Se sabe: chimpancés y humanos compartimos 99% del ácido desoxirribonucleico —ADN—, es decir, la materia es casi idéntica. Nos parecemos. En algunas actitudes y en muchas situaciones actuamos de manera similar. Diferencia importante, quizás a favor de nuestros hermanos chimpancés, es que ellos no han creado civilizaciones como las nuestras ni desarrollado sistemas políticos. No cuentan con los beneficios propios de la civilización pero tampoco son víctimas de ella. Por víctimas me refiero a los miles de millones de personas excluidas, la mayoría de las veces, por políticas corruptas y políticos ladrones.

En De animales a dioses (Debate, México, 2014), Yuval Noah Harari explica,

Cuando dos machos se disputan la posición alfa, suelen hacerlo formando extensas coaliciones de partidarios, tanto machos como hembras, en el seno del grupo. Los lazos entre los miembros de la coalición se basan en el contacto íntimo diario: se abrazan, se tocan, se hacen favores mutuos. De la misma manera que los políticos humanos en las campañas electorales van por ahí estrechando manos y besando a niños, también los aspirantes a la posición suprema en un grupo de chimpancés pasan mucho tiempo abrazando, dando golpes a la espalda y besando a los bebés chimpancés.

Las reflexiones previas devienen incontables vínculos con la vida de nuestros políticos y, para ser justos, con la de la mayoría de las especies de sus pares en el mundo. En México, las reflexiones de Harari sobre las labores de los políticos son vigentes, incluyendo las que atañen a la ética. A guisa de ejemplo, el terremoto de septiembre. Las fotografías de algunos de nuestros jerarcas —bien vestidos, mejor peinados, muy (muy) pendientes—, al lado de los gloriosos voluntarios, confirman sus quehaceres e inclinaciones chimpanceistas. Lo mismo sucedió con los retratos  de los voluntarios sudorosos y polvorientos; al lado de los edificios derruidos y de los cadáveres rescatados, las lentes captaron en el mismo encuadre los rostros anónimos de los voluntarios y  las caras de Miguel Ángel Mancera y otros políticos, anunciando sus logros, promoviendo su imagen.

El destino puede ser irónico: los carteles, por supuesto, fueron colocados antes del terremoto. La distancia infinita entre los edificios colapsados y los muertos con los carteles promocionales de nuestros políticos ha suscitado innumerables comentarios.

Conozco poco acerca de los códigos éticos de los chimpancés. Sé que también cometen asesinatos, como el caso reciente de Foudouko, un chimpancé tirano quien tras trece años de exilio fue asesinado y devorado por otros de su especie en Senegal. Arriesgo la siguiente idea: sus códigos éticos son mejores que los nuestros. Y me arriesgo de nuevo: ¿Es la civilización la diferencia? Quienes habitan en países africanos donde la esperanza de vida es menor de cuarenta años responderán afirmativamente. 

No se sabe el origen de la ética individual. Hay quienes aseguran que está determinada ontogénicamente (ontogenia: Desarrollo del individuo, referido en especial al período embrionario). De ser veraz esa teoría, la diferencia del 1% en el ADN entre chimpancés y humanos podría explicar las diferencias entre los quehaceres de los políticos corruptos e impunes  con la forma en que cohabitan nuestros hermanos chimpancés. Los políticos, independientemente de su ADN y de sus inclinaciones políticas, de izquierda extrema, de extrema derecha, de derecha e izquierda a la vez, o de en medio medio, deberían saber que los mimos y cariños de los chimpancés con los suyos son reales, sinceros, y no efímeros ni circunstanciales como los de ellos.


 

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