Los médicos no suelen preguntarle a los enfermos si tienen miedo. Error craso: la mayoría lo padecen y bordan historias alrededor de él. El miedo es parte de la condición humana. Todos lo sentimos. Unos a diario —refugiados, indocumentados, personas sin recursos—, y otros cuando hay motivos nuevos, muchas veces desconocidos —enfermedad, terremotos, pérdidas económicas—. Quien fue sano y enferma, la mayoría de las veces lo padece.

En esta época, creo, los pacientes se agobian, si no más, sí diferente, de otras formas. Identifico dos factores. Primero. La información, proveniente de lecturas inadecuadas vía internet, que en el caso de enfermedades no es más que desinformación, suele acongojar; la enfermedad sensibiliza y atemoriza: mal leer, o recurrir a datos inadecuados, profundiza el miedo. Segundo. En la actualidad, poco se platica durante la consulta; el tiempo enjuto y la poca disponibilidad de los médicos no le permite a los enfermos aclarar sus dudas, sus temores, su futuro.

La compasión debería ser parte del ejercicio médico. Pienso, no puedo sustentarlo con estudios académicos, que antes, hace décadas, los galenos eran más compasivos. Ofrecer compasión atenúa los miedos. Ofrecer compasión requiere tiempo, bien ajeno en la mayoría de las consultas médicas, En Elizabeth Costello, novela del Premio Nobel de Literatura, J. M. Coetzee, uno de los personajes, interesado en la compasión, la define con sencillez, “el hecho de compartir al ser ajeno”. Si el galeno comparte las penas del enfermo es probable que el miedo se atenúe. Además, disminuir el miedo es benéfico: menos consultas, menos interconsultas con otros colegas, menos exámenes de laboratorio. El listado anterior “es ético”: el médico debe ser leal al enfermo y no a los colegas ni a los laboratorios ni a los hospitales.

El médico interesado por los enfermos, compasivo y fiel, puede, a pesar de malas noticias, ayudar al enfermo. Pema Chödron, monja budista, lo dice bien: “De lo que estamos hablando es de llegar a conocer el miedo, de familiarizarnos con él, de mirarle directamente a los ojos; no como una forma de resolver los problemas, sino como una manera de deshacerlos…”. Chödron tiene razón: el miedo no se erradica, se convive con él. Las malas noticias médicas infunden miedo. Atemperarlo, ser compasivo, es función médica.

Ofrecer argumentos a los enfermos para confrontarlo debería ser parte del ejercicio médico e instrumento  de la ética médica. La compasión, lo dicen los expertos en ética médica, es una virtud moral.

 

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