Son diversas las razones que explican, si no el fin de la medicina clínica, sí su último suspiro. Obsesivo como soy, regreso al tema. Me enfoco en dos aspectos, su burocratización (para mal) y el advenimiento de nuevas y súper novedosas especialidades (para bien y para mal). Otras razones, i.e., tiempo escaso, abogados en busca de dinero y de cabezas médicas, la necesidad de ser productivos en rubros como investigación y academia, compañías de seguros médicos, en muchas ocasiones enemigas tanto de  enfermos como de galenos, la falta de lealtad hacia los pacientes,  recursos insuficientes, dobles raseros morales de algunos médicos que perciben porcentajes de hospitales, laboratorios clínicos y gabinetes radiológicos…, son, asimismo, factores que atentan contra la práctica médica (el tamaño del listado alarma).

La burocratización y la especialización médica conforman un binomio complejo. La burocratización de la medicina privada e institucional afecta a médicos y a pacientes, y deteriora (y sepulta) la otrora preciada relación médico paciente. Bien lo advirtió hace muchos años Leonardo Viniegra, “En la mayoría de las instituciones públicas el avance del burocratismo ha degradado el trabajo del médico y lo ha convertido en una actividad rutinaria, empobrecida de conocimientos y desprovista de humanismo” (Cómo acercarse a la medicina. Limusa, México, 1991), a lo cual, agrego, el malestar en la medicina privada donde, los seguros médicos y las consultas pre pagadas, muchas veces con galenos poco amables, empobrece el vínculo entre dos seres humanos. El panorama es complejo: el enfermo que acude a un galeno porque así lo dicta su seguro, muchas veces se topa con un médico a quien no le queda más remedio que atenderlo. El encuentro entre ambos, con frecuencia es más bien un desencuentro cuyo resultado deviene mutuo desencanto.

La especialización médica, siempre bienvenida, suele alejar, la mayoría de las ocasiones al profesional y al enfermo. La súper especialización mejora (y salva) órganos y porciones del cuerpo pero se olvida de la persona, del ser humano como unidad. La súper especialización —insisto, no peleo, sus logros son formidables— crea distancias entre las personas y favorece a las instituciones privadas: los costos de los nuevos procedimientos médicos son caros, increíblemente caros e impagables para quienes carecen de seguro médico.

Muchos enfermos (humanos), a pesar de mejorar gracias a intervenciones especializadas, sienten que no tienen ni cobijo institucional ni personal. La mejoría de un órgano no implica mejoría del todo, del ser humano.

La medicina contemporánea, por su burocratización y especialización, así como por el enorme listado antes señalado, ha cosificado a las personas. Atemperar esa realidad requiere recuperar la diferencia entre padecer, es decir, lo que percibe y vive el enfermo (realidad y problema del paciente) y la enfermedad, lo que sabe y confronta el galeno (asunto del médico. En el siguiente blog profundizaré en los diversos significados de padecer y enfermedad.

 

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