Ignoro cuánto ha invertido la humanidad en todos los ámbitos de la cultura, el arte y actividades afines. Poesía, cine, dibujo, pintura, literatura, música, arquitectura, ballet, diseño, fotografía, cerámica, filosofía, artesanía y escultura conforman un universo inmenso. Quienes laudan esas actividades, yo entre ellos, amén del placer innato de las letras o de los cuerpos en movimiento, suelen decir que son un antídoto contra los sucesos desagradables de cualquier sociedad. Difícil negar ese concepto. Difícil afirmar que sea veraz.
Mirar los días
Memoria y olvido
Mucho se ha escrito sobre la dupla memoria y olvido y su adenda, perdón. Se dice, así lo recuerdo, “Ni perdón, ni olvido”; “Perdón sí, olvido no”; “Olvidar sí, perdonar no”. Las tres ideas entrecomilladas las recojo de mis recuerdos, de los grafitis, de diversos textos, de la vida que corre y sigue sin que la previa, “la obligatoria”, la de la memoria, haya finalizado. Discutir es necesario; el trinomio memoria/perdón/olvido exige.
Muletas (2)
En el blog previo resalté el valor de algunos aliados incondicionales, las cursivas, las negritas y los puntos suspensivos: ¡Tres fabulosos compañeros de las palabras! Gracias a ellos, se redondean y se enfatizan ideas. También, así pienso, invitan al lector. Ahora escribo sobre otros imponderables.
Muletas (1)
Mientras intentaba poner en orden un texto incompleto y complejo, de esos cuyo final no llega porque el principio no fue adecuado, mi cabeza, la cual suele volar en un instante de un lugar a otro, se alejó del ensayo y aterrizó en el universo de las palabras y sus muletas.
Escribir
Escribir conlleva riesgos. Hablar es menos riesgoso. Las palabras escritas se quedan; los diálogos orales pernoctan un tiempo en la memoria, después desaparecen o se deforman. Es distinto coger la pluma y escribir o escribirse. La palabra escrita, a diferencia de la oral, no se fuga, permanece: se puede leer y releer. No desprecio, huelga decirlo, los diálogos orales vía telefónica o por medio de los (casi) incontables artilugios actuales.
Kafka, de nuevo, Franz
Kafka no era neurótico, era Kafka. Hoy se apenaría y protestaría por su adjetivo: Kafkiano: “Que tiene el carácter trágicamente absurdo de las situaciones descritas por este escritor en sus obras”. Kafka, estoy seguro, denostaría esa idea. Él vivió lo absurdo y así lo plasmó. Sus ideas no eran ilógicas, eran copias de la realidad.
A quien corresponda
La mayoría de los seres vivos, entrados en el mundo de las responsabilidades y de las irresponsabilidades, hemos utilizado el término. Debe, al menos eso creo, existir una relación directamente proporcional entre años acumulados, mayor número de oficios y compromisos con el uso de “A quien corresponda”; a mayor edad más exposición y nuevas necesidades de dirimir situaciones. De ahí la validez de la expresión.
Ética y autoridad
Derrumbar mundos es necesario. En la actualidad es menester no sólo derrumbar sino sepultar. Demasiada basura y sinsentidos soporta la Tierra. Barrer esa inmundicia es necesario. A pesar de incontables y valiosas voces a favor de la cordura y en contra de la estupidez, la bazofia, bazofia producida por la humanidad, sigue acumulándose. Demoler muros y edificar nuevos mundos es imperativo.
Autocrítica
La autocrítica, siempre lo he pensado, es un espacio imprescindible; aunque falle, intento ejercerla. Sin ella no se crece, no se corrige, no se construye. Desdeñarla implica cometer los mismos errores con un agravante obvio: los yerros cuando se repiten son más perjudiciales.
Oportunidad
El covid-19 tocó muchas puertas. Lo hizo desde diciembre de 2019. Dos años después sigue, y seguirá entre nosotros por tiempo indefinido, entendiendo por indefinido un tiempo semejante a siempre. Comparto cinco notas sobre nuestra pandemia. Podrían ser decenas (y más).