En la mitología romana, Jano es el dios de los inicios, de las puertas, y de los finales. Jano tiene dos caras: cada rostro mira hacia otro lado. Enero proviene de Jano: supongo, no lo he leído, que al iniciar el año es indispensable abrir y cerrar, recapacitar y seguir.


Janus, acuarela de Tony Grist. Bajo licencia de Creative Commons

Jano viene a colación por múltiples motivos, uno de ellos es la salud. México como triste ejemplo. No me cansó de repetir(me). Nuestros gloriosos políticos, cuya última meta es acabar y/o entregar al país, no cesan de espetar, inter alia, ufanos, orgullosos, dos ideas: México es la duodécima economía mundial, y, nuestra nación pertenece al selecto grupo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo. En cuanto a la primera idea: ¿de qué sirve una economía fuerte si la mitad o más de la población vive en condiciones de pobreza o miseria? En cuanto a la OCDE: en muchos renglones, sin grandes esfuerzos, las políticas de nuestros políticos nos han llevado al último lugar (por ejemplo, en educación).

En relación al tema del blog, México es el país de la OCDE con mayor tasa de sobrepeso. El sobrepeso mexicano –las cursivas son mías- no es gratuito: comer verduras, frutas, pescado o pollo es imposible para quienes perviven con el salario mínimo o no tienen trabajo. “Los altos índice de obesidad, junto con otros factores como el poco avance en la reducción de mortalidad por padecimientos circulatorios, las altas tasas de muertes por accidentes de tránsito y homicidios, así como las persistentes barreras de acceso a la atención de calidad en salud, explican por qué las ganancias en esperanza de vida en México se han desacelerado en años recientes” (México es el país de la OCDE con mayor tasa de sobrepeso. El País, 11 de noviembre, 2017) —al menos, agrego, seis o siete años menos que en el resto de los países de la OCDE—.

El Jano mexicano —de nuevo las cursivas son mías— mira dos realidades. Primera. La de la desnutrición, la de los muertos por hambre, la de quienes carecen de agua entubada, la de la escasa y mala atención médica en zonas indígenas o en las zonas conurbadas de cualquier ciudad, la del desabasto crónico de medicamentos, material radiológico y de laboratorio en instancias oficiales —IMSS, ISSSTE, Seguro Popular—, la de la epidemia de obesidad, la de la vergüenza del trabajo infantil: 2.5 millones de niños adolescentes trabajan, de los cuales, 8.4% de los menores de entre 5 y 17 años trabajan a diario y,… etcétera. Segunda. La de las cifras alegres (y falsas) difundidas por el gobierno en cuanto a la apertura de hospitales, credencialización in crescendo de connacionales en el Seguro Popular (la joya de la corona de don Felipe Calderón), inmunización universal a niños y viejos, insumos suficientes para tratar a pacientes con sida o VIH, atención a indocumentados enfermos mexicanos expulsados de la tierra de Trump, y,… etcétera.

Jano tiene dos rostros. Uno mira la realidad de la población. Otro mira los discursos gubernamentales. Jano es neutro. Yo no soy. Los números no mienten: cada día mueren 23 personas de hambre, somos uno de los países con mayor obesidad en el mundo, 7.5 % de los niños en población rural y 15% en la población indígena sufren desnutrición, 22 millones no tienen acceso a agua potable, 36 millones carecen de vivienda digna, y… etcétera.

Jano mexicano, ¿qué miras?, ¿qué dices?

 

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