En esta ocasión comparto tres micro relatos, los cuáles, pienso, contienen mensajes vinculados con ética médica. Si el lector considera que me equivoco, le doy la razón. Lo cierto es que he estado inmerso en el mundo de los micro cuentos; sin tiempo para escribir un nuevo blog, comparto tres de ellos. Espero que el lector sea benevolente.

El nuevo mundo
Sentado en su estudio, con un puro y una copa de vino, Jaime escuchaba por enésima ocasión la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonin Dvorák. Esa sinfonía era una de sus predilectas.
La escuchó dos veces. A las once de la noche se fue a dormir. Había sido un día extenuante. Demasiado trabajo, muchas desavenencias. Durmió intranquilo. Soñó con los compromisos de los días venideros y con las noticias del día. Alter no lo dejaba reposar. Aunque Ego pedía paz, Alter insistía. “Déjame dormir, son las tres de la mañana”, le suplicaba Ego a Alter. “Sólo escúchame un momento. Estoy muy agobiado. Me siento agobiado”, “Bien, bien, siempre es lo mismo. Dime”.
Antes de acostarse la realidad había fustigado a Alter. Por su cabeza desfilaban siglas y más siglas,
ONU,
OTAN,
FBI,
OMS,
Brexit,
OCDE,
Nombres propios de su trabajo y de la lectura de los periódicos. Cuando intentaba conciliar el sueño, nuevas iniciales circularon por su cabeza,
UNICEF,
FIFA,
FARC,
CONCACAF,
—¿Y por qué te agobias de esa manera?, preguntó con ternura Ego.
—Mira el mundo, mira al ser humano. Siglas, academias, organizaciones y nada… Priva la pobreza, priva el Mal.
Pensativo, Alter replicó
—Tienes razón. Dvorák tardó cuatro meses y medio en componer la Sinfonía del Nuevo Mundo y la humanidad lleva siglos inventando siglas para nombrar sus fracasos, pagar sus deudas y continuar robando.
¿Quién sabe?
Cuando Gabriel, mi hijo menor, tenía siete años, me preguntaba, con frecuencia —al menos así lo recuerdo—, “¿Quién sabe?”,
—¿Quién sabe por qué hay tantos niños pobres en los semáforos?,
—¿Quién sabe por qué se murió mi perro?,
—¿Quién sabe por qué se robaron al niño de la película?,
—¿Quién sabe porque las nubes no se caen?
“¿Quién sabe?”, era, además de pregunta recurrente, una vivencia. Gabriel me transmitía sus dudas una o dos veces por semana.
Obsesivo como soy, tengo cuadernos y libretas por doquier. En ellos anoto lo que llama mi atención. La mayoría tienen adosada una etiqueta. ¿Quién sabe? es uno de los más viejos.
Desparramados en el viejo cuaderno rayado, releo y recuerdo muchos ¿Quién sabe?. Al lado de las preguntas solía escribir unas notas “pertinentes”. En esa época pensaba que algún día me servirían para escribir un pequeño ensayo. Ése, y otros cuadernos compañeros, con ideas y citas memorables, con planes futuros y observaciones sobre los quehaceres y desquehaceres del ser humano, ocupan sendos cajones.
—¿Quién sabe para que los sigo guardando?, le pregunté a Gabriel veinte años después.
—¿Quién sabrá papá?, me respondió; a vuelapluma añadió, ¿y de qué sirve saber?
¡¡¡Aaayyy!!!, esas ardillas…
La falta de comunicación es uno de los grandes problemas del ser humano. Lo es también de los animales. Y lo es entre ambos: excepto por los perros y perras, ningún animal nos comprende –siempre he pensado que son geniales. Desde la Biblia se sabe que la comunicación entre los seres vivientes es paupérrima. Dios así lo dispuso. Humanos y animales así lo asumimos.
Holanda es un gran país. Muchas personas quisieran vivir ahí. Privilegian la ética y valores afines. Hace unos años decidieron construir un puente para ardillas sobre una autopista. La idea, sensible, ecologista y humana, consistía en evitar que esos lindos animalitos fuesen atropellados cuando cruzaban la carretera, ya sea para dirigirse al bosque o al parque. Huelga, quizás no, decir que en el bosque se alimentaban y en el parque se divertían.
Después de cuatro años, y según las cámaras instaladas ad hoc en el puente, sólo cinco ejemplares lo han utilizado. Las demás siguen cruzando por la carretera. Ignoro cuántas han sido atropelladas en el intento. Seguramente pocas o quizás ninguna. Los holandeses se preocupan por sus bosques y sus animales.
El proyecto, por cierto, muy caro, ha fracasado. Las ardillas han desdeñado el puente (y de paso al ser humano). Ni yo ni los holandeses sabemos las razones. A pesar de que no se les cobra peaje ni se les exige hablar con los paseantes ni en el bosque ni en en el parque, las ardillas no cruzan.
Reescribir la Biblia no tiene sentido. La incomunicación es anterior a ella. Lo único que se me ocurre antes de finalizar es que las ardillas prefieren el anonimato. No tienen cuentas ni en Facebook y ninguna tuitea. Quizás por eso huyen de la cámara colocada en el puente, y optan, como antaño, por su instinto: los holandeses manejan sus automóviles con cuidado.
No es de extrañar que las ardillas Holandesas no usen su puente peatonal; tampoco a los humanos nos gusta usarlos.
Pero se me ocurre opinar, en caso de que un Holandés lea este blog, que le construyeron a las ardillas un puente para humanos, por eso no lo usan. Un puente para ardillas consistiría de dos árboles, de esos que las ardillas gustan habitar, como columnas en cada lado de la avenida, conectados con cuerdas de ixtle.
Me gustaron las historias.
Gracias Manuel:
Concuerdo contigo. En la Naturaleza el ser humano es el problema. Pobre de ella, pobres de los humanos que ahora nacen. Bien harían las ardillas, y hablo de las holandesas, seguramente civilizadas, en explicarnos porque no usan el puente. Quizás sabe que los humanos destruimos todos los puentes.
Saludos,
Arnoldo
Estimado Dr. Kraus, en verdad nos deberia quitar el sueño, nuestra realidad, unas siglas tras otras, un programa tras otro, y la desigualdad de la mano con la insaciabilidad, sigue ganando la batalla,¿quien sabe por que insistimos, en actuar sin valores? Tal vez las ardillas lo saben por eso decidieron ignorar el puente.
Hugo:
Gracias por tu interés. Pues sí, siglas y siglas y puestos y puestos e ineficiencia e ineficiencia y robos y robos. Suerte para la clase política: entre más organismos, más posibilidades de robar. Y si, concuerdo, las ardillas son como los zorros, saben pocas cosas pero saben que hay que desconfiar de los humanos.
Saludos,
Arnoldo
Admirado Dr.Kraus:
Sus tres relatos me parecen excelentes; conllevan inteligencia, reflexión. Sentido y mensaje.
Ojalá pudiera regalarnos de vez en cuando un relato corto al finalizar su tema del blog.
Una pregunta: sería posible construir los ciudadanos un puente para que que lo cruzaran y no volvieran las ratas que nos gobiernan ¿
María:
Gracias por tu comentario estimada María. Veo que eres mexicana: Compartes la nausea que (casi) todos -sus hijos no- sentimos por nuestros políticos. Más que puentes sugeriría cavar fosas.
Saludos,
Arnoldo Kraus