En dos o tres ocasiones he utilizado este espacio para compartir algunos relatos breves. Los de hoy tratan sobre la condición humana. Mezclan ética, política, tecnología y religión.


Identidad

Samuel nació en Heart, una pequeña ciudad en el norte de Estados Unidos. De acuerdo a los últimos censos, la población se mantuvo estable; tres mil doscientos un heartianos reportó el último padrón, cinco seres humanos más que el informe de hace diez años. Sus bisabuelos, abuelos y padres nacieron, murieron y fueron enterrados en Heart. Samuel conocía a la inmensa mayoría de los habitantes y la misma inmensa mayoría se conocía entre ellos, incluyéndolo a él. Samuel era heartiano de corazón.

Cuando Samuel cumplió ochenta años, Manolo, el alcalde, su compadre, reunió en el auditorio a la población adulta:

Heartianos míos,

Les anuncio, con júbilo, que a partir del próximo año, es decir, en una semana, nuestra amada ciudad dejará de llamarse Heart. De ahora en adelante Facebook City será su nombre. Tras largas deliberaciones y negociaciones, el Consejo de nuestra amada Heart consideró que Facebook City superaba las ofertas de Tuit City y de Apple City. Facebook construirá el próximo año una planta enorme que nos dará trabajo a todos los heartianos, perdón, quería decir, a todos los facebookianos, así como a los de los pueblos vecinos, lo que redundará en nuestro beneficio pues no robarán más los empleos de nuestra querida Heart, perdón, acostumbrémonos, de Facebook City. De ahora en adelante será obligatorio que todos se inscriban a Facebook. A los más viejos, como Samuel, Barak, Hillary, George, Donald, y yo mismo, se nos asignará un facebookiano joven para que nos oriente en el uso de esa plataforma, —así se dice, ¿verdad?—. El plazo para abrir su página —¿así se dice, ¿verdad?—, vence en dos meses. El consejo de Facebook City los insta a atender sus recomendaciones.

Perplejo, triste, Samuel abandonó el auditorio. No entendía lo que sucedía y no quería abrir su página. “No me interesa estar en Facebook, no lo requiero, no me gusta esa tecnología, veo a mis nietos metidos todo el día en ese tipo de aplicaciones, creo que ni saben cómo es mi cara…”, le dijo por teléfono a su ex esposa que se había mudado a Los Ángeles diez años atrás. “No tienes remedio, si no lo haces, tendrás que dejar la ciudad y mudarte con todas tus cosas, y a tu edad…”.

Tres semanas después del anuncio del alcalde Manolo, la gran mayoría de los ex heartianos se había inscrito a Facebook y de buena gana acudieron a la oficina del registro civil, a la del panteón y a las compañías de luz, gas y teléfonos para modificar el nombre de su cuna. Y no sólo eso: las ofertas de los dueños de Facebook eran tan jugosas que, motu proprio, casi todos los ex heartianos, cuando salían a la calle, cubrían su cara con la foto o con el dibujo elegido para su página.

Quienes no lo hicieron, como Samuel, que no quería perder por ninguna razón su identidad —“imposible no ser Samuel, no ser heartiano  y no tener cómo informarle a mis abuelos, a mis padres y a mis hermanos que ya no están enterrados en Heart”—, fueron marginados y condenados al ostracismo.

Manolo, de ahora en adelante, por orden del dueño de Facebook, alcalde perpetuo de Facebook City, mandó colocar una manta en la entrada de la ciudad:

“Bienvenidos a Facebook City, remanso de paz, donde es innecesario ser para ser”.


Dios, la Tierra y los seres humanos

Además de los ateos, nadie duda de las razones de Dios. Cuando creó la Tierra y la sembró de animales, plantas y seres humanos, decidió, con razón, descansar un día, el séptimo día.

Aunque los comunistas lo criticaron por tomarse un día, en realidad, su único error fue crear al hombre. Si no fuese por la especie humana, la Tierra seguiría siendo tan bella y amable como lo era antes del ser humano y de Dios.


Caducidad

Marx tenía razón: el capitalismo se mordió la cola y acabó con los capitalistas.

En las primeras tres décadas del siglo XXI los productores diseñaban todo tipo de aparatos sin advertir al cliente sobre la fecha de caducidad. Lavadoras, celulares, computadoras, secadoras de pelo, rasuradoras eléctricas, vibradores (vaginales), electrodos (para el pene), y, etcétera…, duraban un año, no más.

En 2070 dos sucesos le dieron la razón a las 3183 páginas de El Capital*: los productores quebraron y cerraron incontables fábricas;  a la par, la capacidad adquisitiva de los consumidores se agotó. El capitalismo se mordió la cola: avanzado nuestro siglo, nadie produce, nadie compra.

No importa si fue primero el güevo o la gallina. Lo que importa es que Marx siempre ha tenido razón.

 

*Me refiero a las páginas de la edición en español. Y de paso me confieso: no lo he leído en alemán.


 

Compartir