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Buscar: mínimo recuento

La historia de la humanidad, muchos discreparán, se sintetiza en una palabra: buscar. Los futuros padres buscan antes de procrear; los bebés hacen lo propio cuando apenas despunta la vida: los senos de la madre alimentan y abrazan, y mientras el bebé succiona, al mismo tiempo, escucha palabras, ruidos, murmullos. Sería fantástico conocer esas vivencias, saber qué sucede en la cabeza del recién nacido ante esos contactos. ¿Qué siente y cómo siente? ¿Entiende “algo”? ¿Se percata del mundo? Dejando —en el papel, no en la vida— la violencia intrafamiliar, ¿cómo repercutirán en el futuro esas vivencias cotidianas?

Ilustración: Kathia Recio

Sucesos similares acontecen con quien muere. ¿Cuánto dura el pequeño e infinito segundo que anuncia el final de la vida y la llegada de la muerte? ¿Qué sucede en ese segundo? Quien fallece ¿se percata del evento? ¿Es veraz la vivencia de quienes, habiendo sido resucitados, al compartir sus experiencias describen colores bellos, aromas agradables, música amable y paz, mucha paz? Quien fallece, ¿se percata cómo la vida lo abandona?

Inicio y fin de la vida. Ambos eventos son Los Eventos. A pesar del imparable crecimiento de la ciencia —de su perenne búsqueda y de la insaciabilidad de incontables científicos, vivos y muertos, pertenecientes a diversos países— algunas preguntas (de nuevo, creo), seguirán siendo preguntas, quizás menos engorrosas, con algunas luces, pero nunca dignas del punto final.

A partir del encuentro entre la boca y el pecho de la madre, entre la mano pequeña que vuela y toca después, entre el último latido y la última bocanada de aire y a partir del fin de la vida, el affaire indagar y sus compañeros escudriñar, investigar, averiguar— es, por fortuna, un bien perpetuo. Buscar no es cuestión genética, es cuestión vital; el acto hermana: humanos, animales y Naturaleza buscan.

Explicar todo lo posible es innato a la condición humana. Lo inexplicable siempre es reto. Las ideas previas no pertenecen a la retórica: representan el correr de la vida, la duda como piedra angular, la incertidumbre como motor.

No concluyo. Dudo. El meollo de la existencia es inmenso. El ser humano siempre busca. Después de conocer las razones y las respuestas inacabadas de determinado evento, ¿por qué ocurre lo que ocurre? La espiral crece sin cesar. Dicha cuestión, siempre viva, nunca vieja, ha sido y es el esqueleto de nuestra condición. La espiral es infinita: entre más se busca más se pregunta, entre más se responde, más se cuestiona, más se urde, más se desteje. Nuevos escollos cuestionan: ¿qué sucederá después?

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos   la columna Bioéticas.

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Publicado en: Mirar los días