“Todo para el pueblo pero sin el pueblo”, o “todo para el pueblo, nada para el pueblo” –la segunda es la frase original en francés, la primera es la utilizada en español-, era el lema del despotismo ilustrado. La idea proviene del siglo XVIII y, aunque parece vieja, no es vieja. Pensemos en México y sus depredadores, i.e., los políticos. El paternalismo era característica sine qua non fundamental del despotismo ilustrado.

En más de una ocasión he citado los principios fundamentales de la ética médica: autonomía, beneficencia, no maleficencia, justicia, verdad, confidencialidad. Algunos eticistas, entre ellos Edmund D. Pellegrino, consideran que la autonomía ha desplazado a la beneficencia como el principio más trascendental. La autonomía, para cualquier librepensador, es principio y valor fundamental en la vida de cualquier ser humano.
Religiones, políticas y modelos económicos, cada una por otras vías y diferentes sinrazones, y por medio de instrumentos ad hoc, tienden a eliminar o disminuir el valor de la autonomía. Conculcar la autonomía es principio no escrito de quienes ostentan el poder. Durante muchos años el paternalismo médico ha dominado la relación entre galeno y paciente. En sociedades modernas, y con pocas diferencias económicas en la población, donde los vínculos entre paciente y doctor son menos dispares, los enfermos, al ejercer su autonomía, deciden junto con el galeno qué hacer. En sociedades donde la relación es dispar, sobre todo por motivos económicos o educacionales, el doctor ejerce su paternalismo y decide qué hacer sin consultar la opinión del interesado.
En el paternalismo médico, el galeno funciona como padre protector y poderoso mientras que el enfermo debe asumir el papel de niño frágil y obediente. En ese escenario, el profesional determina que el enfermo no tiene herramientas para gestionar su cuerpo, y, por lo tanto, dispone sin consultar al afectado. Al hacerlo, sin solicitar el consentimiento del afectado, y con la certeza de que su decisión producirá beneficio, atenta contra la autonomía. El probable beneficio, sin embargo, requiere el consentimiento del doliente; sin consentimiento, se vulneran autonomía y dignidad. Lo explico de dos formas –una suerte de ecuación con palabras-:
1. Los seres humanos son autónomos. Tienen derecho a decidir. Cuando enferman deben resolver el problema con su médico; la figura paternalista, al igual que el autoritarismo, quedan relegados. Quien decide motu proprio busca su beneficio, se escucha, preserva su dignidad. Un caso. Una enferma de 65 años portadora de diabetes mellitus desarrolló gangrena en un pie. La opción médica consistía en amputación. A pesar de las súplicas de su familia y las explicación del galeno, la enferma decidió no amputarse. Falleció como consecuencia de infección generalizada.
2. En sociedades pobres es frecuente vulnerar la autonomía. En cuestiones de enfermedad suele ser el médico quien decide sin consultar al enfermo. Privan autoritarismo y paternalismo. La dignidad del enfermo se supedita a lo que el galeno considera benéfico. Un caso. Prolongar sin sentido la vida de un enfermo terminal, efectuando maniobras y más maniobras que prolongan sufrimiento y agonía es frecuente. Se soslayan opinión y dignidad del afectado.
Autonomía y autodeterminación van de la mano. La autonomía fomenta la integridad y la dignidad de la persona. En medicina, doctor y enfermo deben dialogar. El diálogo alimenta el mutuo respeto y preserva la autoestima del enfermo.
Las decisiones médicas deben tomarse en conjunto. Si el médico no concuerda con el enfermo tiene derecho a abandonar el caso; si el paciente no concuerda con figuras paternalistas, tiene derecho de ejercer su autonomía.
La autonomía es principio fundamental de le ética médica. Ejercerla en regímenes autoritarios, donde la pobreza y la falta de educación son la regla, es complicado. En política y en la relación médico paciente, México como ejemplo, el ideario, “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, sigue siendo dogma.
Adenda: El tercer jueves de cada mes en la Facultad de Medicina de la UNAM se lleva a cabo el Seminario Permanente de Bioética. La entrada es gratuita.

Querido Arnoldo: Cómo ha sido fácil quererte leyendo lo que piensas. El modo en que razonas con emoción y sin escándalo. Sin alardes. Como un profeta que no sabe des ostentaciones. Muchas gracias y un abrazo muy fuerte, Angeles Mastretta
Querida Ángeles:
Tu comentario es un regalo de la vida. Un inmenso regalo y buen motivo para seguir cultivando el generoso espacio de «Nexos».
Agradezco mucho (todo) tus lindas palabras.
Abrazo grande,
Arnoldo
todo lo expuesto debe hacerse realidad en nuestras sociedades
Gracias Raquel:
Empujemos, algo se logrará.
Arnoldo
Hola Arnoldo, buenas tardes,
Si la apuesta es ejercer la autonomía (lo cual suscribo en su totalidad), quizá para los que estamos interesados en el tema y hacer por, podemos, además de dialogar y discutir al respecto, establecer puentes de información y acompañamiento para que cada persona, en este caso enferma, pueda ejercer su autonomía, ser una especie de mediadores (la palabra y su ejercicio la acuñé de una gran persona interesada en intercomunicar lo que las especialidades por su naturaleza han perdido entre sí, sean del ámbito que sean, lo que origina que perdamos el sentido de la integridad, en este caso de las personas con padecimientos crónicos).
La visión paternalista de los médicos se basa en muchos casos en que asumen que son ellos los que tienen la “verdad” con respecto a lo que afecta al paciente, cuando es el paciente quien vive esa verdad en carne propia y lo que busca al acudir al médico son respuestas que le aminoren los síntomas dolorosos, intranquilos, molestos.
No intento de ninguna manera menospreciar las horas de estudio, falta de sueño y dedicación de muchos médicos, pero en nombre de la “vida” lo que han hecho junto con las farmacéuticas es un gran negocio de la salud, al cual lo acompaña de la mano la industria de la imagen que con estereotipos de belleza joven se empeñan en construir cuerpos preservados a toda costa con la idea de que el envejecimiento es también una enfermedad, para la cual sólo existe “cura” con el poder adquisitivo suficiente. La aspiración de la eterna juventud en la pobreza ni siquiera se vislumbra como posibilidad ante la sobrevivencia del día a día.
Ante lo dicho, la balanza está mal proporcionada, porque la autonomía debiera ser para cada enfermo independientemente de su circunstancia económica y condición social. ¿Cómo ejercerla? Quien decide agotar todas las posibilidades para evitar su muerte, porque tiene todas las posibilidades económicas de hacerlo, está en su derecho. En ese sentido quien decide no agotarlas también lo está, pero también están los que no cuentan con la atención necesaria y más allá de agotar o no sus posibilidades para vivir o morir, lo único que desean es dejar de sentir esa enfermedad en su cuerpo que los agota, soslaya, quebranta.
¿Podemos mediar al respecto? ¿Podemos construirnos como personas mediadoras ante la enfermedad y la muerte? Creo que una apuesta quizá va por ahí (mi apuesta).
Saludos.
Rosalba