La última frase del aclamado e inmenso libro de Yuval Noah Harari, De animales a dioses (Debate, 2015) es contundente. Resume el libro y obliga, tanto a él, como al lector, a continuar cavilando, ya sea con la pluma o con la obligación que supone la conciencia. Pregunta Harari: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”. En su libro cita a mi conocido y temido Frankenstein.
Sirva la pregunta de Harari para regresar a 1818 y a Mary Shelley, autora de Frankenstein. Fundamental es recordar que el título completo, Frankenstein; or The Modern Prometheus, alude a la mitología griega. Prometeo, introductor del fuego y e inventor del sacrificio, era considerado el Titán protector de la civilización humana. El Prometeo de Shelley busca rivalizar con el poder de Dios: intenta arrebatarle el fuego sagrado de la vida.

La novela cuenta la historia de un joven estudiante de medicina, Víctor Frankenstein, quien desea conocer algunos secretos de la tierra y el cielo. Para lograr su propósito junta diversas partes de cadáveres con los que crea un cuerpo —un monstruo—, que adquiere vida. El resultado es terrible. El monstruo le reclama a su creador. Le dice que lo abandonó e hizo que los seres humanos lo aborreciesen. Rechazado y enojado, mata al mejor amigo y a la prometida de Víctor; debido a esos acontecimientos, el padre también muere.
Aunque 1818 es lejano, no lo es. Aunque Frankenstein suena distante, tampoco lo es. Aunque la novela de Shelley es, en principio, sólo ficción e imaginación exultante, el tiempo y el devenir de los actos humanos agregan una dosis de ciencia a sus ideas. A pocos, y en especial a la realidad, les gusta decir que la ciencia esta fuera de control: Hiroshima y Nagasaki, Chernobyl, Fukushima, la desaparición de especies animales por actividades humanas, el daño a la capa de ozono, la desertificación y los deshielos son, directa o indirectamente, producto del mal uso de la ciencia y de la tecnología.
El Frankenstein de Shelley quedó fuera de control y produjo innumerables estragos. Nuestro Frankenstein, el de carne y hueso, el “nosotros mismos”, el del futuro venidero y responsable de lo que hemos hecho contra la Tierra y sus habitantes, humanos y no humanos, ¿está, o estará, fuera de control?
Escribe Harari: “El mito de Frankenstein enfrenta a Homo sapiens con el hecho de que los últimos días se están acercando rápidamente. A menos que se interponga alguna catástrofe nuclear o ecológica… el ritmo de desarrollo tecnológico conducirá pronto a la sustitución de Homo sapiens por seres completamente distintos que no sólo poseen un físico diferente, sino mundos cognitivos y emocionales muy distintos”.
El ser humano actual dista mucho de comportarse como debería, como ser humano. Nada sabemos del que sigue. Probablemente será diferente, otro, distinto, ¿mejor?, ¿peor? Imposible saberlo. Si en su interior crecen gérmenes frankesteinianos, todo será peor. ¿Acaso importa? Lo sabrán nuestros herederos. Todo depende de la fuerza y el poder que se le otorgue a la biotecnología.
Las antropotécnicas, término creado por Peter Sloterdijk, “técnicas aplicadas sobre la bestia humana, sobre el ´material humano´, que dieron como resultado eso que llamamos proceso civilizador”, tienen dos caras. Ayudan a mejorar la condición humana —salud, tecnología, transporte— y, a la vez, la amenazan —contaminación, modificación de la esencia humana. La biotecnología amansará, sigo a Sloterdijk, al ser humano. Lo amansará y lo cambiará. Tres ejemplos: selección prenatal, clonación animal y después humana, identificación desde el nacimiento de genes asociados a enfermedades para las cuales poco o nada puede hacerse.
En el libro de Shelley afloran cuestiones sobre moral y ciencia, acerca de la destrucción y de la creación de la vida. El viejo Frankenstein pronto cumplirá dos siglos. Como gran engendro de la ficción y de la ciencia sigue vivo, activo y joven. Es vecino mío y suyo.
La Tierra, digan lo que digan los políticos (abro este paréntesis para que el lector los califique), se encuentra amenazada. El uso del conocimiento con frecuencia daña. Basta enumerar el número de especies animales que han desaparecido y cuantificar, aunque sea muy complicado, el sufrimiento humano. ¿Dónde estás Shelley? Urge, Shelley, un nuevo relato; nuestro Frankenstein acabará con todo. ¿Podrías humanizar a los Frankenstein que pululan por doquier?
Difícil dilema en torno a los avances de la ciencia en el terreno de la aplicación en los seres humanos. Asistimos sin más, a la sistemática adaptación de leyes a modo, para justificar estas aplicaciones, dándole vueltas en la mayoría de las veces a las implicaciones éticas y morales. Hasta dónde sera el alcance de estos modernos Frankenstein, y desde luego cuáles serán las consecuencias en un futuro no tan lejano. Lo mas sentido, desde mi punto de vista, es que al rechazo inicial nuestro, ante este tipo de avances, es de inmediato aceptado como cierto. Dónde queda la ética en casos como el abuso a una tecnología y a una habilidad quirúrgica. En concreto los urólogos enriquecidos hasta lo absurdo con el uso y abuso de las cirugías por medio de la robótica, el famoso caso del Da vinvi para las cirugías de próstata. Enhorabuena por sus artículos.
Gracias Oscar por tu comentario.
El nuevo Frankenstein habita entre nosotros y mucho en la medicina. Los atributos que se le otorga hoy a la tecnología son excesivos y nocivos. Dañan mucho. Los jóvenes médicos desconocen la máxima inglesa, «wait and see»; prefieren hacer y hacer mucho- Eso no siempre es bueno. Con frecuencia daña a los enfermos.
Saludos y gracias,
Arnoldo
Frankenstein es una metáfora, Frankenstein es la ciencia, el hombre la ha creado, pero ésta, cual ser autónomo no siempre obedece los designios de su creador, se rebela y en ocasiones actúa en su contra.
El problema Alberto, es que la tecnología actual crea y crea, y, dentro de ese movimiento, más de un Frankenstein pueden dañar al ser humano.
Gracias,
Arnoldo
¿Es ético cambiar el ADN de los humanos para eliminar enfermedades genéticas? ¿Quizá lo inmoral es no hacerlo cuando se tiene la tecnología?
Pienso que el verdadero problema es, de nuevo, la desigualdad. Algunos podrán usar la ingeniería genética para que sus descendientes sean “más” inteligentes, más fuertes o más bonitos, mientras que las grandes mayorías, de nuevo, los pobres, no tendrán acceso a esa tecnología.
Eso es lo que será como Frankestein: horrible.
De acuerdo Manuel, el conocimiento, para que realmente sea útil, debe aminorar las distancias entre pobres y ricos. Me gusta repetir que justicia debería ser el apellido de conocimineto.
Saludos,
Arnoldo
Un magnifico suplemento como todos los del Doctor, que estamos haciendo con nuestro entorno?, buena similitud con la novela de Frankestein, el hombre acaba con su vida misma.
Gracias Estimado Sergio:
El problema es cuando la ficción, como sería el caso de Frankenstein, nos alcance y nos rebase, y la ficción supere a la realidad. En eso estamos.
Abrazo,
Arnoldo
Porque las catástrofes naturales no tienen nada de naturales definitivamente…
Sandy:
Solemos decir que las catástrofes son producto de la naturaleza, y, las calamidades obras del ser humano que dañan al entorno y a sí mismo. Frankenstein «reproducido» podría ser una metáfora adecuada.
Gracias,
Arnoldo
Dr. Kraus, con mi admiración y respeto profundos. Sus escritos me permiten tomar mayor conciencia sobre mi proceso de construcción como ser humano y mi compromiso con el mundo que me rodea.
Regina:
Muchas, muchas gracias por tus palabras. Me conmueven.
Abrazo,
Arnoldo
La ciencia siempre al lado del poder, y este necesita cada vez seres mejorados…Tendrá gran apllicación en la guerra, se sabe de perros mejorados propios para el ataque…
De acuerdo Oscar, el problema es que el Poder -Passolini lo escribía con mayúscula-, es mudo, sordo y se reproduce ad nauseam. Basta ver el mundo, basta ver a nuestros políticos.
Saludos, y gracias por tu comentario
Arnoldo
Estimado Dr. Krauss, una y otra vez se equivoca el ser humano. La ciencia avanza a pasos agigantados, la tecnología también, con la consigna de que «se busca mejorar las condiciones del hombre, se busca que el hombre encuentre la felicidad sobre la tierra, se busca la igualdad de los seres humanos…etc» Pero nunca el hombre reflexionó (ni creo que lo hará) en que para conseguir esos fines lo primero que tendrá que hacer el hombre no es buscar que la ciencia y la tecnología avancen, sino que sus principios y valores sean perfeccionados, que la ética de la humanidad sea puesta en el primer lugar de sus prioridades…y entonces vendría todo lo demás por añadidura. Pero no, primero buscamos los avances científicos y tecnológicos, ¡y luego analizamos si su aplicación es ética o no!
Horacio:
Concuerdo con todo lo que dices. Priva la ley del mercado sobre el ser humano. Privan políticas enfermas -leáse refugiados- sobre la persona. El problema es que el concepto ética poco importa, y nada importa para quienes detentan el Poder.
Saludos,
Arnoldo K