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Duelo y dignidad. Unas palabras

Poco se piensa en el binomio conformado por duelo y dignidad. Médicos, con frecuencia inopinados y ceñidos a los dictados de las madres compañías farmacéuticas, medican al deudo, como si el duelo fuese un fenómeno anormal. La dignidad, fenómeno harto complejo, atañe tanto al cadáver como a sus personas cercanas.

La sociedad moderna limita los instintos humanos. El ser humano contemporáneo se acerca poco a sus congéneres. La parafernalia actual, dotada de ruidos y luces, ocupa porciones largas del día y le exige a la persona esfuerzos cotidianos para no alejarse de la modernidad, esfuerzos que lo alejan de sus pares.

luto

La celeridad para enterrar a los muertos es un ejemplo de la prisa de los tiempos actuales. Esa velocidad milita contra la dignidad del finado e impide iniciar el duelo como se debe: al lado del cadáver, rodeado de seres queridos, con el tiempo necesario para facilitar la despedida. Cuando muere un ser querido y se tiene la suerte de estar a su lado mientras se apaga, sobre todo si durante el proceso final el enfermo estuvo consciente y sin dolores extremos, el duelo arranca al lado del muerto. Interrumpir el duelo es erróneo. Interrumpirlo por medio de fármacos o visitas al médico es gran negocio.

El cuerpo caliente, después frío, las manos rojas, después blancas, las órbitas pobladas, después hundidas, los últimos estertores, luego el silencio, la cabeza erguida, después, en un segundo interminable, gacha, y, con suerte algunas palabras —“Sí hijito”, “Adiós”—,  es, aunque desgarrador, escenario óptimo para aceptar el final. Antaño, antes de que la medicina “esterilizase” la muerte, la mayoría fallecía en casa, con la familia, arropado por el calor de la familia.

Al lado de la cama del enfermo el duelo empieza y continúa junto al cuerpo inerte. Ese dolor sirve. Gracias a él se inicia la despedida. Acompañar al cadáver significa proporcionarle calidad a su final. Cada vez es menos frecuente decirle adiós al enfermo, en casa, sin autoridades médicas o eclesiásticas que pugnan por dosificar tiempo y afecto.

La muerte debería ser el culmen de la dignidad. No lo es. La muerte hereda y posibilita diversos espacios. No me refiero a legados culturales, económicos o políticos. Hablo de palabras, cariño, recuerdos. Otorgarle al cadáver lugar y tiempo implica respetar su vida y honrar su muerte.

El cadáver puede propiciar desencuentros; es fuente de miedo y paradigma de las incapacidades del ser humano, entre ellas, acercarse, tocar, compartir. El cuerpo sin vida le recuerda a la persona su vulnerabilidad y lo confronta con sus incapacidades para cavilar sobre el duelo y la dignidad de la muerte. Esas incapacidades retratan la ausencia de reflexión sobre el proceso final. Los desencuentros entre el muerto y la persona, y entre las mismas personas ejemplifican esas distancias. El cadáver es fuente de ambivalencias: se honra, cuida y respeta, o se dispone de él, con celeridad, para que no incomode.

En Los hermanos Karamazov, Dostoievsky expone esa ambivalencia. En la novela, el cuerpo inerte del stárets Zosima, emana un olor insoportable. Los monjes, reunidos frente al santo, se dividen: un grupo, mayoritario, siente repulsión y se aleja; el cuerpo putrefacto los repele; la santidad de su vida queda en entredicho. El segundo grupo no se aleja y no emite juicios: no se trata de cuestiones éticas, se trata de asuntos humanos. Los stárets eran, en la antigua Rusia, guías espirituales en monasterios ortodoxos. Debido a su ascetismo y vida ejemplar eran venerados por clérigos y laicos. El hedor de Zosima dividió a los monjes: unos no dignificaron su muerte. Otros lo acompañaron.

Zosima habita entre nosotros. Los hermanos Karamazov se publicó en 1880. La dicotomía planteada por Dostoievsky es vigente. La sociedad moderna y las tendencias médicas no refuerzan la convivencia con el cadáver. Los significados del cuerpo sin vida, y el brutal peso de la modernidad impiden, a la mayoría de las personas, al igual que a los monjes con su stárets, honrar la muerte. Pocos inician el duelo enalteciendo el suspiro postrero de su muerto. Muchos se someten a los dictados médicos actuales: modificar el duelo es erróneo. Vivir la muerte es necesario.

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Publicado en: Mirar los días

13 comentarios en “Duelo y dignidad. Unas palabras

  1. Querido Arnoldo: Qué lúcido y hermoso texto. Para pensarlo muchas veces. O todo el tiempo. Hace rato que vengo diciendo a quien quiere oírme que los nueve días eran una idea sabia. Al menos nueve días de llorar todos juntos. De darle a la pena, propia y de los otros, el abrazo, el cobijo necesario. Creo que los sin religión tenemos que crear nuevos ritos. O que retomar los antiguos, que algo tendrán de sabios y llenarlos con los nuestro. Nueve conciertos, nueve cantos, nueve lecturas de poesía. Noventa abrazos. Y, como derivo de tus palabras: abrazar, bendecir y agradecer la vida de nuestro cadáver. Yo estuve con mi mamá hasta el último, último segundo, no quería dejarla sola en el crematorio. Salieron tres de mis hermanos, yo dije quiero ver qué sigue. Entonces, un hombre, acostumbrado, indiferente, le dijo a otro: «ya pásalo». En ese instante mi mamá se volvió «el cadáver». Qué pena. No sé por qué te cuento todo esto. Supongo que porque eres tú. Besos, A

  2. Que pasa cuando no ves la escencia de tu ser querido en el cuerpo fisico? es decir cuando falleció mi esposo vi ese cuerpo sin su acostumbrada sonrisa y el brillo de sus ojos, y su carisma irrepetible…y ya no quise estar cerca de el, los tramites funerarios se me hicieron como para un desconocido. Es normal esto?. por cierto hermoso texto.

    1. Mariela:
      No hay, pienso, conductas normales o anormales ante la muerte de los seres queridos. Cada ser humano y cada relación es única, irrepetible. Lo que queda, lo que se vivió marca el paso y acompaña al deudo. La muerte, la muerte: casi nunca se acepta, casi siempre incomoda. No hay recetas.
      Saludos y gracias,
      Arnoldo

  3. Querida Ángeles:
    Sotto voce, la modernidad aplasta muchos eventos. Uno de ellos es la tradición. Las tradiciones, lo saben quienes han dejado su casa por guerras, violencia o miseria, son fundamentales para mantener identidad y perpetuar el vínculo familiar. Son también muy valiosas para quienes el ateísmo es su modus vivendi. Quizás el texto te gustó por tu manera de ver y asir el mundo. En tus palabras, el otro, el otro de Levinas, siempre esta presente: sus dolores, miedos, mermas y sinsabores son retratados en tus textos con calor y humanidad. Esa es la razón por la cual el blog «te jalo», Otra es, creo, que de cuando en cuando miramos el mundo desde ángulos similares.
    Abrazo muy agradecido,
    Arnoldo

  4. Muy interesante, debemos vivir el duelo, los ritos nos ayudan a aceptar las ausencias

    1. Estela:
      Sí ritos y tradiciones son espacios humanos. Muchas facetas de la modernidad atentan contra los valores primigenios de la condición humana.
      Gracias por tu nota,
      Arnoldo

  5. Te he leido todo, todo…y me ha fascinado, entre otras cosas, me encanta esconderme detras del cerro, este mundo es atroz. Gracias por tus letras.

    1. Tito, pues, ¡caray!, comparto tu mirada: este mundo es atroz, horrible. No nací escéptico, el ser humano acaba contodo Y nada bueno nos espera.
      Gracias,
      Arnoldo

  6. Qué hermoso y cierto artículo, si vivos cuando acumulamos décadas de vida empezamos la cadena de lo deshechable un devenir entre lo que existe pero no es persona si no cosa o número…el duelo es necesario para los que seguimos vivos y no hay consejos para el doliente. Sólo acompañamiento, y si el médico no sabe algo de esto, mejor no existiera, sino como «Mecánico en Medicina»

    1. Rose Mary:
      Gracias por tu comentario. Me encanta el término, no lo conocía, lo usaré, «Mecánico en Medicina». Además de gustarme, es veraz: en eso se está convirtiendo la medicina.
      Nuevamente, gracias,
      Arnoldo

  7. Leo este texto y por un lado me da paz el saber que mi madre murió con nosotros, en su casa, en su cama y con todo lo que la rodeaba. Así como ella quería y no en un hospital. Y me da alegría el saber que nos dió su último suspiro y su última temperatura. Sin embargo siento cierta culpa por que todo lo hice o lo hicimos rápido, dar aviso a un médico para levantar el acta de defunción, la preparación del cuerpo, la funeraria, la velación y etc. En un par de horas nos quedamos sin su presencia, y cuando ahora lo reflexiono me digo, debimos estar unas horas mas con ella, con nosotros, en un acompañamiento de esos últimos momentos antes de continuar a lo que seguía de los funerales. Ahora me arrepiento pero no puedo volver atrás. Felicidades por este texto y tus libros que leí previo a la muerte de mi madre y que me sirvieron para irme preparando al final.

  8. Hermoso, ojalá lo hubiera leído cuando falleció mi Bobe, cuando llegue a su casa ya estaba embalsamada, ahora me doy cuenta que nunca me despedí de ella. Gracias Anchul.

  9. Me encantò el articulo. Desde una perspectiva religioso, soy cristiana catòlica, me siento complacida que se toque este tema, por demàs importante para la vida, para la vida, hasta la muerte. Algo que me indigna y que usted Arnoldo toca someramente en el articulo, pero que lo quiero resaltar, es el hecho del trabajo de las funerarias. Si bien, por parte de los mèdicos y todo el sistema de salud, el tema de la muerte no es algo que les interese, es peor el momento de los tràmites funerarios. El tiempo del duelo, ya no existe; ese acompanar a la persona querida en sus ùltimos momentos, hasta que cierre los ojos y deje este mundo, se ha vuelto algo que pasò a la historia. El dolor de la muerte ya no se vive, ya no se acompana al cadaver ni dos dias, todo porque los tràmites legales no permiten que se pueda velar màs de 24 horas. Entonces, las funerarias hacen todo y «componen» al muerto para que tarde solo esas 24 horas. Cuando el dolor se saca, cuando se llora, cuando se ha tenido el acompanamiento de un sacerdote y a la persona enferma que va a morir se le permite recibir su sacramento, es algo lindo que se vive en familia y que permite que el dolor se atenue un poco. La modernidad nos deshumaniza; lo que antes era un proceso natural, donde al muerto se le rodeaba en casa, con los amigos y familiares, habia la posibilidad que los que quedan puedan compartir su dolor. Ahora eso ya no se vive de esa manera; y de ahi que la recomendaciòn sea tomar pildoras para tranquilizar, para dormir y que entre màs ràpido se pase el luto, o el duelo, serà mejor. De ahi que muchas personas no tengan la capacidad de enterrar a sus muertos con todos los honores y las honras que merecen, porque todo es un trajin, todo debe ser corriendo; nos acorrala «la modernidad» de la muerte. Circularè este articulo porque me parece que es incentivador a saber vivir la etapa de la muerte, del duelo y de todo lo que viene despuès de la pèrdida de un ser querido. Gracias.

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