por medio de todo tipo de intervenciones sociales. De modo que si se ofertan tecnologías genéticas para incrementar el potencial de los hijos, los padres la buscarán y pagarán por su aplicación”. Concuerdo con Baylis.

La eugenesia no es un tema de las enciclopedias. Basta mirar lo que sucede en muchas naciones europeas, Polonia como ejemplo. En 1883, Francis Galton acuñó el término eugenics, proveniente del griego, que significa, “bien y engendramiento”. Para Galton, primo de Charles Darwin, eugenesia es “la ciencia dedicada a mejorar la composición genética de nuestra especie, no sólo favoreciendo los apareamientos juiciosos, sino con cualquier otra medida que propicie el predominio de las mejores características humanas sobre las otras”. Galton estaba seguro de que la comunidad será más pura si se alentase la reproducción de las familias con “buenas características” –eugenesia positiva- y se limitase la de las familias con “características desfavorables” –eugenesia negativa.

El racismo de cualquier índole, el viejo, el actual, favorece la eugenesia. Las políticas nazis aplicaron políticas sociales para mejorar la raza aria por medio de la eugenesia. En la Alemania nazi se llevó a cabo el Programa Lebensborn de apareamientos entre miembros de la Gestapo y mujeres dignas de la “raza aria” con tal de cuidar la “pureza de su prole”. El mundo sabe, y no sabe, o no quiere saber, lo que sucedió después de la Alemania nazi: Darfur, Ruanda, Srebrenica, entre otros, son genocidios post nazis. Me repito: el mundo sabe y no sabe.

Francis Galton murió en 1911. Su muerte vieja no significa muerte absoluta. Los genocidios antes señalados lo comprueban. Quienes tienen Poder, y viven bien y gracias a él, buscan, siempre, incrementarlo. Mejores rasgos físicos abren más puertas. Menores posibilidades de enfermar, de portar genes enfermos o de morir a edades tempranas ofrece más oportunidades. Si se puede, si se cuenta con dinero, si existen clínicas privadas desapegadas de códigos éticos, ¿por qué no solicitarle a los científicos capaces de editar genes y que trabajan en clínicas privadas, aplicar sus técnicas para mejoren la estirpe?

Galton ha muerto. Ha muerto, pero no del todo. El racismo y la xenofobia perviven y se han incrementado. Otros galtons, por ejemplo el diabólico Donald Trump, pueden usar inadecuadamente la ciencia —exagero, no importa—, y hacer de la edición genética un arma de dos filos: curar y prevenir enfermedades y/o ceñirse a los dictados del dinero para potenciar la especie. Donald Trump no es científico pero tiene poder y se ha convertido en una amenaza, no eugenésica, pero si racista: mexicanos, árabes y homosexuales son sus seres inferiores. Si se convierte en Presidente de los Estados Unidos, ¿promoverá la eugenesia negativa? Ni yo ni el lector lo sabemos. Pensemos que las puertas de una eugenesia ad hoc al siglo XXI están abiertas.

 

 

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