Unas cuantas palabras sobre un tema, lógico, vital, y, lamentablemente, irresoluble. No me arredra lo irresoluble, al contrario, me estimula. El brete es la trascendencia del tema y lo poco que puede ofrecerse cuando de ética y libertad se habla. ¿Qué decir cuando las palabras no encuentran cómo expresar todo lo que se busca o cuando lo dicho de poco sirve? Libertad y ética conforman un binomio inseparable. ¿Cuál es el orden de ambos valores?; ¿es la libertad anterior a la ética?, ¿puede hablarse de ética si no hay libertad?
Copio de un viejo cuaderno: “Las dos grandes metas de la ética son bregar por la justicia y aspirar a la felicidad”. Al lado, una adenda: disminuir la pobreza. Desconozco la fuente de la cita original; la adenda es mía. Juego con las ideas. Sin justicia, México como ejemplo, ¿de qué hablamos cuando hablamos de ética? Sin códigos éticos, “humanos”, ¿de qué felicidad hablamos cuando no existen instituciones éticas? Y sin justicia, o con justicia mal distribuida, y con habitantes que superviven con dificultad, limitados por su pobreza y por los cánceres asociados, ¿de qué libertad hablamos cuando pilares como ética, justicia, felicidad y bienes suficientes para llevar una vida digna no existen o se dosifican a cuentagotas? Los abundantes signos de interrogación reflejan mi incapacidad para responder y mi deseo de compartir mis dudas.

Al tinglado previo agrego otra variante. En ¿Verdad? —El Universal, 21 septiembre 2015—, Guillermo Fadanelli reflexiona sobre la enfermedad social y su incurabilidad debido a la magra fortaleza de las instituciones políticas. “La época en que vivimos”, escribe Fadanelli, “nos ha conducido a una dolorosa paradoja: la libertad del individuo tiene más posibilidades de realizarse que nunca, pero el individuo ya no existe como entidad reflexiva, consciente, humana, ética y ciudadana, sino que se ha convertido, generalmente, en un dispositivo, aplicación y engranaje de la abrumadora industria del atolondramiento: se ha transformado en un zombi o en un orangután”.
Esa transformación, agrego, no es casual. Los dueños de la tecnología, es decir los amos del Poder, asociados o no al Poder político, cada vez más dueños de nuestras vidas, han conseguido, por medio de incontables artilugios —Facebook, Whatsapp, Twitter— distraer la atención de la comunidad y menguar la reflexión. “Al pueblo pan y circo”, decían los jerarcas de la antigua Roma. “Al pueblo embrutecerlo y domeñarlo”, recetan ahora los propietarios del Poder. Aunque la idea de mi amigo Fadanelli es cierta cuando asevera que la libertad “tiene más posibilidades de realizarse que nunca”, debo acotar que eso sólo sucede en las sociedades ricas. Para llegar a ella se requieren ingredientes como ética, justicia, capacidad de movimiento y de decisión, valores lejanos e imposibles en las personas pobres.
Los pilares del Edificio ética y libertad son endebles. Es imposible ser libre sin bienes derivados de una vida donde la ética sea pilar. En los párrafos previos enumere algunos bienes “directamente relacionados” con la ética: justicia y vida digna (ausencia de pobreza) y otros “indirectamente relacionados”, como la enfermedad social donde los seres humanos actúan como autómatas y dejan de ser contestatarios. Círculo infernal, pensado y repensado desde las más altas esferas del putrefacto Poder: sin ética como valor, ¿es posible hablar de libertad?; sin libertad como bien, ¿dónde queda la ética?
“La libertad es la condición ontológica de la ética”, escribió Michael Foucault. Ontología, copio del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, ”Parte de la metafísica que trata del ser en general y de sus propiedades trascendentales”. El gran filósofo francés tiene razón Y lo inverso también es cierto: Sin ética, sin sus bienes, no hay libertad.