El Principio del doble efecto ofrece un entramado con dos posibles resultados, uno bueno y otro malo. Los seres humanos, consciente o inconscientemente, lo ejercemos innumerables veces. En medicina es crítico reflexionar en él: muchas decisiones serán más adecuadas si se cavila en su contenido. Acuñado por Santo Tomás de Aquino y elaborado posteriormente por los teólogos salamanquinos del siglo XVI el Principio del doble efecto contiene cuatro condiciones:

1. La acción debe ser buena, o al menos no mala.

2 .La intención del que actúa debe ser buena.

3. La acción debe ser en sí buena pues no sería correcto emprender un acto intrínsicamente malo (por ejemplo secuestrar) para lograr un buen fin (obtener dinero para curar a un familiar).

4. Lo bueno debe prevalecer. Las metas positivas deben ser mayores que los males acumulados como consecuencia de los actos.

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El Principio del doble efecto es útil y crudo: incontables actos de la vida diaria comprenden al unísono ambigüedades y problemas. En medicina, me gusta repetir, uno más uno no siempre es dos. Decidir entre una posibilidad y otra puede no ser sencillo. Procurar el máximo beneficio y el menor daño debe ser la meta. Comparto un ejemplo. ¿Qué debe hacerse cuando al separar quirúrgicamente siameses conducirá, casi seguro, a la muerte de uno de los dos a expensas de la supervivencia del otro? La pregunta previa supone que en caso de no actuar es factible que ambos mueran o vivan en condiciones deplorables por tiempo indeterminado.

Primera opción. Si se siguen las sugerencias de los cirujanos nada puede objetarse en relación a los tres primeros puntos, pero, si el siamés que se salvó queda con muchas deficiencias, ¿cómo lidiar con el cuarto postulado? Haber inducido la muerte del segundo parecería incorrecto ya que las metas positivas no fueron mayores que las negativas. En cambio, si el siamés que se salvó logra tener una vida independiente, aunque el segundo fallezca, entonces, la elección fue adecuada.

Segunda opción. Si no se siguen las sugerencias de los cirujanos es muy probable que ambos mueran.

“Primero no dañar” debe ser máxima médica y de las conductas humanas en general. Sin embargo, muchas acciones médicas conllevan, a la vez, beneficio y daño –la quimioterapia es buen ejemplo: su uso busca paliar o curar tumores malignos; no obstante, en ocasiones los enfermos fallecen como consecuencia indeseable de su uso. Lo mismo sucede en la cotidianeidad: ante un secuestro, durante el acto encaminado a liberar a los rehenes, algunos pueden perecer.

Médicos y enfermos deben pensar en el Principio del doble efecto. Decidir, tras sopesar las diversas soluciones es buena opción. Decidir y pensar en los beneficios posibles y en las consecuencias de la decisión –“el mal menor”- en forma conjunta enaltece la relación entre seres humanos y forma parte de la ética. En situaciones complejas tales como eutanasia o permitir que enfermos mentalmente discapacitados fallezcan sin someterlos a tratamientos fútiles, ética y mal menor son sinónimo.

 

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