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Autocrítica

La autocrítica, siempre lo he pensado, es un espacio imprescindible; aunque falle, intento ejercerla. Sin ella no se crece, no se corrige, no se construye. Desdeñarla implica cometer los mismos errores con un agravante obvio: los yerros cuando se repiten son más perjudiciales.

Ilustración: Kathia Recio
Ilustración: Kathia Recio

Algunos de mis maestros (pocos) eran autocríticos. Mucho apreciaba sus “confesiones”: enmendar frente al alumno es un don; en este entramado, don y escuela son sinónimos.

Cuando se escala en cualquier campo, ciencia, arte o economía, muchas personas —¿la mayoría?— desprecian la autocrítica y en ocasiones su tarjeta de presentación es la soberbia, mal nauseabundo. La sabiduría popular, palabras más, palabras menos, ilustra: “Hay quien se sube a un ladrillo y se marea”.

Mirarse antes de mirar el exterior es un gran ejercicio. Algunos políticos japoneses o europeos lo hacen y renuncian; otros, incluso, actúan in extremis y se suicidan. Mirarse y reflexionar es sano; aparcar el yo también lo es. El inmenso brete de la humanidad es inmenso —pleonasmo consciente—: por razones incomprensibles, la mayoría de los políticos, de los grandes empresarios y de los religiosos que ejercen su oficio sin seguir los dictados de Dios, al subirse a un ladrillo no son presas de mareo y mucho menos de vértigo.

Soy devoto de la autocrítica. Admiro a quienes, tras lograr grandes creaciones, nunca dicen “yo”. Los borradores de Beethoven son un gran ejercicio de autocrítica. Corregía y corregía y, después de corregir, releía sus cuadernos pautados. Pensaba y repensaba el sitio de las notas, su sonido al lado de otras notas, su espacio dentro de la obra. Borraba (se borraba) sin piedad. No había lugar para las “medias tintas”. Era implacable. Era Beethoven.

Cometer errores y enmendarlos es una gran virtud. Ese logro se adquiere, no se nace con él. Quienes ejercen la autocrítica se construyen y construyen. Grandes obras de arte, de arquitectura, de cine y, por supuesto de ciencia, ven la luz después de haber deshilachado el viejo tejido y torcido la idea original.

Confieso mi sesgo: detesto a la inmensa mayoría de los políticos. Sobran razones. Las mías y las de los posibles lectores podrán o no confluir. Lo que no entiendo son los motivos por los cuales los políticos no ejercen, ni por asomo, el menor grado de autocrítica. En su defensa debo escribir catorce palabras: su abrumadora incultura y su incapacidad para leer el mundo les impide ser autocríticos. Son contumaces. Los diccionarios deberían inventar una palabra nueva semejante pero más poderosa que contumaz ¿poliasco?

La contumacia no es gratuita. ¿Cuántos políticos latinoamericanos, israelíes, árabes, estadunidenses o europeos son autocríticos? En mi mano derecha sobran dedos. No voltearé a ver mi mano izquierda.

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos  la columna Bioéticas.

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Publicado en: Mirar los días

10 comentarios en “Autocrítica

  1. Mi Dr Kraus, un político con autocrítica es tan raro como un perro a cuadros, como dicen en mi país. Existen, simplemente. Equivocarse es admitir su derrota. Pero si difiero en parte con sus 14 palabras. Hay políticos de una gran cultura que son unos mediocres y hasta criminales, y ajenos a la autocrítica: Pinochet por ejemplo tenía un biblioteca de 50 mil volúmenes, muy variada, y sabemos que leyó parte de ella; Boris Johnson estudió en Oxford filología clásica, sabe griego antiguo y frecuentemente usas citas clásicas en sus discursos. Pero nada más errático que su gobierno y la negación de la realidad en muchas ocasiones. Coincido con ud en que no son capaces de entender la realidad y leer el mundo. Somerset Maugham en una de sus autobiografías, contaba eso, que los politicos eran innobles mediocridades, y mal informados del mundo real, pero los que gobernaban bien parecían tener una cualidad misteriosa, que llamó «La comprensión de lo posible». Llevo años reflexionando sobre ello, y aunque me parece acertado, aún no logró sacar algo definitivo en claro, sobre que es «lo posible». Un saludo como siempre.

    1. Muy apreciado Samuel:
      Sus ideas me alimentan. Sus discrepancias me enriquecen. Agradezco ambos espacios. El quid no es sencillo: Pinochet desapareció -mató-, creo que a 18,000 personas; Johnson va de mal en peor. Salvemos a Vaclav Havel. Lo de Maugham, cita desconocida para mí, es muy interesante. Intentaré ampliar la información (por cierto estudio medicina, creo que obligado). En cuanto a sus otras observaciones, los estudios y los libros leídos poco sirven si no están dotados de una suerte de humanismo. Le solicito, además de Havel y Trotsky que amplié la lista.
      Un abrazo del triste México a la triste Colombia (me refiero a la miseria y los muertos, no al ron ni al mezcal).
      Abrazos,
      Kraus

      1. Bueno, Mi Dr, Colombia tiene una tradición de politicos fílosofos y escritores que devienen en políticos: La explicación de su llegada a las altas esferas se debe una cualidad olvidada como es la oratoria. Eran extraordinarios oradores. Miguel Antonio Caro, un hombre profundamente rencoroso y racista, y a la vez experto en latin y griego antiguo que da nombre al Instituto Caro y Cuervo, que estudia la filología; Jose Manuel Marroquin, escritor y prosista del siglo XIX, notablemente erudito, famoso por el chiste que «recibió un país, y entregó dos»: la miopía de su gobierno propicio la separación de Panama. Marco Fidel Suarez, mas preocupado por la gramática que la política. Romulo Gallegos en Venezuela, lo derrocaron a los 9 meses, el autor de Doña Bárbara. En Inglaterra, Gladstone y Disraeli, escribieron novelas históricas, con relativo exito. Goethe fue consejero y primer ministro del ducado de Sajonia-Weimar donde vivía, con suerte varia. En España, Emilio Castelar y Manuel Azaña, intelectuales de valía, presidentes del gobierno, muy discutidos: las posturas de Azaña y su anticlericalismo no ayudaron a mejorar el clima de España durante la II república. George Pompidou en Francia, que hizo una antología de la poesia francesa y fue un gran coleccionista de arte, y primer ministro durante el 68. Me la puso dificil, espero que esta lista sirva. Un saludo.

        1. Se me olvidaba Leopold Sedar-Senghor, presidente de Senegal durante 20 años, uno de los creadores del concepto de negritud, miembro de la Academia francesa, y un intelectual a la altura de Vaclav Havel, en mi opinión.

  2. Se podrían sumar Stalin y López Portillo. Emerson dijo que debemos comparecer a los gobernantes porque no saben que hacer. Lo acabamos de ver con la pandemia si alguien duda.

    1. En efecto Saul, deberíamos hacer comparecer a los gobernadores como anota Emerson. Al menos exhibirlos más, y más. No es necesario ahorcarlos como hicieron, por ejemplo con los esposos Ceausecu o con Mussolini, que fue fusilado. En fin: ¿harán falta otros Kropotkin y Bakunin? Saludos,
      Arnoldo

      1. S Samuel, estimado: gracias, de nuevo, por su respuesta. ¡Caray!, la lista de políticos pensantes colombianos es vasta y muy amplia. De admirarse. Me parece casi comprensible, pues, me atrevo a decir que su país ha sufrido lo indecible (no compararé con México por la simple razón de que no existen, ahora que los índices se han vuelto obsesión, uno que muestre las dosis de sufrimiento en cada nación). En México, citaría a Antonio Ortiz Mena, a Alfonso Reyes, a José María Pérez Gay y a los Jorge Castañeda, padre e hijo. En el mundo… Trotsky, Olof Palme y los que usted agregué.
        Le mando un abrazo desde mi país, cada día una pésima noticia.
        Con afecto,
        Arnoldo

  3. Por un error de dedo cité mal: Emerson dejó dicho: » debemos compadecer a quienes gobiernan porque no saben que hacer». Eso por un lado, por el otro, Ortega y Gasset decía: «cerebros frios, realmente frios en la historia, se cuentan con los dedos de la mano y sobran dedos. Alguien más añadió: «yo sólo sé que no se nada». Otro el crucificado imploró por sus verdugos: » perdonalos Señor, no saben lo que hacen». No se nos educa en la autocrítica ni en la duda. Sobre la burocracia ilustrada bastaría con señalar a la burocracia celeste, o tal vez a los redactores del Código Napoleónico, obra civilizatoria si las hay.

    1. De nuevo Saúl, gracias por su interés. En fin.., la realidad es que el conocimiento cada vez se aprecia menos. Y de la sabiduría: nada, nada. Lo expresa muy bien TS Eliot en «La roca».
      Saludos,
      Arnoldo Kraus

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