La masa es un fenómeno social complejo. Muchos seres humanos forman —formamos—, inconscientemente, parte de ella; otros se incorporan cuando determinada situación los confronta. En el segundo caso, las voluntades se suman y participan para lidiar con algún suceso, o bien, para mostrar apoyo o protestar. Si los motivos de la masa no son “religiosos”, “espirituales”, y si no se actúa bajo el influjo de drogas o alcohol, muchas veces, las razones son enojos ancestrales y desesperanza. Enojo con “los otros”, con el Poder. Desesperanza por la realidad: pobreza, falta de oportunidades, ausencia de interlocutores fiables, deudas impagables, impunidad. Inquina por la ausencia de ética. Si prevalece la ira, las consecuencias son funestas. Ejemplo cercano es el caso Ajalpan.

El linchamiento de dos jóvenes hace pocos días, en Ajalpan, Puebla, no es un caso aislado y no es un caso mexicano. Sucesos idénticos se dan en Latinoamérica. Sociedades depauperadas, enojadas y hartas de tanto abuso son el común denominador. Gema Santamaría, doctora en sociología, escribe, “En el linchamiento de estos dos hermanos vemos a su vez la historia de comunidades, barrios y pueblos que, críticos de la autoridad y sus injusticias, se convierten en el espejo más fiel del abuso y la violencia del que han sido sujetos” (La otra violencia: el linchamiento de José Abraham y Rey David. Nexos, Octubre 22, 2015).
“Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido”, es la frase inicial de un viejo libro de Elias Canetti, Masa y poder, publicado en 1960. En Ajalpan, la turba, impulsada por la sinrazón, azuzada por las campanas de la Iglesia, y alimentada por Facebook, acabó con la vida de los hermanos José Abraham y Rey David Copado. Veinte policías no bastaron. No lograron protegerlos. Fuego, machetes, cadenas, varillas de hierro y la voz de la masa sobrepasaron el peso de la autoridad. La violencia no suele desatarse sin motivo. Quien la ejecuta tiene sus motivos. La ausencia absoluta de principios éticos como parte de la brutalidad ciega del Poder es un ejemplo. Nuestras autoridades son mal ejemplo de esa ceguera.
La turba no requiere razones externas; impartir su justicia es su razón. Eso sucedió en Ajalpan: borraron el orden tradicional e impusieron su justicia. Eliminaron a las autoridades y ejercieron su autoridad. Mezcla siniestra, realidad vigente: El Universal informó que entre enero de 2014 y octubre de 2015 se reportaron 24 casos que acabaron con la vida de las víctimas. No sobra agregar que cuando la masa mata, la muerte llega lentamente, con dolores inenarrables e inimaginables. Muertes atroces irrespirables para unos, y culmen del enojo para quienes linchan sin piedad, sin resquebrajarse.
Los dos jóvenes, encuestadores de profesión, fueron confundidos, explica la prensa, con traficantes de órganos. El origen de la confusión, traficantes de órganos para unos, roba niños para otros, carece de importancia. No creo que sea veraz que pululen personas dedicadas a extraer y vender órganos. Destazar niños, cuidar los órganos extraídos, trasportarlos a sitios ad hoc donde aguardan los receptores, contratar cirujanos especialistas en trasplantes que actúen en connivencia con los traficantes de órganos es, si no imposible, casi imposible. Lo que en cambio sí es veraz fue el asesinato de los hermanos por la turba enfurecida y la hoguera donde ardieron y donde ardió el Estado de Derecho. Según la prensa, más de 1.000 personas presenciaron el acto; un centenar participó en el linchamiento.
Los Copado habían acudido a Ajalpan a levantar encuestas sobre preferencias en marcas de tortillas, es decir, encuestas sencillas. El jefe de la empresa confirmó la versión de los jóvenes: eran encuestadores. No traficaban con órganos, no amenazaban a la población. Seguramente su fisonomía era similar a la de quienes acabaron con ellos. Entonces, ¿qué sucedió?, ¿por qué los lincharon?, ¿por qué no detuvieron la masacre las 1.000 personas que observaban el acto? El asesinato de los hermanos Copado, tras sepultar el valor de la ley, catapultó “la autoridad de la violencia” sobre el peso del derecho y de la justicia. Los sucesos de Ajalpan ponen, de nuevo, en la palestra, el nulo respeto que tiene la población hacia el Estado y la nula ética del Estado hacia la población.
La hoguera de Ajalpan duele: suma hartazgo, desconfianza, abuso, desprecio hacia las autoridades. Y duele mucho por los hermanos y sus familiares. Y preocupa porque en este Gobierno no hay quien pueda apagar las próximas hogueras: ¿cómo lo harán si desconocen los significados de “ser ético”?