Una persona murió (se murió) dentro de un cementerio. Nadie preguntó por él, nadie supo quién era él. Ni los veladores ni los muertos ni los enterradores ni quienes visitaban a sus seres queridos ni las personas encargadas de instalar tumbas ni las plañideras ni los vendedores ambulantes que entraban para utilizar el baño ni los carpinteros ni los cineastas ocupados en su filme ni los jardineros ni quienes acudieron a entierros durante siete días sucesivos preguntaron o indagaron acerca del cadáver. Predominó la costumbre: no averiguar, no incomodarse, no inquirir.

Ilustración: José María Martínez
Dicho suceso ocurrió en 2030. Los restos del cadáver, estropeados y gastados, sin piel y sin ropa, siguen, después de cinco años, en el mismo sitio. En el panteón se abren fosas todos los días. Cada día llegan uno o dos muertos. Mucha gente ha entrado y salido. Caminan al lado de la persona que falleció dentro del recinto y nadie ha preguntado quién era él. Sus restos innominados siguen ahí. Frente a las mismas tumbas, al lado de los pinos más viejos del lugar. Ni el viento, ni las miradas lo han movido un ápice.
Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.
Me ha dejado pensando su texto, Dr Kraus. Es común leer noticias que en Europa hay gente que muere sin que los vecinos se den cuenta, cuyos restos son encontrados mucho después, momificados, o porque los incomodan, o porque dejaron de pagar la luz. Incluso la cortan, y nadie se da por enterado. Recuerdo una noticia, hace unos años: Un hombre que tenia 5000 amigos en Fb, que escribía todos los días, varias veces. Un dia dejo de escribir, paso una semana, dos, tres, un mes. Al final, uno de esos amigos escribió a la policia del pueblo, que fue a la casa. Llevaba muerto cerca de un mes, y nadie de los vecinos, lo echaba en falta. Hay historias similares, y muy probablemente la que describe sucederá algún día.
Esa es nuestra modernidad….
Mil gracias, como siempre, estimado Samuel. No conocía la historia que comparte, y, lamentablemente, debo decirlo, «casi» no me sorprende. Hace unos veranos, durante la canícula, en Francia, los vecinos hablaban a la policía pues en el piso vecino el olor a putrefacción que de ahí emanaba había penetrado todo el edificio. Eran viejos que morían, solos, olvidados. La historia que describo parece ficción, lo es, pero, quizás, pronto deje de ser ficción. El contacto humano cada vez, como escribió Bauman, es más líquido.
Gracias,
Arnoldo