¿Seremos víctimas de la tecnología?; ¿seremos, somos, víctimas de nuestra infinita capacidad de crear, y mientras se crea, se destruye?; ¿debe tener límites la técnica y la tecnología sobre lo netamente humano, es decir, el ser humano? Sobran preguntas, no faltan respuestas: la Tierra sucumbe, poco a poco, el ser humano sucumbe, rápido… rápido…  

No hay quien no construya su Frankenstein. Algunos lo hacen inconscientemente —para sobrevivir a uno mismo—, otros lo hacen por necesidad —para llamar la atención. Sin el personaje de Mary Shelley, Freud hubiese tenido menos trabajo y  Prozac no generaría ganancias millonarias. Hay frankensteins pequeños y hay frankensteins grandes. El problema no es crearlos, el problema es controlarlos e impedir que  rebasen “sus límites” y se impongan sobre quienes les dieron vida.  

La tecnología crece sin cesar. Sus maravillas, i.e., agua potable, telefonía inalámbrica, nuevas vacunas, cohabitan con destrozos, i.e., Hiroshima, contaminación ambiental. La tecnología no tiene límites y seguirá expandiéndose. El problema fundamental es impedir que nos devore y nos transforme en seres posthumanos.

Comparto unas ideas:

1. La tecnología ha irrumpido en el escenario filosófico. Junto a los viejos temas, como son la verdad, la libertad, la justicia, el ser y la historia, la tecnología se ha convertido en materia de estudio de la filosofía.

2. La tecnología es  una ideología. Para el Poder, explotarla y disfrazarla es indispensable. El disfraz evita que las mayorías se enteren de su imposición Su diseño, usufructo y límites se vinculan con las necesidades del Poder. La meta es evidente: Depender cada vez más de ella y organizar la vida pública alrededor de sus servicios.

3. Si la tecnología sigue creciendo en unas décadas  sobrevendrá el posthumanismo; mediante el control tecnológico de su propia evolución biológica, el ser humano podrá disminuir o modificar sus limitaciones físicas e intelectuales

4. Los juicios morales pertenecen a los seres humanos. La tecnología carece de moralidad; es la forma como se usa la que le confiere la polaridad axiológica de “buena o mala”.

5. Los eticistas bregan por encontrar un equilibrio entre técnica y ética. El dilema es el siguiente: El conocimiento avanza sin cesar y seguramente carece de límites. Los científicos no siempre se preguntan  si todo lo que investigan tiene sentido. Los eticistas cuestionan esa situación. Saben que el conocimiento y la tecnología pueden ser ilimitados por lo que  proponen cavilar antes de investigar  sobre  los dilemas éticos que deben acompañar a la investigación y al uso de la tecnología.

6. Suscribo la idea de Einstein y la aplico a la tecnología: “Perfección de los medios y confusión de los fines”.

7. Grandes pensadores han advertido acerca de los peligros de la tecnología. A mediados del siglo pasado Martin Heidegger y José Ortega y Gasset hablaban de la “era de la técnica”. Años después, Karl Jaspers, acuñó, para referirse a las distancias entre médicos y enfermos, el término aparatización.  Recientemente (1999), el filósofo Peter Sloterdijk, creó el término antropotécnicas, “técnicas aplicadas sobre la bestia humana, sobre el ´material humano’, cuya meta es someter al individuo para incluirlo en el llamado proceso civilizador”.

8. La tecnología médica ha creado grandes aparatos y penetrado los rincones íntimos de la célula. Esas conquistas han ahondado la falta de comunicación entre enfermos y médicos.

9. El abuso de algunas tecnologías -(in)comunicación vía mensajes, menús de servicios grabados en muchas empresas en lugar de voces vivas- deviene una relación inversamente proporcional entre avances tecnológicos y el cultivo de las relaciones humanas. ¿Serán las máquinas nuestras dueñas, nuestros amores? ¿Suplirán el encuentro de los cuerpos?

La tecnología no debe convertirse  en Frankenstein.  Dominarla implica utilizarla con sabiduría, restringir su uso, generar nuevas tecnologías sin dañar la esencia del ser humano ni acabar con nuestra casa, la Tierra, y, de ser posible, torcerle el brazo al Poder para distribuirla con “un poco” de justicia. La  ética debería contar con las armas para domeñar  nuestros Frankensteins tecnológicos e impedir que se conviertan en Prometeos Modernos.

 

Compartir