nexos  hoy

Marita se llamaba

Marita fue el nombre que escogieron para la única hija que lograron procrear. Marita, busco en el diccionario, significa «la elegida, la amada por Dios».

El nombre de los hijos se teje de muchas formas, con diversos hilos, gruesos, delgados, tersos, rugosos, blancos, amarillos, o de cualquier color del arco iris. Algunos lo hilan al enamorarse, otros cuando deciden procrear, y otros, la mayoría, hablan del nombre del hijo, de la hija, cuando el útero anuncia que el mundo, el mundo entero, ha cambiado. Todo es diferente cuando la vida de dos se convierte en la vida de tres.

Pensar el nombre, imaginar un varón o decantarse por una mujer es uno de los grandes regalos de la vida. No lo sé pero sí lo sé: Por el cuerpo de los progenitores deben circular, al lado del útero que se asoma, nuevas hormonas. Hormonas que irrumpen, mueven, inquietan, desean, preguntan.

La vida sin deseo es yerma. La vida del útero que crece y desdibuja las bellas curvas de la mujer encinta, imprime sus huellas, modifica la vida, la inclina hacia la Tierra, la menea hacia el mundo, penetra el Universo. Al inicio el útero susurra, después murmulla y con el tiempo habla. El mundo dentro del útero ilumina la vida de la vida.

Conforme transcurren los días, el nombre de la hija o del hijo circula adosado a las hormonas hasta llegar a casa, al útero convertido en morada. Para quienes buscan familia no hay hogar más deseado que el útero. Testigo es el lápiz del padre que  escribe por la noche un nombre, dos nombres, uno femenino, otro masculino, y lo deposita, justo al amanecer, antes de que el cielo anuncie la llegada del nuevo día, en el vientre de la futura madre.

*****

Diez años había cumplido Marita cuando la enfermedad irrumpió en su vida y en la de sus padres. Los progenitores, desesperados por el dolor de su hija, acudieron a cuanto médico pudieron. Desfilaron pediatras, ortopedistas y reumatólogos. Todos coincidían en el diagnóstico,

—Su hija tiene artritis reumatoide juvenil.

—¿Seguro?

—Artritis reumatoide juvenil se llama la enfermedad de Marita.

—¿Seguro?

De poco valía la opinión unánime de los médicos. Ellos buscaban otro diagnóstico, otro camino. Acupunturista, homeópata, yerbero, curandero y un experto en medicina oriental completaron el abanico. Frente a la enfermedad, todo es válido.

Los analgésicos y las medicinas especiales mitigaban el dolor, pero no curaban   –en esa época el arsenal farmacológico para controlar la enfermedad era pobre y limitado. Algunos días Marita no conseguía salir de la cama; la fatiga, la tristeza y las infinitas incomodidades  la demolían. Otros días sollozaba y poco hablaba.

—Tienes que caminar, le suplicaba la madre.

—Tienes que comer, le pedía el padre.

—Tienes que luchar, suplicaban al unísono.

—No puedo, me duelen las rodillas. No puedo, no tengo hambre.

Poco a poco Marita fue perdiendo fuerza. Poco a poco no pudo caminar. Poco a poco la enfermedad triunfaba: Los juegos, el parque, la escuela, la cuerda, el ballet… todo paró, todo quedó relegado para «después». Poco a poco dejó de ser ella, «la Marita» de la urdimbre de papá y mamá.

«Después» es palabra del léxico de los enfermos. Sin presente, sin libido, el tiempo venidero, el tiempo «después», debe ser mejor. De no ser así, sin un después dónde aferrarse, ¿cómo y para qué seguir?

****

Los padres de Marita conocían al hijo de unos vecinos que sufría la misma enfermedad. Después de un año, ya no caminaba. Lo cargaban entre los dos; cuando era necesario salir lo montaban en una silla de ruedas. El chico se doblaba poco a poco, la cabeza se inclinaba hacia un lado y los brazos caían y caían. Su tez era un tratado de dolor y  desesperanza. Mirarlo daba tristeza. Ver a los padres maniobrar y llevarlo de un lugar a otro dolía. El desasosiego cubría las caras de todos.

Comparar es parte de la condición humana. Los enfermos y sus allegados se comparan con sus pares; ver cómo se hunde una persona con la misma enfermedad inquieta, agobia, desata un sinfín de temores.

Pronto Marita dejó de ser «la elegida, la amada por Dios». Al lado de ella, los padres sufrían.

—Marita tiene artritis reumatoide juvenil, les ratificó el doctor John Smith, afincado en Boston, médico del afamado Children´s Hospital y experto en males autoinmunes.

—¿Artritis reumatoide juvenil?

—Sí, lo mismo les dijeron en México.

—¿Qué es esa enfermedad?, preguntaron.

—Una enfermedad poco frecuente en niños. Inflama, y en ocasiones deforma y destruye las articulaciones…

—¿El dolor será cada vez peor?, interrumpió el padre.

—Mire…

—No le entiendo.

—Mire…

—¿Se deformará Marita?, intercedió la madre.

—Les explico…

—Doctor… balbuceó el padre, ¿puedo…

—Doctor, interrumpió la madre, podría explicarnos un poco más…

—Sí, permítanme hablar. La artritis reumatoide juvenil es una enfermedad autoinmune. Afecta principalmente las pequeñas articulaciones, los medicamentos, con suerte, detienen la enfermedad pero no curan, en ocasiones el daño no se limita a…

El médico explicaba, utilizaba palabras fáciles de comprender. Los padres no escuchaban, no prestaban atención. Las penas vividas antes del diagnóstico nublaban su atención. La imagen del vecino y el rápido deterioro de su hija les impedía concentrarse. Ambos pensaban que en Boston contaban con nuevos medicamentos. No fue así. Rezaban: Después será ahora, pensaron antes de partir.

El doctor Smith no tenía ni la cura ni tenía medicamentos milagrosos. Poco podía ofrecerle a Marita. Regresaron a México vacíos: Boston no fue «después». Marita no sería una niña feliz. Volvieron con el hueco propio de las enfermedades incurables. Un pozo sinfín los aguardaba.

*****

A Marita la conocí al despuntar la década de los ochenta del siglo pasado cuando cursaba el cuarto año de la carrera de medicina. Imberbe, como era, su caso —horrible palabra del argot médico— me impresionó. Marita tenía cuarenta años de vida y treinta de enferma.

Marita se convirtió en mi paciente. Debía tomar el caso y buscar cómo ayudarla.

—Ayúdala, me encomendó mi superior.

Marita llevaba dos semanas en el hospital. La habían ingresado por neumonía e insuficiencia renal. Al lado de los diagnósticos «físicos» había un tercer diagnóstico: depresión profunda. El alma de Marita estaba rasgada. Postrada en una cama hospitalaria pasaba la mayor parte del día sola. Le dolía el alma como duelen las heridas intangibles; no dejan huellas cutáneas, erosionan la existencia.

Sus padres habían fallecido siete años atrás. Marita no se casó y no procreó, y salvo la visita ocasional de un tío y un primo, y de una amiga, nadie la frecuentaba. Con desgano respondía, sin deseo comía, Pasaba el día mirando a través de la ventana de su cuarto en el hospital.

Un árbol se abría frente a la ventana. El follaje cubría parcialmente la vista de la escuela pero era posible observar el ir y venir de los alumnos, el movimiento de los coches, el cielo, el amanecer y la oscuridad la mayor parte del día. Sonrisas, gritos, cláxones, vendedores de chicarrones y hot-dogs, se colaban a través de la ventana. La vida más allá de la ventana era la compañera de Marita.

—¿Qué mira?, le pregunté.

—La vida.

—¿La vida?

—Sí, la vida. Las paredes de mi cuarto, el cuadro, la cama, el sillón de enfrente, el lavabo, el suero, el timbre carecen de vida. Están muertos, como yo. Las voces de los niños y el árbol tienen vida. Quisiera ser un poco como el follaje cuando el viento sopla o como el niño que llega a la escuela y después, cuando termina, sigue su camino.

Poco le gustaba a Marita hablar. Los antidepresivos y las visitas de los psiquiatras poco o nada servían. Un tío se encargaba de ella; le pagaba a dos enfermeras para que la acompañasen y velasen por ella de día y de noche. El tío la visitaba una vez por semana. Amigas, ya lo dije, sólo tenía una; de cuando en cuando, al igual que su primo, se apersonaba un rato. Casi nadie se acordaba de ella. Recluida la mayor parte de su vida en un cuarto pocas personas deambularon frente a sus ojos.

En el último año había sido hospitalizada cuatro veces. Problemas diversos la afectaban. Su imposibilidad para moverse, para arreglarse y asearse después de ir al baño, e incluso para comer por sí sola sepultaban toda esperanza y destruían su dignidad. Tras la muerte de sus padres, uno tras otro, Marita fue víctima de dos orfandades: la de ellos y la de la enfermedad. Víctima, además, sobre todo en enfermos crónicos sin esperanzas de esa palabra imprescindible y difícil de explicar: dignidad.

—Y hoy, ¿qué mira?

—La vida.

—¿La vida?

—La vida que se va, las muertes que llegan.

—¿No le gusta hablar?

—¿De qué puedo hablar?, ¿de mi invalidez?, ¿de mi incapacidad para hacer cualquier cosa?, ¿de mi dependencia?, ¿del mundo cerrado?, ¿de la vida que no fue?, ¿del sueño truncado de mis padres debido a mi enfermedad?, ¿de su dolor por mi dolor?, ¿de su impotencia ante mi enfermedad?, ¿del equívoco de mi nombre?

cama-hospital

****

«De su dolor por mi dolor», dijo Marita. Anoté esa línea en uno de los papelitos que siempre me acompañan.

Marita abandonó el hospital tres semanas después de haber ingresado. Seguiría perviviendo en la casa para enfermos crónicos donde había sido enviada por su tío. Ahí vivía tras la muerte de sus padres, ahí convivía de día y de noche con sus dos enfermeras, quizás cuidadosas, probablemente ajenas.

Compartía sus días con la pequeña ventana de su cuarto. A diferencia de la del hospital, decía Marita, «por la ventana de mi casa poco se ve. Nadie se ocupa de limpiarla. El polvo acumulado impide mirar hacia afuera».

—¿No puede mirar la vida como en el hospital?, le pregunté.

—No, con trabajo miro lo que me queda de vida.

****

Dos semanas después de abandonar el hospital Marita falleció. No podía escribir pero si dictar. Una de las enfermeras transcribió sus últimas palabras.

Sin destinatario:

El dolor es infinito. Ha sido mi sombra desde que enfermé. Mis padres no murieron por mi enfermedad pero sí murieron con ella. Con los males incurables, tarde o temprano, llega un momento del cual es imposible escapar. Llega cuando «después» es palabra inentendible. Asoma y empuja cuando la enfermedad ha demolido todo y sepultado la esperanza. Sin «después» y sin esperanza, ¿qué caso tiene seguir o preguntar?

Con las enfermedades crónicas, incurables, dolorosas, (casi) siempre hay un punto de inflexión, de no retorno. El mío llegó hace años. No fui capaz de soltar y dejar. Ahora entiendo que la vacuidad de mi vida es absoluta. El pozo no tiene fin. No puedo mirar a través de la ventana y no logro observar lo que quiero mirar.

Me queda soltar y dejar. Eso haré.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Mirar los días

10 comentarios en “Marita se llamaba

  1. Querido Arnoldo:
    Después de leer tu historia, escribo por disciplina, pero casi no tengo palabras. ¿Qué sentido tiene úna vida así? Yo no lo sé. Lo que dicen «las almas pías» no me convence. Cuando uno no ha tenido la experiencia, es casi imposible siquiera imaginar la vida sin esperanza, la vida como un abismo sin escapatoria. ¿Tiene algún sentido tanto dolor? Ya ni siquiera pregunto por su utilidad (una pregunta así me parece ofensiva). Las explicaciones que suelen dar «las buenas conciencias» me sublevan. No hay palabras, sólo un dolor helado que taladra el pecho y las entrañas. Gracias por recordárnoslo.

  2. Dr. Arnoldo Kraus: Leo su relato, me angustia y me conmueve hasta las lágrimas; reflexiono, dos conceptos vienen a mi mente: justicia y dignidad. No quiero abordar el tema desde un punto de vista religioso, es muy difícil; Marita, «la elegida, la amada por Dios» . Es justo vivir en el sufrimiento y el dolor físico y del alma? Es esta una vida digna? Que nos queda? Hacia donde mirar? De que asirse? Que puede hacer la medicina en éstos casos? Cual es la Esperanza? Cual el consuelo? Ante todo ésto, pienso que lo único que nos queda es la suprema libertad de elegir sobre nuestra propia vida.

    1. Alejandra:
      Más que justicia el meollo es dignidad. Y al lado de la cuestión de la dignidad en los enfermos, destaca, en casos como el de Marita, el de la solidaridad (que es deferente de la empatía) y que debería ser uno de los principios de la ética médica. Y si: como dice «nos queda la suprema libertad de ele gir sobre neutra propia vida».
      Saludos,
      Arnoldo

  3. Gracias querido Luis por alimentar el diálogo. Pienso, con frecuencia, al igual que tú, en el dolor.» Filosofar» desde «afuera», como yo lo hago cuando escribo, es fácil. La única utilidad de retratarlo, pienso, es sensibilizar a quienes leen con respecto a la vida de quienes sufren. Y con suerte, como una persona me escribió, puede ayudar a comprender las razones que pueden conducir al suicidio.
    Abrazo afectuoso,
    Arnoldo

    1. Pilush muy querida:
      Me conmueven tus líneas. Casos como el de Marita sirven: Permiten al lego y al profesional entender algunos significados del dolor.
      Abrazote,
      Pa

  4. Estimado Arnoldo: he leído con atención lo que aquí has escrito y hoy más que nunca me alegro de estar formando a mis estudiantes de medicina. Les hago visitar enfermos terminales, platicar con ellos largamente hasta donde ambos lo toleren, dar consuelo, compañía y algo de medicina paliativa que no tiene que ver con medicamentos. Tengo tres profesiones (Medicina, Psicología y Filosofía) que trato de involucrar en la materia que imparto que es Psicología Médica en la Universidad Autónoma de Zacatecas. Leyéndote me doy cuenta que lo estamos haciendo muy bien. Mis alumnos publican sus entrevistas y cuentos cortos que esa experiencia les inspira. Abrazos fraternos. Engracia

    1. Querida Engracia:
      Gracias mil por tu comentario. Me parece fantástico lo que cuentas. En algunas escuelas médicas europeas, antes -no sé si persista el ejercicio- los alumnos tenían que escribir un poema, un relato o un ensayo sobre las vivencias de sus enfermos. Y eso, lo que haces tú, sirve. «Humaniza» al médico.
      Abrazo,
      Arnoldo

  5. La narración de Marita,es parte de lo que es la vivencia de muchas familias,la enfermedad de una hija es a la vez como el dolor y el sufrimiento de todos en la familia,la noción de desprenderse como una manera de no sufrir de tratar de razonar lo inevitable de que la vida nos permita dar lo mejor de nosotros para nuestros seres que padecen,también la otra faceta,alguno de los padres se pueden ir antes de lo esperado y dejar sin explicación y sin un apoyo con el que se contaba ,Así es la vida a veces .

  6. Un relato muy pertinente ante la indiferencia actual que no permea en las personas la compasión y empatia por las personas con enfermedades incapacitantes, la proyección moderna nos hace creernos ajenos sin contemplar que tod@s estamos al filo de sufrir accidentes o enfermedades que nos transformen en dependientes y nos roben nuestra dignidad. Es importante fomentar y educar a nuestros hijos, jóvenes y sociedad con empatia hacia los demás.

Comentarios cerrados