La privacidad, uno de los grandes bienes del ser humano, se encuentra amenazada. Hay un complot, no escrito, contra la privacidad. Este bien —la privacidad es un bien— no se otorga, no es un regalo del Estado, de la Iglesia, o de la sociedad. La privacidad es un bien natural, es un espacio inherente a la condición humana y es  un derecho humano. La intimidad le permite al individuo delimitar su mundo interno y definir lo que desea se conozca de él y lo que prefiere guardar para sí mismo o para sus seres cercanos.

privacidad

Abundan ejemplos burdos del “fin de la privacidad”. En febrero de 2016, la prensa informó que Kenneth Griffin, una de las figuras más poderosas en el mundo de las finanzas, acababa de convertirse en el protagonista de la operación de compra de arte más cara de la historia. El magante pagó 500 millones de dólares por dos cuadros, uno de Willem de Kooning y otro de Jackson Pollock. La fortuna de Griffin asciende a 7,400 millones de dólares. El monto de la compra es de interés para la historia del arte. Aunque ignoro si Griffin mismo publicita el monto de sus arcas, la condición económica del financiero vulnera su privacidad.

En medicina preservar la intimidad es fundamental. La confidencialidad —uno de los principios rectores de la ética médica— y la relación médico paciente guardan vínculos estrechos con la privacidad. El problema es inmenso y con el tiempo empeorará. La confidencialidad ha perdido terreno debido a los seguros médicos y a los empleadores, mientras que la relación entre enfermos y doctores casi ha desaparecido por la irrupción de la tecnología y por el desapego de los médicos hacia sus enfermos —en otra oportunidad escribiré acerca de la confidencialidad.

El artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas establece que el derecho a la vida privada es un derecho humano: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”.

Aunque las declaraciones —cada día nos atiborramos de más pronunciamientos— sirven de poco o de nada, peor sería el comportamiento de nuestra especie sin ellas. Vulnerar la privacidad de los enfermos es materia ética y de derechos humanos. Cuatro situaciones, cuatro motivos para reflexionar:

1. Se sabe que existen genes que predisponen para cáncer de mama o enfermedad de Alzheimer. Si esos datos se conocen o se exigen para solicitar un trabajo, ¿qué hará el patrón?

2. Los seguros médicos procuran, con tenacidad, conocer toda la información posible de los enfermos. Hurgar en la historia familiar y personal es correcto y válido. Lo que no es adecuado es aumentar primas o no extender seguros médicos por posibles patologías cuya reproducción en el asegurado muchas veces no sucede —la medicina no es una ciencia exacta.

3. En el campo jurisdiccional, ¿es ético validar argumentos legales contra personas supuestamente afectadas, no siempre fáciles de comprobar, por problemas mentales?

4. ¿Debe permitirse que las aseguradoras médicas revisen el historial de los enfermos internados? ¿Tienen derecho los seguros de enterarse de la vida íntima de un paciente? Un ejemplo:

Joven soltera hospitalizada por una infección pélvica. En el pasado, abortó en forma voluntaria. Los padres no lo saben. Le pide al joven médico que no lo anote en la historia clínica. El asesor del médico le dice que debe anotarlo. Los galenos del seguro se enteran y dictaminan que el aborto previo se vincula con la infección pélvica. Le informan a los padres que no pagarán la hospitalización. Los padres se enteran del aborto. La relación familiar entra en crisis.

La ética médica no es una ciencia exacta. Sirvan los ejemplos previos para reflexionar. Sirvan las situaciones expuestas, reales, no hipotéticas, para pensar en el fin de la privacidad. En este blog escribí acerca de privacidad, medicina y ética. Pensemos en lo que sucede actualmente en el mundo debido a  Facebook y sucedáneos.

 

 

Compartir