El suicidio de parejas es tema complicado, más que el individual. Quienes se quitan la vida al unísono, ¿lo hacen por amor?, ¿por temor a pervivir sin la pareja?, ¿por presión de quien toma la decisión de quitarse la vida, ya sea por enfermedad u otra razón?, ¿por desamor hacia la vida?, ¿por deudas impagables?, ¿como protesta?… muchas preguntas, incontables respuestas.

Repito: si opinar sobre el suicidio de una persona es complejo, hacerlo sobre una pareja es más intrincado. Hace pocos días, The Globe and Mail, periódico canadiense, compartió la historia de Ernie y Kay Sievewright, quienes tras 55 años de matrimonio solicitaron ayuda médica para morir al mismo tiempo. Ambos tenían 76 años. Él padecía diversas enfermedades y ella esclerosis múltiple. Cuatro médicos negaron su ayuda. Finalmente, la asistencia para morir se llevó a cabo gracias a la intervención médica, con la salvedad que Kay murió cuatro días antes. Ernie consideró que la diferencia de tiempos fue cruel. Sobre este caso abundaré en mi próxima entrega. Sobre el suicidio de parejas comparto algunas reflexiones.
A muchos les gustaría ser Filemón y Baucis. Pocos, muy pocos, lo consiguen. Filemón y Baucis fue un matrimonio de la mitología griega cuya notoriedad se debe a que tuvieron el tino de ser los únicos en permitir entrar a su hogar a los dioses Hermes y Zeus, disfrazados de mortales. Tras la negativa de los habitantes de Frigia de acogerlos, los dioses tocaron a la puerta de Filemón y Baucis, unos viejos y pobres campesinos, quienes los recibieron y compartieron su comida y vino. Como castigo contra los habitantes de Frigia, los dioses destruyeron la ciudad por medio de una inundación, preservando únicamente la casa de Filemón y Baucis, la cual se transformó en templo.
Cuando Zeus ofreció cumplirles un deseo, el matrimonio solicitó trabajar como ministros del santuario y permanecer siempre juntos. Baucis falleció a los pocos días de la muerte de Filemón. Zeus convirtió a Baucis en tilo y a Filemón en roble. De acuerdo a la leyenda, los árboles se inclinaban uno hacia el otro. Suelen ser bellas las realidades cuando semejan leyendas.
Aunque no abundan los datos acerca de los suicidios dobles, algunas constantes son evidentes. La mayoría de las veces el acto es cometido por personas viejas, con buenas relaciones, usualmente con estudios profesionales. Casi siempre se trata de personas exitosas que padecen enfermedades terminales o procesos incapacitantes y/o degenerativos para los cuales no hay solución. La mayoría de las veces la pareja se quita la vida porque el sufrimiento, físico o psíquico, es intolerable, porque la autonomía se ha perdido, la dignidad se ha erosionado y la calidad de vida ha desaparecido.
Retomo las preguntas del primer párrafo y las resumo. ¿Tiene la pareja derecho a suicidarse?; ¿es un acto lícito porque denota valor, compromiso y vínculos estrechos –amor en lenguaje coloquial? La primera cuestión confronta a los librepensadores que sostienen que el ser humano es autónomo, lo cual deviene el derecho a decidir acerca de su propia vida, contra los preceptores religiosos, quienes afirman que la vida, y su final, le pertenece a Dios. La distancia entre una y otra opción es abismal. No hay encuentro posible.
La segunda pregunta debe contestarse a la luz de lo que sucede con muchas personas añosas, abandonadas, cuya cotidianeidad suele sufrirse más que vivirse, que entienden la cercanía e inevitabilidad del final, así como los incontables traspiés de los últimos días o meses de vida y el sinsentido de prolongar innecesariamente la vida. Algunas parejas, sobre todo en el Primer Mundo, consideran también que el suicidio doble es solución valida, ya sea por el abandono propio de las sociedades ricas y porque saben que la medicina no les puede ofrecer las herramientas necesarias para soportar el trance final; para otros, el acmé de la vida, de una existencia digna, consiste en morir, motu propio, al lado de la pareja; finalizar juntos permite, además, no confrontar la angustia por el futuro del deudo, muchas veces enfermo, viejo, abandonado.
Pocos tienen la suerte de Filemón y Baucis. Aunque ignoro como dialogan los tilos y los robles, en la mayoría de los suicidios de parejas, cuando la vida fue buena, la decisión es admirable y respetable. El acto conlleva dignidad, sabiduría, empatía y valentía. Bien vale la pena retomar la historia de Filemón y Baucis.
Querido Dr.Kraus:
Ante todo quiero expresarle mi admiración y agradecimiento por darnos la oportunidad de reflexionar sobre cuestiones tan difíciles de abordar, pero expuestas de la manera que usted lo hace; como lo es el tema del suicidio, y más difícil aún el suicidio de pareja.
Quedan muchas interrogantes sin respuesta como usted lo menciona en su artículo. En cada caso tendríamos que conocer más de la historia personal o , de la pareja para tomar una decisión de tal magnitud , o las circunstancias que la detonaron; como en el caso del matrimonio de Ernie y Kay Sievewright.
Pienso que siendo el suicidio el acto de suprema libertad del ser humano , tendríamos que respetar y ayudar médicamente a quién o quienes soliciten ayuda, habiendo sido revisado detenidamente cada caso por un equipo de médicos especializados en este tema.
Querida María:
Gracias por su atento y lúcido comentario. Concuerdo con Usted: el suicidio, así como la eutanasia activa, son el culmen de la libertad. Ayudar a morir es un gran acto humano, quizás el mayor. Basta de hipocresías. Fomentemos los diálogos al respecto. La próxima semana abundaré sobre el tema.
Gracias por su tiempo. Reciba un abrazo,
Arnoldo
Dr Kraus:
Sobre el suicidio… sea cual sea la razón…
1. Creo no nos corresponde juzgarlo
2. La moral y la religión no tienen ni una solución ni una respuesta porque están inherentemente comprometidas con juzgar cualquier acto
3. No considero al acto pre sé como un «derecho»; pero sí consider que la libertad de elección lo es… y cada quien es libre de tomar las decisiones que considere convenientes para su vida… o su muerte
4. Lo que a los individuos y las sociedades nos corresponde es la prevención del suicidio… pero no con medidas moralistas ni religiosas… sino con desarrollo humano y social… que nos permita a todos tomar decisiones acertadas, informadas, responsables y concientes -por un lado-… y por otro: que genere condiciones de vida y oportunidades de desarrollo que no pongan a las personas en riesgo y llegar al punto extremo del suicidio.
5. Necesitamos ser menos moralistas/religiosos y ser más éticos/humanistas.
Las culturas con fundamentos religiosos budistas, , etc… tratan estos temas desde una perspectiva muy diferente… con menos culpa y menos juicio.
En occidente tenemos más problema para aceptar el suicidio y muchos otros actos y decisiones humanas… esto debido al trasfondo moral creado por las religiones.
El suicidio es producto de sociedades neurotizadas que desarrollan estilos de vida de soledad y aislamiento, pobreza, injusticia, desigualdad y descomposición social y humana. Estas condiciones son las que debemos de evitar.
Yo basaría una estrategia de prevención del suicidio en dos factores:
1. Educación LAICA y científica
2. Desarrollo humano y social que incluye el desarrollo económico y de oportunidades, los derechos humanos, sexuales y reproductivos, justicia e igualdad.
Y como siempre felicidades por abordar temas tam interesantes…
G
Gracias Gabrielle por tu amable e interesante comentario:
Me quedo con lo que señalas: cuando el tema es suicidio, no nos corresponde juzgar (no tenemos derecho). Y la otra parte, aunque no la trato, la de la prevención del suicido es fundamental. Varias naciones han desarrollado planes para prever, sobre todo en jóvenes. Ignoro los resulados.
Saludos y gracias,
Arnoldo
¿Qué tan libre se es ante la muerte, cuando entre las principales motivaciones se encuentra el dolor? Tenemos como seres sintientes la capacidad de movernos de la fuente de calor o frío según nuestro cuerpo lo requiera, impulsados por la acción de terminaciones nerviosas fuera de nuestro control, pero que por nuestras capacidades cognoscitivas, sus señales pueden ser interpretadas de distintas maneras, entendidas en diferentes formas de experiencia. Creo que no hay libertad cuando el dolor nos mueve, no como tal en ideal de libertad racional, no obstante, creo que la forma en que se vive y se entiende el momento puede ser donde florece la libertad: no morir por miedo al dolor, sino apoyado en el feliz pasar por esta vida. Dependerá de como hayamos entrenado nuestra atención para ese momento.
Me adhiero a Gabrielle F, evitar el abandono y el aislamiento, decidido personalmente y provocado socialmente, en esta etapa de la vida, puede no evitar el suicidio, pero puede marcar la diferencia en el estado de animo en el que se escribe el punto final.
Javier:
Gracias por el comentario. En realidad el dolor tiene dos caras: algunos lo comprenden como designio divino y lo viven como tal; otros consideran que e inútil pervivir con dolor: si el diagnóstico médcio no ofrece esperanzas y el dolor es intolerable, optar por la muerte es una opción.
Yo también concuerdo con Gabrielle F.
Gracias,
Arnoildo